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miércoles, abril 14, 2021
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    Los parques ribereños, claves para pensar a las ciudades

    Producto también de una época, una buena cantidad de ciudades entrerrianas cuenta con un parque ribereño, que por un lado sirve para reordenar la urbanización, corregir falencias y proyectar un porvenir, pero también materializa una alianza identitaria con el río. Recorremos algunos de ellos.

     

     

    Mariana Melhem /[email protected]

    Los parques públicos emergieron entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. Su ejecución importa una férrea decisión política de quienes lo prefiguraron como espacios para la comunidad y la necesidad de planificar las ciudades modernas para organizar el incipiente y acelerado crecimiento.

    Desde la primera concreción, el Parque Urquiza en Paraná, proyectado por Carlos Thays hasta el plan regulador propuesto por Benito Carrasco para Concordia, hay un proyecto, una idea de plan que responde a los principios del higienismo por una parte, pero por la otra a la construcción del territorio que hoy deviene en nuestros paisajes culturales.
    Thays, autor de una buena cantidad de Parques Públicos y Jardines privados en todo el país, desarrolló lugares para la contemplación y la recreación, mientras Carrasco (discípulo y continuador en la Dirección de Parques y Paseos) se preocupó por la organización equitativa del territorio donde el parque es concebido como plan para la ciudad a través de una zonificación que tendrá en cuenta la inserción de la ciudad histórica, la construcción de espacios públicos y la previsión de áreas para la construcción de barrios obreros.

    El río, sello de identidad

    Los parques entrerrianos pueden diferenciarse por su antigüedad, por sus donantes, por su forma, por las especies arbóreas con las que cuentan o por sus monumentos, pero todas tienen un elemento común que es la proximidad con su río.

    Así como el Paraná y el Uruguay imprimen los límites y la denominación de la provincia, mientras el Gualeguay es un eje que fluye por el centro; los parques públicos son ribereños. Recorremos los más notorios.

    Parque Quintana, en Gualeguay


    Finalizaba la década de 1880 cuando detrás del deseo de embellecer la ciudad de Gualeguay, se pensó en la creación de un parque público. La ordenanza de creación se promulgó en diciembre de 1888 bajo el nombre Parque Buenos Aires.


    Iniciado el siglo XX y con la preocupación puesta en el embellecimiento urbano y la mejora de paseos públicos, las autoridades municipales decidieron contratar al técnico en jardines y paseos públicos, ingeniero Benito Carrasco, quien aconsejó una serie de medidas para reformar y mejorar el parque.


    Así fue como, para llevar adelante el proyecto de Carrasco, se dispuso (mediante ordenanza del 24 de junio de 1917) la ampliación del entonces parque Buenos Aires —hoy Quintana — y la adquisición de 3000 árboles de diversas especies.

    Parque con Castillo y Principito

    Un castillo repleto de historias, en Concordia. Foto: Gentileza Julio Blanco.

    El reconocido Parque San Carlos, de Concordia, originalmente fue un espacio productivo explotado por el industrial francés Edouard Demachy quien adquirió cien hectáreas sobre la costa del río Uruguay para instalar su establecimiento que constaba de saladero, fábrica de conservas, velas y jabones. El Castillo, se construyó entre 1886 y 1888 sobre una loma a unos cuatrocientos metros de la costa y fue habitado por Demachy hasta 1891.

    A fines de la década de 1920 la propiedad quedó en manos de la Municipalidad que alquiló la original vivienda a la familia Fuchs Valón, quienes durante su residencia en el lugar (que se extendió hasta 1935) recibieron como huésped a Antoine de Saint Exupéry, sin saberlo.
    Este aviador y escritor relató su paso por San Carlos en el capítulo Oasis del libro Tierra de Hombres: «…Había aterrizado en un campo, sin imaginarme que estaba por vivir un cuento de hadas… De pronto tras un recodo del camino, un grupo de árboles se hace visible al claro de la luna y entre ellos, aquella casa… ¡qué casa más extraña! Maciza, achatada, casi con el aspecto de una fortaleza, castillo de leyenda capaz de ofrecer, una vez franqueadas sus puertas, un refugio tan seguro, cálido y tranquilo…».

    La historia de Saint Exupéry y Concordia se entrecruzan.

    La historia del Castillo y de Saint Exupéry han ocupado la escena central, relegando a un segundo plano la descripción del diseño del Parque que, en este caso, se presenta como un entorno natural poco antropizado, con senderos de tierra colorada y suaves lomadas que permiten balconear sobre el río Uruguay.

    Un parque escolar sobre la barranca


    Ubicado en la ciudad de Colón, el parque escolar Herminio J. Quirós fue fundado en el año 1927 a instancias del Dr. Quirós. Para su implantación se eligió un terreno sobre la barranca hacia el río.

    El conjunto está compuesto por construcciones clásicas y pintoresquistas, esculturas, bustos conmemorativos, juegos, fuentes y canchas para la práctica de deportes.
    Se destaca un mirador de piedra colorada que albergaba los motores de bombeo hacia el tanque de reserva ubicado en el templete. El tanque provee agua para las fuentes y las canillas de riego por medio de una red independiente de la urbana. El acceso principal está delimitado por construcciones que alojan boleterías y baños públicos. Hacia la derecha del ingreso se encuentra la tribuna del campo de deportes. Sobre el lado opuesto está la cancha de tenis y detrás la zona de juegos infantiles.


    El templete sobresale por su forma de planta elíptica con columnata perimetral.
    Otros elementos singulares son, en la parte baja, la fuente con la estatua de la «Vergüenza» rodeada de una profusa vegetación de árboles exóticos y una «Venus de Milo» que domina el sector norte.


    Quirós estuvo en todos los detalles: la contratación de las obras de arte, la selección de los colores, de las especies y el tesón invertido en conseguir los terrenos.

    Parque Unzué del otro lado del río


    Este espacio fue construido sobre las tierras donadas por los herederos de Saturnino Unzué en 1920 «para solaz y esparcimiento de gualeguaychuenses».

    Se compone de dos sectores divididos por la ruta provincial 42: el Sector Chico a la derecha con clubes náuticos, áreas de recreación y servicios y el sector grande, de paisajes más tupidos y vegetación autóctona.


    El acceso fue limitado por el uso de balsas hasta la construcción del puente Méndez Casariego.


    A propósito de la relación identitaria con el entorno fluvial, en todas las ciudades ribereñas las costaneras son los paseos públicos por excelencia y en Villa Paranacito, donde “el río es calle”, el vínculo ciudad–río alcanza su máxima expresión.

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