Los hilos narrativos de Ramírez

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La siguiente es una reseña del licenciado y profesor en Letras Damián Leandro Sarro, sobre el libro La cabeza de Ramírez, de Juan Basterra, de 175 páginas, publicada por la editorial Contexto. Este año se cumple el bicentenario de la muerte de Ramírez.

 

 

En 1983 el profesor Román Álvarez Rodríguez (Universidad de Salamanca) publicó un estudio casi imprescindible a la hora de abordar la novela histórica inglesa: Origen y evolución de la novela histórica inglesa, y allí asevera que la originalidad de Walter Scott (escritor escocés considerado el padre de la novela histórica moderna y autor de Waverley [1814], Ivanhoe [1819] y El pirata [1822] entre muchas otras novelas) radica en “haber hallado la expresión equilibrada –el lenguaje reconciliador– capaz de sintetizar literariamente en imágenes y personajes vivos ese material histórico”, es decir, esa armonía entre el pasado y el presente, por lo que su peculiaridad se focaliza en el uso del lenguaje literario despojándolo del matiz arcaizante.

Mi lectura de La cabeza de Ramírez me permitió rememorar la cita de Álvarez Rodríguez desde sus primeros capítulos que, para la diégesis de la novela, son los últimos.

Distingo en la historia de Juan Basterra varios procedimientos estilísticos que enriquecen la lectura y, al mismo tiempo, fortalecen el tejido narrativo con una maestría que pivota entre la justa adjetivación y el potencial histórico volcado en la claridad de su escritura, cuya focalización se explaya entre tres hilos diegéticos entrelazados: el del contexto socio-histórico, el del protagonista y el de sus mujeres; respecto a este último hilo hay que señalar que es el que posee menor cantidad de capítulos pero de una intensidad considerable a la hora de entender los otros dos hilos diegéticos.

Estos hilos narrativos de Ramírez sostienen los capítulos de la novela, capítulos que en su brevedad se destacan por la intensificación escrituraria, o sea, por la potencialidad narrativa; capítulos que impregnan al lector de imágenes sobrecargadas de significación, lo que los convierte en postales de ficción que se valen por sí mismos, aspecto factible de comparar con los Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, de Oliverio Girondo (1922), no por lo vanguardista ni por lo poético, sino por el magma estético que cada capítulo mantiene en su narración, tal como si fueran postales fotográficas, y en los cuales el lector es interpelado para moverse entre la historia y la ficción a partir de su propia lectura.

 

Bajo la lupa

Retomando la mirada estilística, la novela de Basterra procede, a partir del capítulo 3, Abril de 1800. El niño, con una analepsis audazmente estructurada que nos adentra en las luchas intestinas de la segunda década del 1800, en ese ambiente litoraleño de ambiciones y pujas de poder entre las provincias: por un lado, Entre Ríos y Santa Fe y, por otro lado, Buenos Aires, sin omitir el destacado papel de la Banda Oriental.

Es por ello que el rol de los caudillos, a la par de Ramírez, es esencial en el devenir de este relato: Estanislao López, José Artigas, Ricardo López Jordán, Juan Bautista Bustos, Martín Rodríguez; la novela nos ofrece pinceladas históricas que permiten la recreación del tenso clima reinante en nuestros pagos del Litoral previo a la hegemonía rosista: la batalla de la Bajada del Paraná, la de Cepeda, la de Tacuarembó, el Pacto de Pilar, la República de Entre Ríos y el episodio de San Francisco del Chañar son algunas referencias interpretativas que entrelazan su significación entre la historia y la ficción; una mirada que posibilita entender el complejo escenario donde se fecundó la célebre disputa entre federales y unitarios / unitarios y federales y que, entre paréntesis, constituye –en parte– las raíces de la actual conceptualización de grieta; en este sentido, es muy representativo el siguiente fragmento:

En la página 81 se encuentra. “Un país que, como la Hidra de Lerna, dejaba crecer dos cabezas por cada una de las cortadas y envenenaba la atmósfera con un aliento mefítico que alcanzaba las pampas, las selvas, los montes, los desiertos, las orillas de ríos, lagunas y cañadas […] los primeros argentinos, desconocedores de su suerte y a la buena del destino, al arbitrio de su Dios, encontrarían la fortuna propicia o la adversa”. Esta perspectiva es la que conforma el hilo del contexto socio-histórico.

La agilidad en la lectura es una de los méritos de “La cabeza de Ramírez”.

Una panorámica

El segundo hilo, el del protagonista, nos ofrece una panorámica in crescendo sobre la vida de Ramírez con retazos biográficos que nos permiten configurar, a modo de puzzle, sus hazañas, sus temores, sus vivencias y todo lo que podríamos incluir en su cosmovisión; antes “de los doce, dominaba cualquier bagual y montaba como los indios, a pelo […] su nombre comenzaría a resonar entre el gauchaje entrerriano”, según se lee en páginas 20 y 21.

La caracterización del personaje es concisa pero lo suficientemente significante para recrearlo interior y exteriormente y, en varias escenas, su representación no se diferencia del resto, lo cual permite –por efecto transitivo– recomponer todo el bagaje histórico en donde se sucedieron los acontecimientos; por ejemplo, respecto a sus montoneros es ilustrativo el siguiente fragmento:

“Habían sido elegidos por sus dotes guerreras y su excepcional conocimiento del terreno. Eran jinetes eximios y no solamente manejaban la lanza, sino también el facón y la espada. Ramírez portaba las mismas prendas guerreras. Su lanza tacuara tenía regatón y moharra de hierro y en su espada destacaban la gran empuñadura con guardamano. El facón tenía vaina metálica de punta con arabescos”, añade en página 53.

 

MUJERES

Por último, el hilo de sus mujeres conjuga la intimidad de Ramírez y su faceta sentimental con la audacia de la mujer como personaje destacable por su lealtad, por su energía y por su actitud aguerrida: por un lado, su mujer oficial, Norberta Calvento; por otro lado, su amante y confidente, la Delfina:

En la página 65 detalla. “Ramírez, de sueño liviano, contemplaba durante sus despertares el perfil imperioso de su querida. Los reconcomios y las culpas lo asaltaban durante esos momentos pensando en Norberta Calvento. El desasosiego no duraba demasiado: muy pronto la portuguesa despertaba, vestía su cuerpo casi desnudo con las prendas guerreras, acercaba sus labios finos y apretados a la boca del caudillo […] entonaba un fado de hondísima tristeza sobre la infidelidad de los amores truncos”.

El devenir de sus dos mujeres responde a los vaivenes coyunturales en los cuales Ramírez participa y, en muchos de ellos, incentiva. Asimismo, y si se me permite la lábil comparación, la relación que el caudillo entrerriano entabla con sus mujeres es factible de visualizarse con la que Luis XIV, rey de Francia, mantuvo con sus mujeres; por un lado, la oficial y la que, en cierta forma, permaneció en las sombras sin grado de protagonismo: María Teresa de Austria / Norberta Calvento; por otro lado, la amante arriesgada, la confidente y curtida ante los enemigos: Madame de Montespan / la Delfina.

Estos tres hilos narrativos nos guían, a través de los cuarenta y cinco capítulos, en la lectura de la novela de Juan Basterra, que por cierto es una lectura entre muchas otras; una lectura que gira entre la historia y la ficción y, como se dijo al principio, armoniza por medio del lenguaje el pasado y el presente. Una armonía propia de la novela histórica como género, donde la jerarquía de la verdad como referencia positiva carece de valor por la misma naturaleza de la ficción, esa verdad con pretensiones de objetividad pierde cabida en el terreno de la ficción y ésta adquiere la libertad de desenvolverse sin la obligación de dar cuenta de sus expresiones; el libro de Basterra, como novela histórica, mantiene la credibilidad del relato por la eficacia de su referencialidad histórica pero –y en esto radica su valor estético– no está sujeto al plano de lo verificable, tal como sostiene Juan José Saer en El concepto de ficción, de Seix Barral, cuando afirma que la ficción “ha sabido emanciparse de esas cadenas [suministrar pruebas de su eficacia]. Pero que nadie se confunda: no se escriben ficciones para eludir, por inmadurez o irresponsabilidad, los rigores que exige el tratamiento de la ‘verdad’, sino justamente para poner en evidencia el carácter complejo de la situación”.

Nada mejor que dejarse sumergir en la periferia de nuestra historia oficial de la mano de Basterra y ahondar en este microuniverso tan lejano, en parte, y tan cercano al mismo tiempo. En este 2021, y a doscientos años del asesinato de Ramírez, esta novela merece su lectura, sus múltiples lecturas y, por qué no, sus múltiples escrituras consecuentes, como esta reseña, por ejemplo. La invitación está hecha, y recordemos que esta historia ficcional ha dejado de pertenecerle al autor, es nuestra, somos los lectores los que debemos poseerla, aprovecharla, comentarla, criticarla, difundirla y reelaborarla.