Tejeiro Martínez, un túnel vegetal en el zaguán del Parque Urquiza

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Un suspiro de cuadras le alcanza a Tejeiro Martínez para producir un particular embrujo sobre aquellos que la adoptaron como residencia e incluso para los que simplemente la recorren.

 

Víctor Fleitas

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Perro que desde lejos mueve la cola, la amabilidad de Tejeiro Martínez es un misterio porque la actividad humana no es algo que acontezca a la vista de todos, por ejemplo entre vecinos que departen relajadamente, mientras matean y acarician a la mascota con el dedo meñique del pie, como un acto reflejo. La mayor parte del tiempo, en Tejeiro Martínez la presencia de personas es algo que se intuye por la ventana abierta, por la radio encendida que silba melodías olvidadas en algún recóndito paraje hogareño, por el portón que se abre desde adentro, probablemente para que salga un vehículo.

A propósito de paradojas, Tejeiro Martínez es demasiado extensa para ser un pasaje, pese a que está encajonada, circunscripta entre Tucumán (al este) y Bertozzi (al oeste) y ocupa un lugar de auxiliar en ese mosaico vial, una especie de pasadizo mágico, un acortacaminos. Pero al mismo tiempo, pese a que comparte el aspecto general, es excesivamente breve si se la compara con aquellas calles que la atraviesan, como Santiago del Estero o Catamarca.

Es probable que los que la eligen lo hagan sólo para disfrutar de esa galería de sombra que alcanza su mayor desarrollo en el tramo medio o para comprobar si es cierta la habladuría de que la última cuadra fue invadida por una colonia de loros, aportantes de una estridencia que abruma. De hecho, luego de corcovear en badenes de los que emerge un ayer de adoquines, los propios automotores parecen caminar en puntas de pie por esos dominios, en la sospecha de que ese griterío alado que proviene de lo alto es rencilla ajena, en la que es mejor no inmiscuirse.

 

PERFIL URBANO

Desde su comienzo, las veredas son suficientemente anchas como para jugar a la rayuela sin molestar ni ser molestados por ocasionales paseantes. Los niños que bicicletean saben que toda esa llanura entre cordón y línea de edificación es territorio de baldosas y la aprovechan a lo ancho y a lo largo, en sus cuestas y sus modestas barrancas a pique, tremendas en la imaginación infantil, o en el ‘finito’ que intentan contra troncos y muros.

En la primera cuadra, la gramilla crece en el metro cuadrado de donde los árboles buscan altura; en la del medio, se apodera además de unas parcelitas rectangulares, a las cansadas; luego, todo es ondulación de raíces que buscan luz, tierno hermanamiento de civilización y naturaleza, llanura canina para paseo con correa.

Los que pedalean, los que patean un rato hasta que se haga la hora del club, los saltimbanquis que van y vienen de la Tierra al Cielo montados a la suerte de una piedrita esquiva sin haber escuchado jamás el apellido Cortázar, los que los ven transportarse y viajan con ellos a su propia infancia, llenan sus pulmones con un oxígeno mentolado que no es enteramente pasado, pero que tampoco es puro presente.

Hay una convivencia de sueños forjados e ilusiones frustradas en Tejeiro Martínez que aparece sin avisar, fantasmal, y retrotrae la experiencia humana a la rutina pendular de lo banal y lo trascendente. Aún los que no creen en él terminan hablando del destino en esta calle, incluso para contradecirlo: el golpe de suerte, el mal cálculo, el infortunio, lo imprevisto, eso que se sabía que iba a terminar mal, la grata sorpresa, los contextos alentadores, la desdicha, los tiempos del ahorro, los gobiernos del pueblo y los otros, más frecuentes.

La imagen, pese a su elocuencia, no termina de transmitir la frescura de esta galería de árboles. FOTO: GUSTAVO CABRAL.

Temporalidades

También están los que la visitan sólo para recordar el aroma de los ‘especiales’ de la panadería La Castellana, sostenida por los Rodríguez, desde la entrada a mano de la leña hasta la atención detrás del mostrador. “¿Alcanza a oler? Es la primera horneada”, dice un señor y en sus ojitos de gurí vuelven a ser las cuatro de la mañana. “Allá, en el número 537, permanece el antiguo nombre: Ecuador”, señala otro, mientras traza conjeturas que se proyectan hacia la cuadra suelta que quedó detrás de la Iglesia San Miguel, entre Buenos Aires y San Martín.

Una señora se suma a la rueda para recordar que a todo ese sector se lo llamó despectivamente “Barrio La Bolsa” y que probablemente se haya visto beneficiado con la posterior puesta en valor del sector ribereño, a partir del Parque y la actual avenida Alameda de la Federación. Otra mujer indica con la mano derecha, girando sobre un punto en el planeta, residencias claves asociándolas a apellidos que rompieron el molde: el pintor Tati Zapata, el cardiólogo Actis Alesina, la obstetra Poema Milocco, el administrador de El Diario Guillamet Chargué, la familia Berduc, el narrador oral Monchi Zonis, los Romero-Celman.

De repente las voces se esfuman y se advierte con más claridad el pasado proletario que se filtra en las casas sencillas que aún siguen en pie, los esfuerzos planimétricos para romper la impresión bidimensional de los diseños a partir de intervenciones lúcidas y poco costosas, el agregado de ambientes que permitió una bocanada de bonanza junto a la pintura descascarada o el frente que quedó rastrillado a la espera de un porvenir de cerámicos que nunca llegó.

En Tejeiro Martínez, los árboles que plantara un botánico francés de apellido Richard antes de volver a su tierra natal siguen siendo una metáfora de todas esas mínimas contribuciones que nos trascienden, que el tiempo arremolina y que pasan a ser parte de una evanescencia presente.

Ajeno a todo, con la bermuda veraniega y la remera recién planchada, un sodero para en doble fila. Tejeiro Martínez lo recibe en un regazo de ramas, en el que lo mece. Pero él no echa raíces. En uno de los zaguanes toca timbre. La dueña sale haciendo un raro equilibrio con dos sifones, un bidón de agua vacío y una charla in péctore. Aquí no es más que un día como cualquier otro.

Tejeiro Martínez es un recurso propicio que evita llegar a la siempre congestionada Alameda de la Federación. FOTO: GUSTAVO CABRAL.

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