El gol del siglo, por Ariel Vittor

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A lo largo de la historia, los futbolistas destacados han recibido distintos apelativos, creados en algunos casos por el público y en otros por el periodismo deportivo. Pelé era considerado “el Rey”. Su compatriota y predecesor Arthur Friedenreich ostentó el apelativo de “El Tigre”. Al uruguayo José Nazazzi lo llamaban “El Mariscal”, apodo que más adelante recibió también el marcador central argentino Roberto Perfumo. Alfredo Di Stéfano fue para los españoles “La saeta rubia”, mientras que Lionel Messi sale quizá menos favorecido con su apodo de “La Pulga”. El único jugador que ha sido comparado con Dios es Diego Armando Maradona.

El 22 de junio de 1986, cuando se llevaban jugados nueve minutos del segundo tiempo del partido entre Argentina e Inglaterra por los cuartos de final del Mundial de fútbol, en México, Maradona fabricó una obra de arte que luego se denominó “el gol del siglo”. A cuatro años de la rendición de Puerto Argentino ante los británicos, que ponía fin a la guerra de las islas Malvinas, la victoria en ese partido tenía para los argentinos algo de sabor a desquite. El fútbol volvía a ser algo más que un entretenido deporte.

Pero lo que hizo que el “gol del siglo” se convirtiera en tal fue el relato que el periodista Víctor Hugo Morales hizo de la jugada. Fue la simbiosis del gol de Maradona y el relato de Morales lo que conformó la definitiva entidad del hecho.

 

EL RELATO DEPORTIVO.

Teóricamente, el relato deportivo sigue los cánones de la lengua informativa. Su intención primigenia es entonces informar sobre las alternativas de una competición deportiva. La dimensión afectiva interna del relator apenas debería vislumbrarse, manteniéndose velada tras un léxico preciso. No obstante, la insoslayable carga emocional que conllevan las incidencias de un partido de fútbol no tarda en impregnar la expresividad del relator.

Pero en su relato del mencionado gol de Maradona, Víctor Hugo Morales saltó todos esos cercos clasificatorios y se adentró en el campo de la poesía. Además de bautizar allí a Maradona como “barrilete cósmico”, echarse a llorar y agradecer a Dios por lo que ha visto, canoniza proféticamente al gol como “la jugada de todos los tiempos”.

Y es que el transcurrir del tiempo fue decisivo para que la proeza maradoniana adquiriera contornos más definidos. La algarabía que sucedió inmediatamente al gol hizo que la belleza de lo que había producido Maradona no fuera adecuadamente calibrada en esos estremecedores instantes. Con los años, Morales confesó que quizá en el momento del relato haya sufrido alguna clase de emoción violenta, algo que los argentinos no le hemos reprochado. Maradona, por su parte, nunca ocultó la profunda emoción que lo atrapaba cada vez que volvía a escuchar el relato.

En una ocasión, viajando por Tilcara, en la provincia de Tucumán, encontré a un muchacho italiano que caminaba por la montaña. Cuando me dijo que era de Nápoles, le pregunté si sabía quién había sido conocido allí como “San Gennarmando”. Inmediatamente, su rostro se iluminó y me contestó: “Diego Armando Maradona”. Dada su juventud, el muchacho no lo había visto jugar, no obstante lo cual conocía la historia del jugador que había llevado al Nápoli a la gloria.

En la frondosa historia del fútbol, quizá el relato que más se asemeje al de Morales sea el que Carlos Solé hiciera del gol de Alcides Ghiggia con el cual Uruguay acabó batiendo por dos tantos a uno a Brasil en la final del Mundial de 1950. La hazaña uruguaya fue conocida como “el Maracanazo”. En ese relato, Solé tampoco puede contener las lágrimas cuando sus compatriotas revierten el resultado de su partido contra los brasileños.

En cuanto al segmento televisivo del gol, se ha convertido en una pieza histórica, como la película con la que Abraham Zapruder documentó, sin quererlo, el asesinato del presidente estadounidense John Kennedy el 22 de noviembre de 1963.

Muchos pataduras intentaron disminuir la genialidad de Maradona, regodeándose con la exhibición y el comentario de los momentos más oscuros de su vida, que ciertamente también tuvo, como cualquier ser humano. Sesudos académicos universitarios se metieron a opinar sobre cuestiones íntimas de la vida del jugador, en especial cuando su físico ya no estaba en condiciones de producir nuevas hazañas, y no se privaron de vituperarlo mediante las expresiones más bochornosas. Nunca, sin embargo, pudieron tapar las inmensas alegrías que Maradona le dio al pueblo argentino, alegrías que en muchos casos fueron más significativas, intensas, duraderas y profundas que las que suelen producirse en las universidades. Eduardo Galeano sintetizó muy bien esta cuestión cuando escribió “¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales.”

Quien esto escribe, que por cierto también es profesor universitario, no tiene empacho en reconocer que, a pesar de los años que han pasado, todavía se estremece de emoción cada vez que vuelve a escuchar el relato que Víctor Hugo Morales hiciera del famoso gol de Diego Armando Maradona a los ingleses.

 

(*) Lic. en Comunicación Social, docente universitario.