Peyret, cronista de épocas en un sector de asalariados

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Paralela a las vías, Alejo Peyret es un pasadizo usual entre las avenidas Ramírez y De las Américas, además de testigo transversal de la lenta transformación de un barrio de trabajadores.

 

Las enredaderas silvestres trepan por los relatos de superación de los vecinos de Alejo Peyret. Foto: Gustavo Cabral.

Víctor Fleitas

Para contar la historia sencilla de Alejo Peyret no alcanza con tender puentes conversadores entre sus archipiélagos más notorios. A estos fines, la larga cuadra de suelo natural al oeste de Avenida de las Américas, donde vigila el tártago y reina el palo borracho y el jacarandá, no dirá mucho más que el trecho que va de Toribio Ortiz hasta la confluencia con Edmundo de Amicis, desde donde Alejo Peyret le da un abrazo de tiza y zapatillas raídas a la escuela Gelabert y Crespo. Tampoco aportará hazañas inéditas el segmento que va desde el templete ubicado en Alejo Peyret y Toribio Ortiz hasta el estuario que se forma con Ramírez, pese a que allí la circulación vehicular es de doble sentido.

Paralela a los rieles que van y vienen del oriente, presa también de su destino pasajero, en tránsito, Alejo Peyret es un camino ceniciento en el que generaciones de soñadores han sembrado puñados de esperanza y lo han regado con el sudor de sus frentes. Para algunos fue una escala, un muelle, un trampolín; para otros, punto de llegada definitiva. Pero todos, cada cual a su modo, han querido dejar evidencias de que no han sucedido en vano.
Por cierto, hay algo de panal en todo ese sector, en el que residentes y visitantes hacen cada cual su parte y, al devenir, se funden en un mutis por el foro singular, mientras un orden mayor va disponiendo sobre esa galaxia la armonía que ninguno de los planetas, estrellas y asteroides le alcanza a dispensar por las suyas.

Paisajes
Viboreantes, desplegadas en un cuadrante irregular formado por las vías del ferrocarril, Salvador Maciá y las avenidas De las Américas y Ramírez, las calles en este barrio particular se asemejan a un curioso sistema fluvial, en el que los canales se alimentan de cursos de aguas laterales que, a su vez, se reunirán más adelante con otros torrentes, a los que les cederá incluso el nombre. No circulan lanchas, ni botes y mucho menos distinguidas góndolas por esos afluentes, sino exponentes del parque automotor comarcano y alguna que otra unidad del transporte público de pasajeros, a las cansadas.

Las orillas se distinguen con claridad en Alejo Peyret. La costa sur es típica de llanura, repleta de viviendas residenciales, más bien bajas, de dos plantas a lo sumo; es angosta esa vereda, tanto que los desarrollados ejemplares de su arbolado en hilera -nutrido aunque discontinuo- parecen obligar a los transeúntes a pasar de costado si no quieren engancharse con asperezas de tronco o de pared sin revocar.

Por las dimensiones del espacio embaldosado, se puertea como se puede en esos rincones. Y, si fuera necesario, en el momento indicado, se amontonan moradores y asientos para que pasen los vecinos; de paso conversan un rato, las pilchas sencillas, los talones chasqueando la ojota, de entrecasa, la camisa mangas cortas y el short de baño, el vestidito de una pieza.
Pero esta postal no es usual. La primera impresión es que la sociabilidad por estas coordenadas es aquello que acontece hasta que se llega al domicilio y que, entonces, la convivencia, el diálogo, el despliegue de las habilidades comunicativas se desarrolla puertas hacia adentro.

Hace tiempo, el vecindario tuvo un punto de encuentro en el que se reconocían. Una vez al año, hacia ese terreno yermo peregrinaban propietarios e inquilinos, sillones plegables en mano, a ser parte de un clima de fiesta más bien proletario que se bebía de a sorbos, como un mate. Pero apenas se sintieron fuertes esas alas buscaron altura y se marcharon, metáfora que explica también un sinnúmero de mudanzas.

Peyret sale a Ramírez, a metros del semáforo de Provincias Unidas. Foto: Gustavo Cabral.

La orilla de enfrente
Del otro lado del río, Alejo Peyret es un horizonte de barrancas, una galería despareja de casas unifamiliares en altura a las que se accede desde escaleras sinuosas, levantadas con afán instrumental antes que con criterio estético. A cierta hora del día, cuando el sol se acurruca por detrás de la Estación de Trenes y hace achinar los ojos, la costa norte de Alejo Peyret se tiñe de negro, los bordes de los volúmenes se confunden y, al yuxtaponerse, la línea de edificación parece una ciudad de juguete hecha con ladrillitos encastrados.

Sin pretenderlo, Alejo Peyret es una muestra suficientemente representativa de la realidad socioeconómica de la ciudad. Lo peculiar es que muchas veces en una misma cuadra la pieza pobre que pudo haber inspirado al poeta arrabalero convive con la construcción de varias habitaciones desde donde se sueña con un futuro de estudio universitario y progreso y también con emprendimientos inmobiliarios edificados sin anteponer limitantes propias de la estrechez financiera.

De todos modos, a medida que los navegantes se acerquen a Ramírez comprobarán que el promedio de lo invertido por lote va creciendo de manera sostenida, mientras aumentan en el mismo sentido las dimensiones de lo plantado en terreno y la presunción de que es más frecuente la asesoría profesional.

Mientras, las horas pasan, los brotes se hacen ramas, el follaje da bienestar hasta que finalmente se seca y un día cae. En la esquina suroeste de Alejo Peyret y Unidad Latinoamericana, un propietario usa una hidrolavadora para desprender del frente un color entre bordó y magenta. La idea es aclararlo un poco, tal vez con alguna gama del naranja. El frontis del almacén y bar es circunscripto y la pistola de agua hace su parte del acuerdo con notable eficacia, pero el avance es puntual, microscópico casi.

–¡Qué changuita! –le dice de paso un vecino, bolsa de compras en mano, que ha visto unos cuantos cambios de ciclos desde que encontró por allí su lugar.

El operador aprovecha entonces para apagar el artefacto y descansar los brazos, que le pesan como una montaña de años. La charla seguirá por unos minutos más en los que las épocas se irán hilvanando, sin que los interlocutores adviertan que hablan de la misma materia a la que aluden las denominaciones del local y los patrocinadores que estaban ocultos bajo la pintura, cuyas inscripciones deben adivinarse por cierto porque sobre la pared no son sino una sopa de letras endiablada, unas sobre otras, los años de miseria y de bonanza contaminándose, confundiéndose, disputándose el derecho a contar la historia sencilla de una calle llamada Alejo Peyret.

El tramo oeste de Peyret, de Avenida de las Américas hacia la estación del ferrocarril. Foto: Gustavo Cabral.