La viruela, las vacunas y la batalla por la confianza

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Puesta en duda con la misma fortaleza de fundamentos con la que se afirma que la tierra es plana, distintos grupos atacan las vacunas que podrían frenar las secuelas en los que sobreviven al Covid 19 y el número de muertes de tantos. El primer operativo de inoculación se produjo en Entre Ríos hace 215 años y los desafíos parecieron ser los mismos.

 

Rubén I. Bourlot

 

El 11 de enero de 1806 llegaron a Concepción del Uruguay tres frascos de vidrio con la preciada vacuna contra la viruela, despachados desde Buenos Aires por el virrey Sobremonte. Al pedido del medicamento lo hizo el alcalde de la ciudad, Tomás Antonio Lavín, en diciembre de 1905 ante una inminente epidemia viruela que en ese momento azotaba Corrientes. La historia es interesante y permite establecer puentes con discusiones actuales.

Vale la pena indicar que la introducción de la viruela, ignorada en nuestro continente antes de la llegada de los europeos, contribuyó a diezmar a los pueblos autóctonos que, como sabemos hoy, no portaban ningún anticuerpo para enfrentar al virus. Se ensayaron los más diversos métodos para combatirla sin resultados satisfactorios, hasta que llegó la vacuna salvadora.

Dice el historiador Urquiza Almandoz que la vacuna contra la viruela fue descubierta por Eduardo Jenner en 1796 y en nuestra región los primeros ensayos se llevaron a cabo hacia 1805. Primero en Buenos Aires; a Entre Ríos llegó el 11 de enero de 1806. “Se aprovechó fundamentalmente el arribo del buque Rosa do Río –dice el autor– que traía a su bordo varios negros vacunados portadores de pústulas frescas, además de ‘líquido vacuno conservado en vidrios’, el que fue puesto a disposición de la autoridad virreinal.”

El doctor Miguel O’Gorman fue el autor de un folleto impreso por los Niños Expósitos con “Instrucciones sobre la inoculación de la vacuna…” que se hizo circular por el virreinato. La vacunación se practicaba en forma gratuita a toda la comunidad.

Ante la presencia de la epidemia en Corrientes el virrey Sobremonte ofició al comandante de Entre Ríos Josef de Urquiza para que tomara las precauciones correspondientes. En tanto el alcalde de Concepción del Uruguay, Tomás Antonio Levín, solicitó al virrey el envío de las novedosas vacunas. El 11 de enero tres pequeños frascos llegaban a aquella ciudad.

 

El médico vacunador

Por esa época el único médico que figura registrado Concepción del Uruguay es el cirujano Antonio Monte Blanco. Naturalmente, se hizo cargo de la vacunación. Como primera medida inoculó a sus tres hijas. Algunos podrían sospechar que fue una actitud poco solidaria, pero lo cierto es que esa conducta podía generar confianza entre la población. En aquellos tiempos las vacunas no gozaban de popularidad y, como aún hoy en pleno siglo de la ciencia y la tecnología, había una fuerte resistencia a inocularse.

Monte Blanco también apeló a una hábil estrategia para persuadir a la población con el aporte del párroco de la ciudad, José Bonifacio Reduello, que en los sermones de las misas machacaba con la necesidad de aplicarse la vacuna.

La estrategia ya se había puesto en práctica el año anterior en Buenos Aires por el cura Saturnino Segurola. El 2 de agosto de 1805, en un acto celebrado en el fuerte (hoy Casa de Gobierno) el virrey, rodeado de sus más altos funcionarios, presenció la primera vacunación. Luego, alentó a los clérigos de las parroquias de esa ciudad de 40 mil almas y a sus alcaldes de barrio a que animasen a la gente a dejarse vacunar, tarea nada fácil de cumplir, ya que antes se precisaba convencer.

En ese mismo año Monte Blanco hizo campañas de vacunación en Gualeguaychú y Gualeguay donde tropezó con varios obstáculos por parte del alcalde local “y una plebe de curanderos” que le impedían vacunar.

 

Epidemias recurrentes

Pero el hecho que la vacunación sólo se ponía en práctica cuando se acercaba una epidemia no lograba eliminar la existencia de la enfermedad, y cada tanto se producían rebrotes mortíferos como el de 1846 que provocó numerosas víctimas fatales.

Por esa época la población indígena también era alcanzada por las sucesivas epidemias, lo que motivó que el gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, impulsara campañas de vacunación como lo menciona el historiador Adolfo Saldías. “Como resistieran la vacuna, Rosas citó ex profeso a los caciques con sus tribus y se hizo vacunar él mismo. Bastó esto para que los indios en tropel estirasen el brazo, por manera en que en menos de un mes recibieron casi todos el virus”.

Hacia 1886 se produjeron brotes en varias localidades en nuestra provincia. En 1935 y 1936 se desató una nueva epidemia de viruela en los departamentos Villaguay y Gualeguay, que obligó a llevar a cabo la vacunación antivariólica masiva en todos los municipios. Farmacéuticos y algunos maestros se convirtieron en vacunadores.

Hoy este flagelo ya es historia. El último caso de contagio natural se diagnosticó en octubre de 1977 y en 1980 la Organización Mundial de la Salud (OMS) certificó la erradicación de la enfermedad en todo el planeta.

Bibliografía sugerida

Urquiza Almandoz, O., (2002), Historia de Concepción del Uruguay, 1783 – 1890, T. I, Comisión Técnica Mixta de Salto Grande, delegación argentina, T. I.

Cremades, N. A. (2014). A dos siglos de la llegada a la Argentina de la vacuna contra la viruela. 1805 – 2005. Revista De Salud Pública, 9(1), 60-64, en https://doi.org/10.31052/1853.1180.v9.n1.6782

Saldías, Adolfo, “Historia de la Confederación Argentina”, vol. I

Más temas sobre nuestra región en la revista digital Ramos Generales, disponible en http://lasolapaentrerriana.blogspot.com/

 

Combatir un virus

La viruela es una enfermedad muy grave provocada por el virus de la viruela. Recibe su nombre por las ampolla purulentas (llenas de pus) o pústulas que se forman durante la enfermedad. Aunque sus nombres se parecen bastante, la viruela no se debe confundir con la varicela, una enfermedad más leve que está provocada por un virus diferente.

La viruela es una enfermedad contagiosa, es decir, el virus que la provoca se puede contagiar a otras personas. Se propaga a través de diminutas gotitas de la saliva de una persona infectada que se emiten al toser, hablar o estornudar. La viruela se suele contagiar cuando una persona infectada interactúa cara a cara con otra persona.

Si alguien padece viruela, los médicos pueden identificar esta enfermedad al ver el tipo especial de erupción que provoca. Se trata de una erupción de ampollas llenas de líquido y con costra. Esto puede recordar a la erupción propia de la varicela, pero las ampollas de la viruela tienen un aspecto diferente a los granos propios de la varicela. Los demás síntomas de la varicela se parecen a los de muchas otras enfermedades importantes: fiebre, dolor de cabeza, dolor de espalda y cansancio. En 1997, la viruela dejó de ser un virus en Argentina.