La breve Río Negro, hermanita perdida en el lejano oriente

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Paralela a Blas Parera hacia el oeste, la calle Río Negro es febrilmente utilizada por vehículos de todo porte, en un área que sufre los espasmos de arroyos y avenidas que se desbordan de vez en vez y la arrebatan de su siesta espectral.

 

Víctor Fleitas

 

No es un sentimiento permanente, pero cada tanto Río Negro se pregunta por qué descuido, por cuál razón quedó marginada del sector de calles del micro y macrocentro que rinden homenaje a las provincias argentinas.

A Río Negro, esa minúscula herida interior, imposible de ser remediada, le empieza a picar como un raro vaticinio los domingos a la tarde, cuando el horizonte doblega el ímpetu solar y en torno a una mesita rectangular y plegable, de esas que se reconstituyen como si fuera una valija, levanta el repasador y no tiene visita a quien ofrecerle los trozos de lo horneado que el aire cálido reseca, en la sostenida ronda de mates.

El resto de la semana, se despereza en un ir y venir de adocenados empleados y cuentapropistas vehementes, de pequeños y medianos comerciantes, de rentistas impacientes y angustiados locatarios, de propietarios arraigados e inquilinos trotamundos, que pasean sus ansias de trascendencia desde Churruarín a Almafuerte, hamaca simbólica entre lo que nace y muere.

El doble sentido de circulación, la realidad de alternativa para esquivar el enmarañado tráfico de Blas Parera y la identidad de atajo con capacidad de conducir hasta un destino puntual, permite que por allí, por Río Negro, zigzaguee una variedad de vehículos tan amplia que permite recrear la historia de los últimos 30 años de la industria automotriz.

Por las veredillas y aceras hay poco lugar para la gramilla y el arbolado, discontinuo pero frondoso, debe jugárselas por las suyas para prosperar. A algunas baldosas, adquiridas porque tenían capacidad de resistencia a un alto tránsito, se le van desprendiendo las piedritas marrones y, sin ellas, la cuadrícula de baldosones pierden todo encanto.

No es la única defraudación que camina horonda por calle Río Negro y aledañas: brotan como agua de caño roto las historias de engaño con que numerosas trayectorias vitales y comunitarias se han ido construyendo, hilada a hilada, del cimiento al techo, del boleto de compraventa a trabajos mal realizados, protagonizadas por charlatanes y tramposos, lenguaraces, embaucadores y aprovechadores de toda laya.

Pese a los engaños, la esperanza en un mundo mejor cunde en la arena que el paso del tiempo desparrama, la hormigonera murmurante, el andamio bajo, la moto albañil que espera a un costado a que la ramita de paraíso sea colgada del asador y el contratante cumpla con la gala gastronómica.

 

Por momentos apacible, un rato después intensa, Río Negro es una bisagra en el territorio, al oeste de Blas Parera. Foto: Gustavo Cabral

 

CONTINUIDADES

En realidad, al norte de Churruarín hay un tramo más de Río Negro que se extiende hasta donde lo permite el arroyo Colorado. Es una larga cuadra que sirve para entrar o salir, con cordón cuneta y asfalto flexible. A cada lado, se constituye una línea de edificación que los baldíos van interrumpiendo, en la que conviven la casa de cerámicos huecos sin revocar y la propiedad de notorias comodidades.

Por las acequias planas de hormigón armado dos hilitos de musgo llevan líquidos cloacales hasta el curso de agua que, cuando llueve, multiplica su caudal notablemente y arma un sonoro batifondo cuando las carcazas de cocina o los gabinetes de heladera golpean contra el tronco de los árboles que soportan la invasión de la inmundicia.

Como se sospecha, Río Negro resulta ser una calle rica en paradojas: producto de las condiciones del mercado inmobiliario, hay viviendas pretensiosas que descollan en un sembradío de casitas proletarias; breve, entabicada entre los accidentes del terreno y la avenida Almafuerte, posee un tránsito alocado y cambiante; inserta en una populosa barriada que no cuenta con un espacio propicio donde estirar las piernas o hacer actividad física, es la calle de ingreso a la sede del Club Universitario, un gigante dormido que supo construir sociabilidad, caballerosidad deportiva y salud en un sentido amplio.

 

A sol y sombra se debaten los últimos metros de Río Negro, antes de que se funda con Almafuerte. Foto: Gustavo Cabral

 

DEGRADACIÓN

Justo en el cruce con Francia, bajo la atenta mirada del alcázar de Cotapa, Río Negro pierde la compostura de alfombra y pasa a ser la réplica de un territorio minado. Conviene mirar desde entonces el pozo al lado del bache, porque puede ser el prólogo de un cráter disimulado por un charco de pestilencias.

Cada vez que respira, el tapial perimetral de Universitario parece ir cediendo un micrón más hacia adentro, tanto por Río Negro como por Francia. Por eso no puede avisarle a los conductores que las cosas seguirán así e incluso empeorarán luego de la intersección con Hereñú.

En efecto, en la última cuadra de Río Negro, bien al sur, la traza se quiebra, la vereda este se cubre de añosos fresnos que regalan una sombra maravillosa y unas combinaciones cromáticas y lumínicas fantásticas, con las que realzan los rasgos de pensionado que pasan a dominar la escena urbana. En cambio, enfrente, en la acera oeste, el sol de la mañana martilla sin clemencia los frontis calcados de una hilera de dúplex.

Entonces, de uno y otro lado de la calle, Río Negro se para ante su otro yo, como quien busca respuestas mirándose al espejo. Y se queda sin palabras.

Unos metros más allá, Almafuerte sencillamente sucede, inclemente, repleta de bullicio, aturdida de bocinas y gritos, con una soledad de madrugada, ajena a todo lo que en ella confluye, incluso a Río Negro, la hermanita perdida en el lejano oriente.