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lunes, abril 12, 2021
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    San Luis, la parsimoniosa, un pasadizo para salir del centro

    Próxima al área central pero alejada de sus contrariedades, San Luis goza de un notorio sentido de pertenencia más allá de la creciente presencia de edificios en altura. La cambiante topografía, detalle que a veces se observa de una vereda a la otra, le imprime características peculiares a cada una de sus cuadras.

     

     

    Víctor Fleitas / [email protected]

     

    Integrante de un subsistema del que participan también La Rioja y Misiones, la calle San Luis mantiene matemática equidistancia de una y otra en el cuadrante noreste del macrocentro. Nace en Urquiza, en un recodo de la congoja. Trae consigo una promesa de río que guardan como secreto los que no andan apurados y que amaga con materializarse recién más allá de Moreno, cuando pasa a llamarse Bolívar, donde calle y veredas se angostan, los frentes de las viviendas se achican y adquieren valor algunos detalles menores como una bicicleta en condiciones, una sombra de árbol para la siesta o la nobleza vigilante de un perro ladrador.

    Pero para llegar hasta Laurencena, ese desfiladero abierto a la metáfora fluvial, es preciso recorrer San Luis de cabo a rabo, en una zona en la que la historia parece fluir hacia el arroyo La Santiagueña y los relatos de prehistoria barrial reverdecen en nostalgias de terrenos rellenados y empuje vecinal e, inevitablemente, rozan las menciones a expedicionarios que buscaban un dorado tesoro de ranas en un predio que se llenó de ladrillos y hormigón, y que descendientes de nativos ubican cerca de la actual Terminal de Ómnibus.

    Lo singular es que, pese a compartir estas características del territorio, cuando llueve con alguna intensidad San Luis no es un río con la enjundia necesaria para invadir la aldea y llevarse de trofeo incluso vehículos incautos, como sucede en La Rioja y mucho más en Misiones.

    La esquina sin terminar del San Roque y la calle rota, dos postales del cruce con La Paz. Foto: Gustavo Cabral

     

    TÚNELES NATURALES

    El suave declive de San Luis permite que los ciclistas planeen entre las nubes de un cielo pavimentado al menos hasta La Paz y que recién desde Colón deban pedalear para subir la cuesta. Reinan en todas esas cuadras, una techumbre de jacarandáes, que la distinguen de la de Misiones y La Rioja donde tipas y plátanos pujan por el reinado desde tiempos inmemoriales.

    La brisa de ese éxtasis reposado que despeina los sentidos acaso no deje ver con claridad cuándo, por qué extraño designio, producto de cuál conjuro, el paisaje común se modifica de modo tan radical.

    En efecto, en las primeras cuadras de San Luis reluce un panal de casas distinguidas, intervenidas bajo asesoría profesional, muchas veces con buen gusto además; algunas recientes desde los cimientos pero muchas otras modificadas, como aquellas de mediados del siglo pasado a las que se les refrescó el frente o se le agregó la planta superior en función de la dinámica familiar.

    Por aquí, todavía resisten los chalecitos modestos, con tapial a media altura, escaleritas fornidas y escuetas, circunscriptos patios delanteros embaldosados, a veces elevados en relación a la vereda, especiales para matear y ver la vida pasar, con un portón al costado y una puertita petisa hecha con listones de madera económica pintada al látex.

    Pero de pronto, sin que logre explicarlo el que sólo atienda a cuestiones formales como la distancia entre cordones, la altura promedio de las edificaciones, el ancho de la acera o la edad estimada del arbolado en hilera, San Luis se despoja de la ropa con la que caminó la Peatonal o domingueó el Parque y sale a ganarse el pan de cada día.

    En uno y otro extremo las ansias de progreso son las mismas, pero en el sector norte hay menos afán proyectado en el cuidado de lo compartido, como si por esas coordenadas la vida sucediera lejos en busca del peso que nunca alcanza y el regreso al hogar represente más la chance de descansar puertas hacia adentro que de disfrutar de los espacios de sociabilidad.

    Cuando llega a Moreno, San Luis produce otro cruce vial sumamente peligroso. Foto: Gustavo Cabral

     

    TRANQUILIDAD

    Como sucede con arterias cercanas, el tránsito en San Luis es intenso, lo que no afecta su dominante carácter barrial: así, cuando se silencia el ronquido de los escapes, emerge una magnífica sonoridad de aves.

    La proximidad del centro tiene una desventaja: desde temprano, los espacios para estacionar son disputados por vehículos forasteros que se echarán como mascotas con fiaca al lado del cordón hasta que regrese su dueño.

    Los vecinos de mayor antigüedad tienen incorporada a sus pliegues interiores las certezas de esa microgalaxia particular. Los fines de semana, conjeturan sobre la realización de encuentros religiosos a partir de la modesta sobriedad de la vestimenta de aquellos que peregrinan hacia el Club Echagüe, tan distinta a los de ojota, ropa de verano y silloncito plegable que van a pasar la tarde al lado de la pileta; los días hábiles adivinan sobre si el aula universitaria, la repartición pública, la entidad bancaria o las instalaciones escolares circundantes serán el destino de los extraños que pasan; cada tanto, evocan bares, almacenes y proveedurías a los que identifican por el nombre de sus propietarios.

    Ajeno a estos dilemas, un señor ha convertido en bermuda un pantalón largo. De lejos se advierte que la costura no es lo suyo, pero a él no parece importarle: la prenda le provee de la comodidad mínima que precisa para controlar la altura del césped. El atuendo se completa con zapatillas raídas, una musculosa amplia y una gorra con visera.

    A media cuadra, dos vecinas lo observan como quien no quiere la cosa, cada cual desde su portón. Con los años han construido una respetuosa vecindad que se traduce en el hecho de que conserven un juego de llaves de la casa de al lado, porque uno nunca sabe.

    En la calle los autos aceleran hacia una salida del laberinto. Sus conductores las miran sin ver. A ellas tampoco les inquieta. La comida ya está en marcha y la casa fresca. Mientras disfrutan de esa perfección del tic tac hogareño, tejen una charla de ocasión. Luego entrarán y, en medio de esa burbuja que huele a desinfectante para pisos, pensarán en que el sol del mediodía va a dejar irremediables marcas en el improvisado jardinero que transpira con abundancia para recibir al nuevo año como corresponde.

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