Manuel Gálvez, la callecita apacible del agujero negro

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La calle Manuel Gálvez es uno de los nervios que activa un sector que mutó de productivo y de descanso a residencial, comprendido entre las avenidas Ramírez, de las Américas, El Paracao y Sarobe. Una noche la visitó la tragedia y ahora aguarda por una reparación adecuada.

 

Víctor Fleitas / [email protected]

 

La primera impresión es que, desde Avenida de las Américas hacia Ramírez, la calle Manuel Gálvez ayuda a conformar una bucólica planicie de casas de una y dos plantas, con una proporcionada relación entre ancho de veredas y distancia entre cordones.

La mansa arboleda, discontinua pero abundante, el silencio de automotores, la dominante sonoridad de los pájaros en cables y ramas, puede hacer pensar al desprevenido que se encuentra en medio de esos vergeles bidimensionales de la antigüedad, soportados por formidables elefantes que, a su vez, hacen equilibrio en el caparazón de una tortuga que nada hacia un mar de incertezas.

Desde tiempos inmemoriales circulan relatos abismales de naves que durante los diluvios danzaban en medio de una coreografía tribal y luego se dejaban arrastrar por el poder de una fuerza impiadosa que los amontonaba cerca de un torrente inmundo y los llevaba aguas abajo; de monstruos imponentes, voluminosos como camiones frigoríficos, que desafiaron al huracán de barro, basura y mugre y sucumbieron; de aventureros desaprensivos que decidieron hacer caso omiso a las advertencias de los baqueanos, confiados en que podrían dominar los vientos monzónicos y debieron ser abducidos por una especie de luz redentora para poder contar la perturbadora experiencia.

Hasta que un sábado, hace casi un año atrás, la noche se vino encima: la tierra se abrió, de sus fauces emergió una furia de lava que dejó grabado un nombre de mujer en la memoria social y condenó a los otros relatos a la categoría de simple anécdota.

Desde ese momento, el otro extremo de Manuel Gálvez, en la esquina con Avenida Ramírez, está cerrado al tránsito con un guardarraíl que le abre las tripas a cuatro barriles de 50 litros, dispuestos sobre el asfalto como granaderos regordetes.

Badenes desgastados, algunas veces rotos, son parte del paisaje. Foto: Gustavo Cabral

 

BREVEDAD DE SUSPIRO

Alcanzan los dedos de una mano para contar las cuadras apacibles de Manuel Gálvez, de doble sentido de circulación, desde que se accede peligrosamente mediante un giro a la izquierda sobre la espaciosa e insuficiente De las Américas, la avenida que lleva y trae a toda hora, de norte a sur y de sur a norte, un intenso ajetreo de hormiguero. Hay un lento declive hacia al este de Manuel Gálvez que se nota en la profundidad de los badenes de las calles que cruza. La pendiente se irá pronunciando en Ciancio como si supiera que al arroyo Antoñico sólo se lo vencerá si se toma algo de envión.

En rigor, el incesante curso de agua viene juntando desechos y canturreo fétido desde del sureste, pasa por debajo de la neurálgica Ramírez y luego empieza a abrirse de ella, mientras acompaña la traza de las vías del ferrocarril. A su vera, se erigen los patios traseros de casitas definitivamente precarias, candidatas a inundarse si las precipitaciones son abundantes y abruptas.

Internarse desde Avenida Ramírez en Manuel Gálvez es zambullirse en una montaña rusa; si las lluvias son copiosas la alcantarilla se desborda y forma una pileta correntosa de hasta un metro de altura. Pero, en realidad, los líquidos pluviales que se concentran allí van llegando desde distintas latitudes en ese modesto imperio que hasta no hace tanto fue un almácigo de tierras productivas, zona de quintas, territorio labrador.

En efecto, durante las tormentas, desde Avenida de las Américas y desde Constancio Carminio, las aguas que bajan turbias forman un remolino gigante en Manuel Gálvez y Ciancio. De hecho, a 150 metros del paso crítico los propietarios señalan en los frentes de sus casas, en la subida al garage o en una escalerita que amortigua la diferencia de cota entre la calle y la reglamentaria vereda hasta dónde ha llegado un anegamiento récord.

Los vecinos suelen buscar las avenidas para realizar compras y gestiones. Foto: Gustavo Cabral

 

EN SUSPENSO

“Acá somos muy tranquilos”, se queja un frentista, mientras pregunta si se harán finalmente unas obras que vendrían a resolver la suma de problemas descriptos. Nadie tiene la respuesta precisa entre los que forman la media luna.

El silencio vuelve a ser amo y señor. El sol del mediodía proyecta sobre la gramilla los pirinchos de una palmera. Al costado del cordón, un hilito de agua teje una bufanda de musgo verde, mientras en la esquina de Vera Peñaloza burbujea con pereza una cloaca solitaria. Los carteles que indican el nombre de las calles han perdido la pintura original, pero sus letras oxidadas siguen cumpliendo un propósito.

Manuel Gálvez es un perro echado ahora. Está sin estar. Late en los chalecitos proletarios, en la charla al paso, en las casas desgastadas por ingresos insuficientes, en el saludo de cortesía, en las residencias caras de donde emergen joyas de la mecánica, en sus senderos de baldosa y en los de contrapiso. No mueve la cola gratuitamente ni garronea tobillos que no reconoce. Ve pasar gente por la calle, tal vez recientes usuarios del servicio de colectivos; pero no ladra, ni duerme. Sólo espera. O eso parece.

La presencia del arroyo plantea una serie de situaciones problemáticas. Foto: Gustavo Cabral