Fernández Díaz reflexiona sobre literatura de ficción con EL DIARIO

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En su nueva novela “La Traición”, el periodista, escritor e integrante de la Academia Argentina de Letras vuelve a situar al género al tope de las preferencias de los lectores. En una entrevista con EL DIARIO, expuso sus razones para explicar el fenómeno generado por sus novelas y la empatía que ha generado en el público “Remil”, el personaje que las protagoniza.

 

Carlos Marín / [email protected]

 

Sherlock Holmes y su acompañante Watson; Hércules Poirot; el Padre Brown; Jules Maigret; Philip Marlowe son, entre tantos, algunos de los inmortales personajes que ha entregado el género policial a los lectores. La extensa lista se ha nutrido en las últimas dos décadas con la irrupción de exponentes como Kurt Wallander, Salvo Montalbano, Kostas Jaritos, Pepe Carvalho y Mario Conde, entre otros. Todos protagonistas de otras tantas series de novelas, nacidos respectivamente de la imaginación del sueco Henning Mankell, el italiano Andrea Camilleri, el griego Petros Markaris, el español Manuel Vázquez Montalbán y el cubano Leonardo Padura.

En la Argentina, sin embargo, el policial no ha tenido el despliegue que alcanzó en otras partes del mundo. Y la presencia de un personaje que ocupe ese lugar aún está vacante. Casos como Isidro Parodi –creación de Borges y Bioy Casares– o Frutos Gómez –concebido por el correntino Velmiro Ayala Gauna– son excepciones que confirman la regla.

En ese panorama yermo, la irrupción de una trilogía de novelas escritas por Jorge Fernández Díaz es un indicio, sólido por cierto, de que las cosas podrían modificarse. Es que Remil, el protagonista de “El puñal” (2014), “La herida” (2016) y la recientemente editada “La traición”, comienza a tomar el vuelo necesario para obtener un lugar en el selecto club de los antihéroes del género.

Remil, veterano de Malvinas, fichado como espía al servicio de la inteligencia estatal, fogueado en duras batallas cotidianas por la supervivencia y habitué de los “sótanos de la democracia”, es el emergente de un nuevo fenómeno que roza la revitalización del policial en el país.

Para conocer el origen de la historia de este personaje con reconocimiento nacional e internacional –la novela “La traición” se encuentra actualmente al tope de la lista de “más vendidos” en el país– hay que remontarse a la primera mitad de los `70, cuando Fernández Díaz tenía 14 años y fantaseaba junto a su amigo Oscar Conde –docente y actual integrante de la Academia Porteña del Lunfardo– en escribir una gran historia de espías. “Los dos queríamos ser novelistas. Él se convirtió en poeta y ensayista; yo en novelista y periodista”, cuenta el escritor a EL DIARIO. La amistad entre ambos es tan potente que en “La traición”, su autor realiza un reconocimiento explícito a Conde, al ubicarlo en un momento de la trama.

“Con Oscar nos conocimos a los cuatro años. Es parte de mi familia, un hermano para mí. Entramos a la literatura juntos, a los 12 años. A los 15 nos apasionamos por leer novelas de espías y escribirlas situadas en Argentina. En ese momento fue un imposible. No sabíamos nada. Éramos chicos y fracasamos. Durante dos años escribimos tramas, creamos personajes. Creo que eso, en algún sitio de nuestro interior quedó como un deseo dormido. Y de repente, con ‘El puñal’ despertó”, reflexiona el editorialista.

Fernández Díaz recuerda: “Cada vez que escribí lo hice movido por las ganas, por puro placer”.

 

DESEO Y TRANSFERENCIA

Desde los ´70 hasta hoy, el trayecto ha llevado a Fernández Díaz a incursionar por distintos caminos. Durante 35 años fue alternativamente cronista policial, periodista de investigación, analista político, jefe de redacción de diarios y director de revistas. Es actualmente uno de los principales columnistas políticos del diario La Nación. Pero además se hizo acreedor de otros “pergaminos”: el Konex de Platino como el mejor redactor de la década; el premio Atlántida con el que los editores de Cataluña celebraron su labor a favor de los libros, y la Medalla del Bicentenario por su obra periodística y literaria. En 2012 fue condecorado por el rey de España con la Cruz de la Orden de Isabel la Católica, y en 2017 ingresó en la Academia Argentina de Letras, donde ocupa el sillón Juan Bautista Alberdi.

“Es extraño como uno llega a escribir una novela”, desliza en la entrevista con EL DIARIO. “En mi caso no tengo estrategia narrativa que vaya trazando de antemano. Llego por deseo puro y profundo”. Y acepta que “las novelas se nos imponen. En mi caso, escribir una es algo lúdico. No me convocaría una obligación moral a hacerlo”. Y añade: “Por el contrario, sí puedo trabajar a partir de una decisión consciente y voluntaria un ensayo, como uno de mil páginas que estoy concluyendo”.

Ocurre que, asegura, “la literatura de ficción es todavía para mí ese juego que aprendí a los 12 años, leyendo los clásicos de la Colección Robin Hood”.

¿Cómo se explica la empatía que genera Remil y otros personajes en la trama? A la vez, ¿cómo se aproxima el escritor a la construcción psicológica de sus criaturas? ¿Cómo traza ese perfil que no desdeña la complejidad y la ambivalencia que tienen?

“Para mí –reflexiona– la ambivalencia y la complejidad de los personajes, incluso algunas de sus contradicciones, me parecen fundamentales para que, en primer lugar, me crea yo mismo lo que cuento”.

En el caso de Remil, “es bastante curioso, porque en ‘El puñal’ le transfiero la desesperación amorosa que alguna vez hemos sentido todos, y me incluyo. En ‘La herida’, le transmito el terrible momento en que el padre pierde la fe en el hijo –cosa que me ocurrió a mí con mi padre– y en esta tercera entrega, ‘La traición’, lo ubico en una situación en que el padre y la madre se odian; y el hijo está entre medio. Estos tres sentimientos que conozco personalmente se los transfiero a este personaje. Esas emocionalidades en este tipo que es muy duro, se las coloco sin cargar las tintas, con sutileza. A mi juicio entiendo que eso es lo que produce ese efecto de credibilidad que lo sostiene”.

En cuanto al resto de los personajes, “busco cuáles son sus razones profundas, sus relatos internos, esos que todos tenemos, para hacer lo que hacen. Ningún asesino, ningún autoritario, ningún corrupto se creen que sean miserables. Hasta los nazis y los fascistas tenían coartadas internas para explicar su conducta. Siempre trato de encontrar la coartada interior que tiene cada uno para justificar lo que hace y eso los vuelve complejos”.

En este punto, precisa que al escribir “La traición” “quería una novela más corta, y más ‘seca’ que las dos anteriores. Entonces los personajes tenían que estar muy bien definidos y con una sola pincelada, fueran muy recordables. Lo cual es ciertamente difícil. Por eso es que estuve estudiando mucho al belga (Georges) Simenon, creador del inspector Jules Maigret y prolífico autor de policiales. Y estudié los trucos que, como autor, hacía en términos de concentración y de intensidad al delinear un personaje o una situación”.

 

REALIDAD Y FICCIÓN

–¿Cuánto hay de investigación para volver creíble la trama en su última novela y cuanto hay de ficción literaria, sobre esa base de investigación?

–Lo primero que quiero decir es que “La traición” es una novela de aventuras, espionaje, veneno, tiros, persecuciones, múltiples traiciones; por más que en la trama se digan cosas sobre la política. Es una novela de género. En cuanto a lo que hay de ficción y de real, Remil resulta un personaje cercano y natural porque todos los días leo en los diarios noticias que podrían encajar perfectamente con su perfil. Es más, hubo una época en que recortaba notas para archivarlas. De ese modo me llenaba al tiempo de una parva de papeles que finalmente tiraba porque me parece que la realidad política argentina trabaja para Remil (risas). Pero cuando estoy seguro de lo que voy a hacer, investigo.

–Entre las singularidades de los personajes y los acontecimientos que viven, aparece el humor, y también la ironía, colándose en distintos momentos de la trama como una dimensión profunda de la crítica sociopolítica. Uno de los elementos que emplea es la gastronomía como una plataforma para concretar el ejercicio de la crítica ¿Cómo se asesoró para incursionar en este tema con tanto conocimiento?

–Bueno, para elaborar los platos que integran la carta de un restaurante en el cual se desarrollan dos momentos claves de la historia de “La traición”, estudié en profundidad las comidas preferidas de personalidades como Mao, Miterrand, Perón, Sartre.

–Otro aspecto que inquieta de lo que narra –de ese universo siniestro pero a la vez fascinante, que expone en sus novelas– es que: “la realidad siempre supera la ficción”. Incluso los límites se vuelvan lábiles. Por ejemplo “La traición” narra en sus primeras páginas una tragedia que sufre un personaje influyente en un helicóptero. ¿Qué piensa cuando los hechos se aproximan a su historia? Parece fantasía anticipatoria.

–Bueno, eso me pasó con las tres novelas. Hechos, circunstancias que había imaginado y que luego terminan coincidiendo con acontecimientos que ocurren en la realidad. Pasa que estas novelas están muy imaginadas, pero también muy trenzadas con el conocimiento del mundo que narran: el mundo de la política, del poder, de los “servicios”. Cuando uno aplica una imaginación razonada a ese mundo, y hace conjeturas, a veces hechos que uno imagina, finalmente se producen. O se habían producido y nadie los conocía. Trabajo mucho mirando la actualidad y tratando de conocer, hasta dónde se puede, y después imaginar, lo que ocurre en el lado de atrás del poder.

MITOS CAÍDOS

–La trilogía toca distintos momentos de la actualidad política e histórica del país. Cada novela tiene su tesis. Pero hay un hilo que permite seguir la historia reciente del país. En este caso “La traición” tiene mucho de lo que viene de los ´70 y de reconversiones, con “ganadores” y “perdedores”. Una de las ideas más interesantes de esta tercera entrega es cuestionar el mito de un idealismo impoluto y situar a los artífices del mismo con toda su humanidad dentro de la historia.

–Sí, son los “vendidos” que se autopromocionan como idealistas y a los cuales nunca se los muestra en posiciones desdorosas en una literatura argentina que, básicamente, está colonizada por una visión progresista, de izquierda digamos. Creo entonces que es muy perturbador encontrarse con una novela en que esos personajes, que siempre son los buenos, aparecen con doble fondo, como todo lo demás a lo que ya me he dedicado en otras novelas. Me refiero a ese doble fondo que algunos personajes tienen con el pasado, con el presente corrupto y con las alucinaciones que los llevan, por ejemplo, a fantasear con que un gobierno constitucional es una dictadura, y que existe un estado pre-revolucionario en marcha. Se trata básicamente de ilusiones que se prestan a un juego de dominación y desgaste que se planea muy arriba. Pero que puede producir –y esta es la tesis de “La traición”– que alguien se tome en serio eso que es un juego y lo lleve mucho más allá. En ese sentido, como thriller político –algo que en nuestro país salvo alguna novela desperdigada no tiene tradición– “La traición” está basada en una hipótesis de conflicto. Una literatura que a nivel internacional tiene referentes como el estadounidense Tom Clancy, que con ese tipo de juegos concibió la trama de “La caza del octubre rojo”. Creo que un thriller político, tiene que partir de eso. Por supuesto, en esta parte del mundo, nuestras visiones son menos grandilocuentes que las de Clancy. Aquí, en la Argentina, se practica un espionaje casero, doméstico, político. Por eso las hipótesis tienen que ser más realistas, que es lo que más me costó de esta novela: mantener la espectacularidad y la emoción combinada, a la vez, con una gran verosimilitud. Acá todos los personajes están trenzados con la realidad más pura, y la actualidad.

 

El género policial en la Argentina

–La novela policial tuvo momentos de visibilidad en el país. Pero también otros de olvido. ¿A su criterio, a qué razones obedece esta falta de arraigo del género?

–Lo primero que me parece que debe señalarse es que en la Argentina existe una larga tradición de lectores de la novela policial. Lectores calificados y populares. Eso nunca dejó de estar. Y en cuanto a la producción, hay que decir que tiene un lugar desde que Borges y Bioy Casares sitúan el policial dentro del canon y la cartografía crítica –que otros críticos sin embargo no siguen– con su trabajo en la colección “El séptimo círculo”, en editorial Emecé. Sin embargo es interesante que en facultades importantes del país donde se estudia Letras, aún se lo aborde como un género menor. Con respecto al policial, podría hacerse en el país una antología de novelas que no lo son en el sentido tradicional del término, pero que en el fondo sí –como “Rosaura a las diez”, de Marco Denevi; o “Ni el tiro del final”, de José Pablo Feinman; o “El desquite” de Rubén Tizziani–. La pregunta es por qué nunca fue popular una serie de policiales como ha pasado en España, Italia, Francia, Inglaterra, Suecia.

Borges, en la década del 30, tenía una tesis sobre esto. Sostenía que al lector argentino no le gustaban tanto este tipo de novelas porque le resultaba difícil confiar en un policía, y que esa institución le parecía una mafia. Y parece que el paso del tiempo le ha dado la razón al lector, en el sentido que efectivamente las policías, con excepciones, se han visto mezcladas con el autoritarismo y las mafias. En algún momento, Carlos Gamberro, un crítico de nuestro país, hizo una suerte de decálogo para explicar por qué no era posible en Argentina escribir una serie policial. Ese texto me pareció muy interesante y muy agudo. Pero cuando le entregué mi primera novela del género, “El puñal”, luego de leerla me reconoció que ese trabajo refutaba su tesis. Y aceptó que lo que yo contaba era posible porque, en términos de verosimilitud, logré concebir a un personaje más ligado a la maldad y al crimen que al lado “bueno”. Me refiero a Remil, especie de detective, espía y guerrero. Pero sobre todo un criminal de Estado. Un personaje a través del cual, como autor, intento desvelar lo que hay detrás del lado negro de la política y del poder, los servicios de inteligencia. Pero a la vez, también me interesa, despertar una perturbadora simpatía por este “maldito”, que es alguien durísimo que realiza cosas muy censurables. Y que por eso mismo tiene un grado de verosimilitud que no tendría un comisario abnegado, o un detective privado, que son “mitos” que a los argentinos nos parecen lejanos o “trasladados” de otras latitudes. Remil es un detective, un espía y un criminal muy argentino. Por eso, además, está vinculado con el Estado. Y tengo la satisfacción que se haya convertido en un personaje popular, después de los 200 mil ejemplares vendidos de “El puñal” y “La herida”.