Un simple kiosco, punto de encuentro ciudadano

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Los quioscos de diarios y revistas son espacios que resisten el paso del tiempo y el cambio de época que se refleja en los consumos. Por años, al frente de estos emprendimientos se hallaban personajes con historias de superación, de gente que se hizo desde abajo. Recuperar sus testimonios también es construir memorias urbanas.

 

Griselda De Paoli | [email protected]

 

Las acepciones de “Kiosco o quiosco” se circunscriben cuando lo asociamos a diarios y revistas. Como paranaense, la imagen en ese sentido que se me presenta es la del quiosco de Barreto, en la esquina de Buenos Aires y 25 de Junio, que era indudablemente punto de referencia del barrio.

El 22 de abril de 2013, tuvimos la oportunidad de entrevistar a don Maglio Barreto, en el marco del proyecto «200 años. Rescate de la memoria de la ciudad de Paraná», realizado desde la Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales en un convenio con el Centro Comercial e Industrial de Paraná y el CFI. El testimonio quedó en el Archivo de la palabra ciudadana, del Museo de la Ciudad “César Blas Pérez Colman”.

Fue difícil que Barreto hablara: adusto, de pocas palabras y por momentos algo tímido. Falleció hace poco y pensamos que un modo de homenajearlo es compartir esta breve entrevista.

TIEMPOS IDOS

Hasta fines del siglo XIX, los diarios llegaban a sus lectores por suscripción, por correo o bien adquiridos en la misma imprenta. La primera vez que en Argentina se escuchó vocear a un «Canillita» fue el 1° de enero de 1898: «Compre La República», «La República, a medio peso», gritaba, para asombro de la gente.

El diario, que había aparecido ese día en Rosario, fue fundado por Lisandro De la Torre y la innovación en el modo de ofrecerlo trascendió las fronteras llegando incluso a Francia. Desde entonces, miles de Canillitas vocearon en la Argentina, diarios y revistas. Maglio Osvaldo Barreto fue uno de ellos, en Paraná.

Poco a poco se fueron instalando puestos callejeros en lugares fijos, desde los cuales, se realizaba la distribución y se ofrecían diarios y revistas al paso.

Maglio nos ignoró cuando llegamos, mientras atendía a los clientes que se acercaban. Luego en un movimiento lento pero incesante cambió de lugar las revistas, las agrupó, incorporó nuevas, armó paquetes que seguramente será el material a devolver. Respetamos su hacer hasta que mostró que registraba nuestra presencia y nos prestó algo de atención.

Comenzamos a preguntarle y nos contestaba de manera breve, como desinteresada y moviéndose continuamente. Era difícil grabar, se alejaba de nosotros, se acercaba, a lo que se sumaba el ruido que produce el tránsito del mediodía en la esquina de Buenos Aires y 25 de Junio.

«Desde el año 50 estoy en esta esquina. Haciendo cruz con el quiosco había un banco; en paralelo sobre 25 de Junio había una despensa y enfrente, donde después estuvo Patria, la compañía de seguros, había un Sr. que se llamaba Trossero que era radiotécnico. Yo tuve el quiosco, en distintas épocas, en cada una de estas cuatro esquinas”.

“Por acá pasaba el tranvía, el que iba al Cementerio, el uno. Yo arranqué con las revista y diarios por supuesto: Crítica, La Razón, Nación, Prensa, El Diario y La Acción”.

“Los clientes eran gente del barrio y también otros que pasaban y había bastante competencia en el rubro. Los diarios se vendían más antes que ahora, la gente leía más también. El Diario era matutino y vespertino tenía El Litoral. Los clientes fijos pagaban por mes”.

“Uno no se da cuenta que todo va cambiando, las cosas son hoy diferentes”, dijo. Hizo un largo silencio y se quedó pensando mientras siguió armando grupos de revistas y las separas del escaparate.

«Antes trabajaba de mañana y de tarde. Venía a las 5 de la mañana para esperar el camión de reparto y estaba hasta la noche. Hoy estoy aquí a las siete y me voy como a las cuatro o las cinco”.

“Ya no me quedan mis clientes antiguos, Bonazzola, Comaleras…», citó, mientras nombraba a otros cada vez con voz más baja, recorriendo el entorno con la mirada, como buscando a alguien.

“Yo empecé a vender diarios a los 12 o 13 años, era canillita. Vendía alrededor de la plaza y en un día bueno vendía 15, 18 diarios. Después tuve mi propio kiosco. Tengo 81 y pienso seguir mientras pueda”.

Barretto se dio vuelta, reordenó revistas en el exhibidor y observó una pila de material recién llegado disponiéndose a clasificarlo. Es allí que entendemos que la entrevista ha terminado.

 

Puntos de encuentro

Mientras Maglio hace esa última aseveración, no puedo dejar de pensar que hace algo más de diez años comenzaron a aparecer en la red los quioscos de revistas digitales en varios países del mundo, sin perder de vista que éstos manejan el mismo modelo de comercialización que se utiliza en el mundo físico. Tienen indudables ventajas pero sin embargo, privan del placer visual del conjunto ofrecido, de las tapas coloridas todas juntas, ordenadas por temas, privan también de la existencia icónica referencial en el contexto de la ciudad, de la posibilidad de encontrarnos con el vecino y conversar sobre las noticias de tapa de los diarios y de que el quiosquero nos ilustre acerca de la oferta o de lo que puede observar de la dinámica del contexto.

“Todo va cambiando, las cosas son hoy diferentes”, dijo Magliio. Indudablemente así es. Sin embargo, hay cosas que están atadas a lo referencial. Para muchos aún, la esquina de 25 de Junio y Buenos Aires seguirá siendo en la memoria ciudadana, la esquina del quiosco de Barreto.

 

Canillita

Fue Florencio Sánchez, asombrado por este nuevo personaje que se incorporaba al quehacer ciudadano quien denomina «Canillita» a un personaje de su obra (1902), conmovido por uno de estos vendedores de diarios de Rosario, de piernas muy delgadas. La obra «Canilllita», de un solo acto, es presentada en Buenos Aires y el personaje principal, un niño, fue representado por la actriz Blanca Podestá. Los «diarieros» de entonces se identifican con el nombre de la obra y ser ofrece una función gratuita para ellos.

Florencio Sánchez falleció en 7 noviembre del 1910, en Milán y años más tarde, ese día en su homenaje, fue consagrado como «El Día del Canillita».

AL MARGEN

Siempre es oportuno reflexionar sobre la ciudad. El desafío en este caso ha sido enriquecer una acción conjunta llevada adelante entre EL DIARIO y la Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales de la Uader. De esta experiencia participan docentes, alumnos e invitados, con la idea de poner en valor los bienes comunes y también repasar los asuntos pendientes. Para comentarios y contribuciones, comunicarse a [email protected], [email protected] y/o [email protected]