Libro mutante captado en cámara 100% real

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COLABORACIÓN | Las Sofistas

Imanol Hammurabi Rodríguez Mac Lean (*)

 

La estructura narrativa de los cuentos clásicos que aprendimos en la escuela consta de tres partes: presentación, nudo y desenlace. Nos lo enseñaron: al comienzo se presentan los personajes y el escenario donde transcurrirá la historia, después hay un problema que se termina de resolver en el final. La frase de cierre suele tener que ver con comer perdices, aunque no sabemos si sancochadas, asadas o en alguna preparación característica de las zonas alpinas.

Lo que me llevó a recordar las estructuras de los cuentos fue “Llegar finalmente a casa” de Cecilia Moscovich (1978), publicado por Caleta Olivia en el otoño de este año, el otoño con la menor cantidad de hojas secas pisadas en la historia. Este rodeo por lo tradicional de las narraciones de antaño se produjo por lo que me esperaba de este libro: una linealidad prometida por su título (y por conocer la historia de Ceci) que al final nunca llegó.

En “Llegar…”  hay un reordenamiento de las partes anteriormente nombradas. El libro de entrada nos deja junto a una narradora que cuenta el martirio de vivir en la ciudad que se vuelve monoblock, con un perro y un corazón roto. Todas consecuencias de una causa que en el libro están perdidas. Hay una presentación que es eludida, para dejarnos de entrada ante un conflicto: el de la muchacha y su jaula de cemento.

Lo de finalmente… llega unas pocas hojas después. El conflicto se resuelve con la feliz llegada a casa. Una casa a las afueras de Santo Tomé, en las costas del río Coronda, en un idílico campo verde santafesino, con una flora y fauna que sorprende por su variedad. La muchacha rompió su jaula. Se liberó y vivió feliz para siempre corriendo por el prado acompañada de su perro, silbando mientras rondas de cuises, caballos y pitogüés bailaban a su alrededor. Jugó tanto que se durmió riendo bajo un ceibo que la refrescaba con sus lágrimas de alegría, arropada por un manto de damas de noche y flores de mburucuyá que se le iban enhebrando en el pelo. Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

“Y… ‘masomeno’” diría un cirujano junto a sus cotorras. Esto sería “Llegar finalmente a casa” si lo leyéramos hasta la página dieciocho, pero el libro consta de sesenta y nueve. ¿Qué pasa entonces cuando Caperucita regresa finalmente a su casa? ¿Y cómo es la vida del Osito Mandarina en su nuevo hogar? ¿Cómo continúan las historias después de los finales?

 

VIENE LA VIDA

“Busco una lengua con la que hablar de mi nueva vida. Quisiera pulirla como se pulen las piedras y la paciencia. No sé si es mejor decir mucho o poco. Quiero decir diferente”. Con esto, Ceci zanja la cuestión: después del final de los cuentos viene la vida. Por eso es que de un momento para el otro el libro se transforma en un diario. El diario de iniciación de una mujer ante una nueva vida en la naturaleza. Así es que, si volvemos hacia atrás, el epígrafe de Thoreau, que habla de que nadie en la natura puede tener una melancolía negra, se carga con todo su sentido.

Tras esta mutación, el libro que tenemos entre nuestras manos pasa a contar las peripecias de cómo es habitar un hogar junto al río, las islas y sus habitantes. Ceci narra los cambios en los recorridos para ir al trabajo, en su cuerpo, en sus percepciones a medida que se va familiarizando con su nuevo lugar. Empiezan a aparecer también nuevos personajes perrunos que compartirán la cotidianeidad del relato: Lara y la tercera, esta última con una clara influencia tabordiana.

Por momentos esa vida parece darse sin mayores sobresaltos, pero los conflictos no se hacen esperar, devolviéndonos una verdad: todo aprendizaje es una batalla. Una escena para resaltar es aquella en la que la protagonista pide ayuda a un amigo para ahuyentar con un lanzallamas improvisado, una bola gigante de arañas que amenazaban con tomar su casa. Ante este simple acto de supervivencia hay un plus: Ceci remata la anécdota con un “No me gustó”.

Es que el libro no se detiene y vuelve a transformarse sobre la marcha: por la mitad hay un fragmento habla de Dian Fossey, la famosa zoóloga estadounidense que dedicó su vida a estudiar a los gorilas en Ruanda. Era temeraria y apasionada, sostiene la autora, pero un bodrio como narradora. Es así que el libro abre la puerta a comprender que, en realidad, lo que se empieza a producir en la narración es la transformación del diario de iniciación en un diario de exploración digno de aquellos que escribió Darwin o Félix de Azara, pero con una gran preocupación por la calidad literaria. Así se empieza a encontrar un lenguaje más preciso donde las aves, los animales, los insectos, las plantas, los árboles, empiezan a ser nombrados cada uno con su nombre correspondiente e ilustrados por Eleonora Fluxá, quien también dibujó el limonero de la tapa.

“Siempre sentí que nombrar/me ponía a salvo.” dicen unos versos de la autora, en un poema publicados en Revista Charco dos meses después de la publicación de Llegar… Es así que me encontré con la última metamorfosis: no por un rodeo por fuera de la obra, sino desde su interior. ¡Todo este tiempo estuve leyendo un libro de poesía!

¿Cómo sostener esta última mutación? No se produce solamente por las imágenes poéticas que Ceci produce a lo largo del libro. Hay algo más allá de la musicalidad de ciertos fragmentos, de lo bien armados que están, hasta de aquellos que contienen transcripciones de otros poemas y versos. No. Lo que nos hace saber que estamos de lleno dentro de un gran poema, es su coincidencia con aquello que Henri Meschonic sostiene: un verdadero poema es una forma de vida que transforma un lenguaje y viceversa. “Llegar finalmente a casa” es un gran pedazo de materia orgánica que va metamorfoseándose rápidamente mientras se sacude como un pez al que atrapamos en el agua y que nos hace sentir, en las manos, el temblor de la belleza.

 

(*): Psicólogo, crítico literario.