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lunes, noviembre 30, 2020
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    El odio en la Laguna Escondida

    –Comisaría Novena.

    –Hay un muerto en los bañados de la laguna, por calle Zárate al final.

    Un pescador llamó a las 14.55 del 14 de junio de 2003. Un policía caminó por el pastizal y encontró un cuerpo desnudo con medias blancas y un gesto final de horror en los ojos abiertos. Alrededor había una mochila, un buzo, una campera, unas zapatillas, una remera, una trenza de cintas de blanco, verde y rojo, una estampita de San Jorge y tres cuchillos. El DNI a un costado confirmaba que la víctima era Oscar Alejandro Comas. Tenía 27 años y, para sus amigas, pero sobre todo para ella, era la Ale.

    La novedad llegó a cada vecino de la zona del barrio Paraná XVI con la velocidad del comentario en la era pre celular. Muchos se acercaron a observar lo que pasaba en ese lugar donde la Laguna Escondida y el río le marcan el límite oeste a la ciudad. Una mujer, familiar de los Comas, no quería creer lo que todos decían en la escena del crimen. Corrió 10 cuadras hasta la casa de Ramona y Mario Comas, en calle 1168, cuando todavía no habían llegado ni el asfalto ni los nombres a la descripción catastral del barrio Anacleto Medina Sur.

    Esa mañana, Ramona se había levantado temprano y fue a trabajar en la limpieza de una casa. Volvió al mediodía y se sentaron con su marido y dos hijos a comer empanadas.

    –Guardale algunas a Alejandro porque no ha vuelto–, le dijo Mario.

    –¿Cómo que no volvió? ¿A dónde se fue?–, preguntó Ramona.

    –No, no volvió desde ayer.

    Ya habían terminado de almorzar cuando la mujer llamó a la puerta. Salió a atender María Eugenia. Menos de un minuto después, la chica entró corriendo a la casa:

    –Mami, a Alejandro lo encontraron tirado en el bañado.

    Ramona salió primera hacia la calle, pero Mario la frenó:

    –Pará, quedate acá, yo voy a ver–, le dijo.

    Los policías dejaron ingresar a la zona donde estaba el cuerpo al padre junto a su hijo mayor. Cuando salieron, a Mario se le aflojaron las piernas y gritaba que ese no era su hijo. Ahí estaba también el médico forense Luis Moyano, quien observó un cuerpo exangüe con incontables puñaladas (luego en su informe detallaría 52).

    La investigación del juez Jorge Barbagelata era puro desconcierto. Unos días después familiares y vecinos marcharon bajo la lluvia desde Anacleto Medina hasta el centro. Los carteles con una cara sonriente y letras blancas sobre fondo negro pedían “Justicia por Alejandro Comas”. Los mismos que iban a ser levantados durante más de una década frente a los Tribunales de Paraná.

    Los investigadores intentaron reconstruir los pasos de la víctima en las horas previas a su muerte. El viernes 13 de junio Ale exhibía orgulloso el certificado de Inglés que le dieron ese día en la Universidad Popular Elio Leyes, de calle Corrientes. A las cuatro de la tarde salió de su casa y caminó unas 15 cuadras hasta lo de Rosana, en barrio San Agustín. Tomaron unos mates y le dijo a su amiga que se iba al ciber, uno de esos lugares donde se pagaba un peso la hora para usar una computadora con internet. Fue a Globalnet, en calle Santa Fe y 25 de Junio. Descargó música a un CD y bajó de regreso al oeste de la ciudad. En Paraná la topografía cambia las palabras ir, venir, seguir, por subir y bajar. En general lo alto y lo bajo se corresponden en forma escalonada a las marcadas diferencias sociales.

    Caminó por calle Selva de Montiel, entre paredes pintadas y empapeladas por las recientes elecciones que llevaron a Néstor Kirchner a la presidencia, y las próximas provinciales que iban a determinar el regreso de Jorge Busti a la gobernación de Entre Ríos. Las caras y consignas intentaban revertir el descontento social tras la crisis de 2001. Una pueblada nacional había echado a un presidente y, en Paraná, fue reprimida por la policía con el saldo de tres asesinatos.

    Dobló desde Montiel hacia Luis Palma: allí la pendiente es abrupta y desde esa esquina Ale pudo ver detrás de los techos de zinc y los tanques de agua, del juncal de los bañados, de la laguna y del río, la vista más linda de toda la ciudad y el último atardecer de su vida.

    Pasó por lo de Norma, en el barrio Santa Rita, a saludarla por su cumpleaños. “Voy a casa, me baño y vuelvo”, le dijo. Ale caminó las cinco o seis cuadras que lo separaban de su hogar. La noche húmeda de esa última semana de otoño le iba ganando a las pocas farolas amarillas. Se duchó, se cambió y saludó a su padre: “Me voy a la casa de Lupe a comer unas pizas. Decile a Mami que vuelvo antes de que se vaya a trabajar”. Mario fue el último de la familia que lo vio, poco antes de las ocho de la noche.

    Estuvo en el cumpleaños de Norma hasta las dos, cuando la piza era un recuerdo y el mate se lavó varias veces. Pasó por la casa de Lupe, pero no estaba. Siguió hasta lo de Sandra, entró a hacer pis, charlaron quince minutos y se fue a lo de Rosana. Otro rato de charla hasta que decidió volver a su casa. En el camino se encontró con José Luis, que se iba a amasar el pan del sábado.

    –¡Hola, Negro, mi amor!

    –Hola Ale ¿qué andás haciendo?

    –Acá ando de loca ¿y vos?

    –Me voy a laburar a la panadería. ¿Vas a tu casa?

    –Sí.

    –Tené cuidado en la esquina de los galpones, que hay unos vagos tomando.

    José Luis fue el último de los amigos que vio a Ale con vida.

    En un sector de Paraná, cientos de familias viven de la recolección de residuos, sin oportunidades de una actividad formal, perpetuadas en un paisaje de humo y chicos buscando tesoros en los deshechos de la ciudad. El mercado de la basura tiende a concentrarse en grupos familiares con suficientes carros y caballos para cubrir el recorrido por varios barrios y el centro. Entre fines de los 90 e inicios de este siglo uno de los clanes más fuertes era “los Chanos”, liderado por Oscar Santiago Giménez. Vivían en calle Segundo Sombra al final, a unas diez cuadras de donde asesinaron a Alejandro.

    En 2003 Giménez tenía a dos personas trabajando para él: Héctor Albornoz, alias Tati, de 36 años, que vivía en un rancho dentro de su predio, y un chico de 17, Lucas Núñez. En la madrugada del 14 de junio los dos llegaron exaltados. Albornoz despertó a los Chanos a los gritos y se metió en un rancho a pedir cigarrillos. Entre carcajadas, dijo algo que los testigos no olvidarán:

    –Matamos a un puto.

    Cuatro días después del crimen de Comas, Núñez se sentía corroído por la culpa y se presentó en la comisaría primera. Dijo que tenía cosas para contar sobre el muchacho que habían encontrado muerto en los bañados. Lo llevaron al despacho de la fiscal Lydia Taleb y un secretario comenzó a teclear la declaración del adolescente.

    –El Tati Albornoz estaba en la vereda de Galán con una cuchilla. Comas pensó que le iba a robar los espores y salió corriendo. Lo siguió como una cuadra, lo agarró de colita del pelo, en Los Ceibos y Galán. Nos llevó derecho y nos decía que no disparáramos porque se iba a pasar con la cuchilla. Bajamos por el descampado hasta salir a calle Zárate al final. Nos metimos en los pastizales y ahí el Tati me dijo: “Vení para acá, mirá, hacete hombre”. Lo agarró del cogote a Comas y de callado le clavó una puñalada en la panza. Yo salí corriendo para arriba y llegué a mi casa.

    El testimonio llegó en seguida al despacho del juez, quien hasta entonces no tenía ni una pista. Al día siguiente, la Policía entró al predio de los Chanos y arrestaron a Albornoz. Lo procesaron por homicidio y quedó libre un par de meses después. Dejó de trabajar para Giménez y a Núñez nunca más lo vieron por la zona.

    El silencio y el olvido institucional fue la violencia posterior a las puñaladas. Los bordes del expediente se fueron poniendo ocres y la causa se cajoneó por largos años. En el medio, una versión iba a desviar las sospechas: el cuerpo limpio en los pastizales y los símbolos religiosos a su alrededor hicieron pensar que se trató de un crimen en un ritual umbanda. Ale había ido a un par de reuniones encabezadas por un pai del barrio Mosconi. Varios testimonios permitieron tejer una hipótesis alrededor de una historia que, al final, no tenía pies ni cabeza. La religión pagana siguió creciendo en Paraná, pero no sacrifican más que algunas gallinas.

    Saña, alevosía, ritual sangriento, psicópata asesino suelto. Se decía de todo, menos crimen de odio. Mucho menos, transfemicidio.

    En la familia Comas hubo nuevos trabajos, jubilaciones y varios nietos hasta el día del juicio contra Albornoz, el viernes 28 de octubre de 2016. El primer testigo que debía declarar era Mario Comas. Antes de entrar a la sala, el padre de Alejandro sentía que el pecho le iba a explotar. Lo llevaron a la sala de los forenses. Ahí se reencontró con Luis Moyano, trece años después de aquella vez en los bañados. Sufrió un ACV, estuvo en reposo varios días y no volvió más a Tribunales.

    En el juicio declararon las amigas de Ale, el panadero, Los Chanos y hasta el pai umbanda. Núñez había muerto unos años antes en Santa Fe. El 7 de noviembre de 2016 el presidente del Tribunal José María Chemez adelantó el veredicto: “Le dieron muerte con un repudiable sentimiento de homofobia, desprecio y discriminación hacia su homosexualidad”, sentenció. Albornoz fue condenado a prisión perpetua.

    Habían pasado 4.895 días del peor día en la vida de la familia Comas. “Por fin se hizo justicia por la muerte de mi hijo, estuvimos peleando durante trece años”, dijo Ramona ante los micrófonos que la rodearon al salir del salón. “Lo que le hicieron no tiene palabras, pero ahora podrá descansar en paz”, fueron sus últimas palabras antes de regresar con su familia a su casa del barrio Anacleto Medina.

     

    //RECUADRO AL INICIO

     

    Publicación

     

    Siete fueron las propuestas seleccionadas por el jurado de la convocatoria organizada por la Editorial Municipal de Paraná, la Facultad de Ciencias de la Educación de la UNER, el Sindicato Entrerriano de Trabajadores de Prensa y Comunicación y EL DIARIO. Esta es la segunda de las publicaciones, que continuarán los próximos domingos.

     

    ///RECUADRO AL FINAL

     

    Datos

     

    La crónica fue escrita por José Manuel Amado.

    Breve reseña biográfica: Nací en la ciudad de Santa Fe, donde desde 1999 transité por algunas radios; en 2002 comencé a cursar Comunicación Social en la UNER y desde el año siguiente me radiqué en Paraná hasta la actualidad. En diciembre de 2019 finalicé la Licenciatura con una tesis de producción de crónicas policiales. Desde junio de 2010 soy redactor en la sección Policiales del Diario Uno de Entre Ríos, y desde 2011 columnista en radio La Red Paraná. También trabajé en radio De La Plaza y colaboré con informes para la Revista Análisis.

     

     

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