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lunes, noviembre 30, 2020
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    Roque Sáenz Peña cuenta su propia versión de la historia

    Pese a su aparente modestia, la calle Roque Sáenz Peña cuenta la historia social y económica de los últimos 30 o 40 años de Paraná. Es breve, barrial, inmersa en un torbellino oriental de urbanización que, al modificarle el entorno, la transforma lentamente.

     

     

    Víctor Fleitas / [email protected]

     

     

    Paralela a Blas Parera hacia el este, Roque Sáenz Peña es una arteria encapsulada por las avenidas Don Bosco y Almirante Brown, aunque hacia el sur se agrega una más para completar la media docena de cuadras que la circunscriben, hasta toparse con un CIC repleto de actividades a toda hora.

    Entre Brown y Don Bosco, Roque Sáenz Peña se parte literalmente por un surco que se llama Juan Díaz de Solís y que silba bajito noticias de avenida. Si se aprovecha la profundidad del silencio que genera un tránsito vehicular espaciado, entre el cuchicheo de las ramas de los árboles se filtra la resonancia recóndita de aguas sucias que en esa esquina reciben por diferencia de cota los torrentes pluviales que llegan desde Blas Parera, desde Don Bosco y desde Brown y forman en la esquina una turbulencia espectral que espanta a las madres, tías y abuelas y atrae a los purretes, que se atreven a atravesarla en bicicleta o siguen desde el cordón una carrera de barcos hechos con tronquitos o pedacitos de madera.

    Esos declives, desde Brown y Don Bosco, van dejando marcas en los detalles constructivos, en los modos en que sus residentes se movilizan y, probablemente, en los niveles de ingreso.

     

    Una calle tranquila es Roque Sáenz Peña, maltratada por vehículos pesados, pese a las expresas prohibiciones. Foto: Marcelo Miño

     

    Oleadas epocales

    Si se deja de lado la agitación respiratoria que producen estos accidentes topográficos y se fija la atención en los grupos de casas, se advertirán racimos que se han ido consolidando en épocas algo lejanas en que el medio aguinaldo de los trabajadores se traducía en un adelanto constructivo o en una mejora en la comodidad de los ambientes, no como ahora que se destinan a pagar deudas de medio año.

    Este valor desigual de un mismo concepto se manifiesta en una diferencia fundamental. Las personas con mayor experiencia vital moran en residencias unifamiliares de ladrillo convencional; y, aún a riesgo de haberse equivocado, han tomado decisiones sobre el espacio en aras de un objetivo panorámico. Además, se advierte cierto esmero en la compra de las aberturas y de las rejas, en la elección de la pintura o la techumbre, como si esas adquisiciones se hubieran podido planificar en caminatas conversadas desde y hacia distintos comercios del ramo. Antes de ser materializada, la casa estuvo hecha de palabras: fue soñada, imaginada, mucho antes de que se convocara al personal especializado y se lo contratara.

    Mientras, las parejas más jóvenes de residentes se ven obligadas a echar mano al ladrillo hueco y a las chapas de zinc, que adquieren de a puchos, relegando gustos, redefiniendo prioridades. Es cierto, levantan paredes un paso más lento que el estirón de los hijos y, aunque evidentemente van detrás de los acontecimientos, la circunstancia permite que los gurises en edad escolar disfruten en la vereda de un metro cúbico de Zahara en cuyas laderas dibujan escenografías fantásticas al integrar convexidades y concavidades de manera caprichosa, ayudados por tablitas encontradas al azar.

    A la mañana Roque Sáenz Peña es una bucólica postal de calle sin gente que algunos camiones rompen con precisión artesanal y persistencia emprendedora, pese a los carteles existentes. A la siesta, la arboleda despareja peina y despeina un enredo de fresnos. Desde una amplia paleta de verdes, los pájaros afinan un canturreo impar y no se detendrán ni siquiera para ver pasar a la mujer que regresa a su hogar con la jornada laboral colgándole de los hombros.

    A la tardecita, el vecindario puertea bajo alguna valorada sombra. Ubican sus sillones en dirección a la calle, para que no los agarre desprevenido un saludo transeúnte ni se pierdan una conversación casual. Es el momento de los repasadores sobre la mesita, de la comunicación de novedades laborales, del yerbero en el suelo, del repaso por lo que se hubiera roto o descompuesto durante el día, del mate empezado sin apuros, de los preparativos para la cena mientras deslumbra el fondo del plato hondo que llegó cargado de delicias enharinadas.

     

    Disloque

    De Brown al sur, Roque Sáenz Peña sigue, pero ya es otra calle: el fondo del supermercado, privado de ornamentos, prolijamente distante, ha contagiado el perfil constructivo de los edificios en distinto nivel de ejecución que se fueron instalando en la vereda este. Son emprendimientos inmobiliarios de alguna pretensión, más allá de que en algún caso sólo se llegó a plantar un techado cascarón de paredes.

    Al final de Roque Sáenz Peña hay una resurrección vecinal en torno a un CIC que no duerme: en esa galaxia singular, aprendices de carpinteros convierten desusados pallets en mesas, bancos y pinitos de adorno, de un metro de altura; sobre un generoso espacio verde personas de distinta edad bailan ritmos folklóricos, encaran rutinas aeróbicas o entrenan en un despliegue multicolor de conos tortuga y de escaleras y hexágonos de coordinación; más allá, un grupo de muralistas llena de colores y formas el largo y el alto de un tapial sombrío; y de este otro lado, una fila de personas con sus mascotas a cuestas esperan el turno para la castración.

    Las mascotas, uno de los tantos motivos por los que los vecinos concurren al CIC de Roque Sáenz Peña y Vicegobernador Luis Chaile. Foto: Marcelo Miño

     

    Ya nadie aparece con la noticia de que están armando la carpa del circo en Blas Parera y Brown o los juegos mecánicos en el parque de diversiones que está por abrir. Es cierto, Roque Sáenz Peña hace años que maquilló con asfalto sus orígenes de suelo natural y brosa; ya no quedan lotes baldíos ni los propietarios encuentran caballos pastando en la vereda como si nada, a cualquier hora del día, envueltos en el dilema animal de si ya podían ser considerados citadinos o seguían siendo rurales, trasplantados.

    En una esquina, un vecino enciende la mecha de la amable polémica. “No siempre el pasado fue mejor; a veces fue mucho mejor”, postula. Y sus interlocutores se desgranan en gestos faciales y corporales de los más variados, como si estuvieran buscando en la profundidad de sus muelles interiores el anzuelo adecuado para ir en busca de semejante ejemplar de río. Acaba de iniciarse el fuego de la conversación que, si sabe rico, calentará el fin de semana una parrilla desde abajo y probablemente fructifique en brindis redentores.

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