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jueves, diciembre 3, 2020
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    Divorcios: conflictos o arreglos

    ¿En qué se gasta el dinero?

     

    Por Francisco Rodríguez (Psicólogo. Mat.78)

     

    Generalmente cuando existe un aportante externo que abona la  cuota alimentaria, es notable descubrir el  intento de ejercer control y  poder.

    Conductas  expresadas a través de pedir  constantes  aclaraciones acerca  del dinero: “En qué se gasta, cómo se lo utiliza,  porqué se  abona  tal  cuenta y no otra; exigiendo que se les compre  tal ropa; que hay egresos altos en usos de servicios; que se despilfarra su plata en cosas no necesarias”, etc.

    Muestra  desconfianza en la utilización del dinero (que vive aún, como «su dinero»), pues parecería que al no estar  en la casa, no se atenderán las cosas imprescindibles. Es  factible también que el encontrarse con los hijos les exija una rendición  de  cuentas: dónde estuvieron,  qué  hicieron,  gastaron, fueron,  donde  compraron, si fue con tarjeta o  al  contado,  adónde sale el ex, a dónde van de vacaciones, es decir que trata permanentemente  descubrir  alguna falla o error  del  otro.

    Se coloca  a los niños o jóvenes en un estado de confusión,  en  una lucha de lealtades que pueden finalmente conducir al rechazo  de ese  progenitor  perseguidor, controlador y  vigilante.

    Fuera  del  hogar se intenta aún  manipular  la  vida familiar,   es como estar dentro de las decisiones, ya  no  vive pero se inmiscuye en todas las elecciones, opciones y  necesidades  propias de la casa. Le es imposible aceptar que se  fue,  que su  rol ha cambiado y  comprender que allí  todo se va a manejar de una manera muy  diferente a la que fue  habitual.

    En el imaginario social se suele  considerar que  el que  tiene el dinero y aporta,  tiene el  poder y el  supuesto derecho  de  resolver  sobre los otros. Rol  adjudicado históricamente al varón que  por ende,  amparándose  consciente o  inconscientemente en dicha historia,  repite las fórmulas machistas, “si yo pago, yo  mando”.

    Menos  común es que el aporte provenga de la mujer, pero no invalida que ésta realice conductas muy  semejantes a las del varón.

     

    A modo de sugerencias

     

    La guarda  y/o tenencia es una  responsabilidad, no  una aptitud especial de salud mental; se debe comprender  que la misma suele ser circunstancial y a veces estar  con los hijos genera exactamente todo lo contrario a lo imaginado.

    Por ejemplo, al  compartirse más tiempo cotidiano, se transforma sin desearlo en  aquel  progenitor  que vive  poniendo  límites,  reprimiendo conductas,  supervisando el  desarrollo. Posiblemente así llegue a generar en el ex–cónyuge una actitud desligada e irresponsable.

    Muchísimas veces, aquel a cargo de la crianza, deja de salir con los  hijos, disfrutarlos en tiempos de ocio, pues eso lo harán con el otro el fin de semana.

    Madres y/o padres, que se hacen responsables en forma casi absoluta de la guarda, parecen agotarse luego de transcurridos unos años; quizás sintiendo que la carga ha sido demasiado  grande,  que semejante esfuerzo de ser y estar cien por cien, no sirvió a sus propósitos.

    Si hasta entonces no habían trabajado, salen a hacerlo  dejando la crianza en otras manos, descubriendo así la  necesidad  de tener espacios personales y mejor  discriminación respecto de los hijos.

    Esta fantasía de poder que se suele generar cuando  se queda un cónyuge con los niños, hace olvidar que cuando se comienza una guerra va a haber caídos de ambos lados y fundamentalmente los muertos son los que quedan en el medio (los descendientes).

    Con relación al dinero, entender que no se está  pagando un  tributo, sino manteniendo a los hijos. La existencia de la separación es efecto de las diferencias y entre ellas, pudo estar la parte económica, incluyendo desde la forma de aportar al hogar, su administración, como la manera de gastarlo.

    Es  difícil y muy  duro  entenderlo  desde lo  afectivo,  pero  lo comprensible  y  real  es que no es nuestra  casa,  sino  la  de él/ella,  siendo  el contenido y la forma en que se gasta  o  se dispone  el dinero, una modalidad en la que no debemos  influir. Aceptar ese no lugar.

    Suele aparecer la afectividad, confundida con la compra de objetos materiales, generalmente en el que está afuera. Al estar menos tiempo, es como que intenta compensar su ausencia afectiva con otros sustitutos, lo/s  lleva a pasear, al cine, a cenar, a dar una vuelta, al  parque y entonces el encuentro se vuelve un momento de fiesta y placer. Esto genera dificultades en el que se hace cargo de la vida cotidiana, inhibiéndose taxativamente los roles, entre uno  que castiga y exige, reprime, pone límites y otro, que festeja,  libera, regala y comparte todos los momentos de  alegría con sus hijos.

    Se  ha  intentado remarcar que un facilitador  para  la guarda de los niños tiene que ver el dinero o las  posibilidades económicas  que cuenta uno de los padres para sostenerlos,  pensando que dándoles una educación más cara, un acceso a  determinados  grupos  o  ambientes sociales, se  favorecería  un  mejor desarrollo.  Podemos afirmar que «tener no es siempre poder».

    Importante es reconocer que un padre y/o madre inteligente, no están  constantemente comprando y regalando, que las atenciones, objetos y la fiesta no  son imprescindibles  para cada encuentro. Será recordado más cuando logre implicarse en la enseñanza de las obligaciones, límites,  afectividad, conductas acordes a su edad,  modelos  de relaciones, apoyo escolar,  etc.,  como también jugar,  compartir y  disfrutar.

    Si es capaz de dialogar constantemente sobre el  desarrollo  de los hijos, es posible que las  heridas  y los daños producidos sean menores y pasajeros para  todos aquellos que tienen una vida bajo nuestra responsabilidad.

    Aunque sea  redundante: los adultos son los que se separan y no los hijos.

     

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