Y un día, por decreto, fueron prohibidos los carnavales

213
Carnaval en calle Colón, actual Sarmiento Victoria frente a Plaza San Martín, año aprox. 1905 (Gentileza: Old Victoria)

Producto de la convivencia no siempre armónica entre la cultura popular y la cultura oficial, hace 172 años un decreto provincial abolía “para siempre” la celebración del carnaval. No hace falta a esta altura develar quién terminó ganando aquella pulseada.

 

Rubén I. Bourlot | [email protected]

 

Con fecha 21 de octubre de 1848 el gobernador Justo José de Urquiza dictó un decreto que dejaba “abolido para siempre (…) el Carnaval de los tres días antes del Miércoles de Cenizas”. También prohibía los festejos celebratorios de la “la gloriosa convención del país celebrada entre la Confederación Argentina y la Francia” (Arana – Makau de 1840). En substitución de este último carnaval se dispuso ayudar anualmente a los deudos necesitados de las personas que hubieran perecido en el sostén de la Santa Federación. Los infractores a lo ordenado serían castigados con la pena “arbitraria, según la gravedad de la falta”.

En los considerandos del decreto se invocan los graves inconvenientes que originaba “la inmemorial y bárbara costumbre del juego de Carnaval que no menos perjudica a la salud de los que imprudentemente se entregan a sus excesos, que a la moral y a la cultura que tan imperiosamente demanda la Religión del Estado y el actual siglo de luces”.

Este incidente es un capítulo más en la larga historia, tensionada por cierto, entre la propuesta carnavalesca de vivir aunque sea unos días sin ninguna regla y la cosmovisión que ve en ello la semilla del caos.

En efecto, el juego del carnaval hunde sus raíces en el fondo de la historia. La celebración es importada de Europa y sus orígenes son difusos. La etimología nos dice que carnaval deriva de “carnem levare”, lo que significa “quitar la carne”, nombrado así en épocas medievales cuando el cristianismo cooptó la fiesta pagana y la ubicó en los últimos días antes de la Cuaresma cuando para los cristianos comienza el período de ayuno y abstinencia. Para otros el nombre deriva de “carrus navalis” (carros navales) por los barcos de madera decorados que se utilizaban en las fiestas en honor a la diosa Isis (de origen egipcio) entre los romanos.

 

Candombes y carnavalitos

Al arribo de la colonización española, y custodiado por cruces y espadas, llega el carnaval con todo su esplendor, se mimetiza y se transforma en una de las fiestas más populares de América donde “el prohombre y el gusano / bailan y se dan la mano / sin importarles la facha. / juntos los encuentra el sol / a la sombra de un farol / empapados en alcohol”, como canta Joan Manuel Serrat.

El carnaval se mimetiza en el noroeste argentino con las tradiciones incaicas, y en todos los rumbos americanos se amestiza con las culturas africanas. Surgen las murgas, los candombes y los carnavalitos. Y en nuestras tierras prende en todas las ciudades y pueblos.

Los memoriosos recuerdan los corsos pueblerinos con desfiles de comparsas y mascaritas, los sulkis y carros decorados que desfilaban en la calle principal mientras el público arrojaba serpentinas, papel picado y agua perfumada. Luego vinieron los tiempos de gobiernos temerosos, como el de Urquiza, de que la expansión popular derivara en una “bárbara costumbre” y, entonces, exigieron a quienes quisieran asistir disfrazados que se arrimen a la comisaría para gestionar el permiso. Por ejemplo, en 1866 la Jefatura Política de Gualeguay disponía que “todas las personas que deseen vestir trajes de disfraz o llevar careta únicamente tendrán que sacar un permiso de la Policía.”

 

Cosa de negros

Ángel Harman en su libro “Los rostros invisibles de nuestra historia” nombra a las comparsas de negros en Concepción del Uruguay décadas atrás, una de ellas denominada “La Africana”. Llegaba acompañada de buena música, ejecutaba números de baile y cantos típicos. Felipe Oroño, un criado del coronel Pedro Melitón González, la presidía.

Otra de las comparsas que en forma regular se presentaba en los corsos uruguayenses era “Los Changadores”, vestidos sus integrantes con trajes de color blanco y celeste y portando un hermoso estandarte en el que se exhibían las numerosas medallas obtenidas como premio.

“Además de una buena orquesta – escribe Harman-, contaba con el mejor escobero, el negro Antúnez, hábil en bailes y candombes. Su agilidad de gato montés, que le permitía hacer toda clase de contorsiones.

“Otro descendiente de africanos que se destacaba como escobero en las comparsas, era el negro Cirilo (…)”, apunta Harman.

 

Victoria del carnaval

En la segunda mitad del siglo XIX poco a poco se va restituyendo la fiesta del carnaval y cae en el olvido el decreto proscriptivo. Una crónica de Ezequiel Rubattino Faccendini en su página digital “Old Victoria” informa que, por influencia de la inmigración europea llegada a Victoria, principalmente italianos, “se comienzan a formar comparsas y se incorporan instrumentos como mandolinas, flautas, guitarras, violines, clarinetes, acordeones y bandoneones; las fiestas toman un tinte familiar y se incorporan las temáticas de índole gauchesca en la celebración.

“En la ciudad de Victoria el primer registro documentado de la celebración del carnaval es un reglamento del club de Artes y Oficios; que data del año 1868, donde se promueve la creación del conjunto de una asociación musical ‘Los Pobres Iniciadores’ con el fin de la diversión carnavalesca y su propaganda, además de la Filantropía y la Unión (…)”.

“Esta asociación fue durante 18 años (hasta 1886), la principal expresión en el festejo de los carnavales (…)”.

“En 1875 Feliciano Aguirre, español y poeta radicado en Victoria, escribió la letra y el coro de la música para la sociedad de los Pobres Iniciadores: Salid hermosas /flores lozanas / y a las ventanas / presto acudid / veréis ‘Los Pobres Iniciadores’ / cantando amores; / salid, salid.”

 

Fuentes y bibliografía

Archivo General de Entre Ríos, Fondo Gobierno.

Rubattino Faccendini, Ezequiel, en https://www.facebook.com/Old-Victoria

Harman, Ángel J., (2010), Los rostros invisibles de nuestra historia, C. del Uruguay.

Más temas sobre nuestra región en la revista digital Ramos Generales disponible en http://lasolapaentrerriana.blogspot.com/