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miércoles, noviembre 25, 2020
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    Ser padres: El jugo de la vida

    HUMOR | Por Juanchi Ottado

     

    La profesión de ser padre es hermosa. Los que tenemos hijos no imaginaríamos la vida sin ellos. Son los que cumplen nuestros sueños, los que siempre van a estar ahí y son, en resumen, lo mejor que hacemos en esta vida. En todo sentido.

    Yo tengo tres hijos, la primera, Guillermina es hija de mi primera gestión, o sea de la primera presidencia. Y de la segunda gestión, o segundo mandato, tengo a Olivia y a Dante.

    A los tres los tuve ya pasados los 30 y pico, y al último lo tuve pasando los 50 y pico. Y ahí descubrí por qué la naturaleza nos dice que pasada cierta edad no es bueno tener hijos.

    Creerán que soy un desalmado, o que hablo pavadas, pero después de los 50 las cosas cambian, las percepciones cambian, y el físico cambia. Los brazos no son los mismos, las rodillas no son las mismas, y lo más importante, la paciencia no es la misma. Ni por asomo.

    Cuando tenés tu primer hijo, no querés que nada le pase. Que no lo piquen los mosquitos, que nadie hable fuerte si duerme, que no tome frio, que no lo tengan mucho a upa, y la lista continúa.

    Es como que lo pusieras en una burbuja. Ya con el segundo es diferente, ya tenés la experiencia del primero, sabes cómo manejarte, y lo sacás de esa burbuja.

    Con el tercero y más de 50 años, sin paciencia y sin físico que acompañe, ya querés, no solo sacarlo de la burbuja, sino de tu casa también.

    Los niños saben cómo manejar nuestras mentes. Si ellos conocieran el mundo a su corta edad, podrían dominarlo. Sin dudas.

    Mi hija Guille ya tiene los planteos y problemas de adolescente, por lo que los padres jamás vamos a ser lo suficientemente buenos para ellos o para poder conversar, o sea, somos un estorbo en su carrera de la vida. Al menos por el momento.

    Mi hija Olivia tiene la capacidad de despertarse hablando. Y es capaz de caminar conmigo una hora contándome cosas, que desde mi altura, apenas escucho, aunque a veces le contesto un “ajá”, o un “mirá vos”.

    Y también tiene una frase con la que todo cambia. “Papá, quiero jugo”. A cualquier hora, en cualquier lugar, ella quiere jugo. De lo que sea. De naranja, de manzana o  de guiso de lentejas.

    Pero lo mejor de todo es que tiene la capacidad actoral de una Meryl Streep, o de una Norma Aleandro para pedírmelo. Y para hacerlo más melodramático, lo pide en diminutivo… “Papito, me darías un poco de juguito por favor?”, con voz de niña abandonada en un callejón.

    Y después se da vuelta, revolea su pelo y mira a otro lado. Ella sabe que ganó. Que logró lo que quería solo con dos movimientos de ajedrez. Jaque mate a papá.

    En cambio, el más pequeño, como todo varón, va directo al choque. Estás mirando una peli, esa que esperaste que estrenaran, y cuando el tipo levanta el arma, la pantalla se pone en negro total.

    O aparecen Marley y su hijo Mirko en Malasia. O el sorteo del gordo de Navidad. Y te desorienta. Te deja en el aire sin saber qué pasa.

    Hasta que miro al costado, y mi hermoso niño está apretando todos los botones del control remoto. Obvio no sabe usarlo, pero él sabe que si aprieta los botoncitos, algo pasa. Sobre todo con mi paciencia.

    Y sabiendo que la mejor defensa es un buen ataque, estira su bracito, me devuelve el control y me hace una sonrisa de siete dientes con la boca toda manchada de chocolatada, caída de ojos, y pum! Otra vez perdió papá!

    Y le estiro mis brazos y lo alzo, mientras sé que en su pequeña mente, el sabe que ha ganado otra vez. Por eso, una vez que termine la pandemia, y salgan de nuevo, y vayan por la calle y vean a un gordo tatuado, con una niña y un pequeño, y escuchan que ella pide jugo,  vengan y dénme un abrazo contenedor.

    Y no presten atención a la niña, porque seguro van a terminar buscando un kiosco.

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