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viernes, octubre 30, 2020
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    Pringles, la del otro lado de la avenida Ramírez

    La calle Pringles une la Avenida Ramírez con el barrio 1 de Julio, los costados de la Escuela Hogar y los fondos del Club Don Bosco. Ha quedado entabicada y, en ese encierro, se deshilacha la suerte de familias que suben como pueden la cuesta empinada de la existencia.

     

    Víctor Fleitas / [email protected]

     

    En medio de un sector donde casi nadie recuerda cómo era cruzar la calle cuando no había asfalto ni tráfico intenso, la modesta Pringles, emparchada, impertérrita, se propone menos como un atajo hacia el este medio de la ciudad que como entrada a una barriada de casitas bajas y sueños semifrustrados.

    Nace en la confluencia de dos ríos bravos de llanura, como Ramírez -formidable avenida-bisagra- y Colón, que bocea noticias del centro cívico, con su ancho imponente y una correntada de vehículos que le es fiel pese a la galería de obstáculos que propone la irregularidad de pavimento.

    Luego de vender diarios en ese cruce semaforizado, Pringles cuenta los billetes de baja denominación que recaudó y se interna en ese desvío de la historia donde siguen esperando los que tienen la changa, el rebusque y eventualmente el trabajo asalariado como único documento de identidad.

    No la carcome la envidia, pero pese a sus veredas anchas y al asfalto de hormigón que comparte, Pringles sabe que con Ramírez no puede tener una charla entre pares: la desigualdad las une. Lo tiene claro, aunque se trate de un detalle que no parece afectarla.

    De vuelta al hogar, el día se asoma a la ventana para ver si está fresco y se encuentra con vecinos que caminan por la calle buscando la avenida: el empleado, la repositora, el que trabaja en la verdulería, el del taller mecánico, la que es maestra aunque ahora mismo esté sin guardapolvo.

    La ocupación del espacio público es un problema para una calle angosta para tener doble sentido, como Pringles. Foto: Gustavo Cabral

     

    VIDA POCEADA

    En sentido oeste-este, una enfermera viene de colocar inyecciones a domicilio. Montada en la bicicleta, puso en el canasto delantero el bolsito de mano con una parte del instrumental y al resto lo lleva en una mochila pequeña, que parece una araña patilarga abrazada a su espalda. Toma por un senderito repavimentado por dónde hace tiempo pasó la cloaca, una cinta pareja, de ensueño, desde donde puede divisar la topografía de un campo minado a diestra y siniestra.

    Luego de calle Brasil, a puro pedal mantendrá el equilibrio por la estrecha ciclovía. Desde allí, Pringles es doble mano, tanto para circular como para estacionar, lo que multiplica el esfuerzo de atención porque, además, los autos zigzaguean para cuidar la integridad de sus trenes delanteros.

    Más adelante, pasando Soler, seguirá echando un humo bajito el ‘chulengo’ que hasta la madrugada proveyó de choripanes y hamburguesas a clientes diversos, de esos a los que les cuesta conciliar el sueño.

    Desde el cruce con Sudamérica, emerge un morro de viviendas apiñadas que tapan el amanecer. Es el barrio 1 de Julio, con su playón desolado de deportes y su centro de salud, siempre concurrido.

     

    RAMIFICACIONES

    En esa zona, la trama vial se diversifica. Entonces, Pringles se vuelve vegetal: mientras se interna en sí misma le brotan a cada lado raíces secundarias y pelos absorbentes en forma de pasajes, callejuelas, senderos que parecen no existir hasta que alguien los toma con disciplina de hormiga y los deja en evidencia.

    Cualquier navegante incauto que quisiera abrirse de la ruta principal para recorrer esos pasadizos rocosos recibiría la advertencia de diligentes cecaelias y amables ondinas porque, la verdad, nadie sabe qué leviatanes pueden estar aguardando, agazapados, en esas profundidades penumbrosas.

    Pero la enfermera tiene otro mapa en la cabeza. Para ella cada camino conduce a nombres y apellidos concretos, abuelas, madres y chicos, padres que le abren paso a un trabajo que realiza sin importar la hora ni las condiciones climáticas.

    En su último tramo, Pringles luce sofocada entre el barrio 1 de Julio y los tapiales del Club Don Bosco. Foto: Gustavo Cabral

     

    ESTILOS

    Como suele ocurrir, a medida que Pringles se aleja de la Avenida Ramírez ve decaer la calidad constructiva de sus casas. Son viviendas de materiales de corralón, en las que en general la fortaleza luce mejor conceptuada que las terminaciones. Muchas de esas construcciones se han encarado sin una planificación cierta: los cubos de ladrillo buscan altura de un modo caprichoso, en función de las necesidades de cierto momento pero también de las puntuales posibilidades económicas.

    En ese sentido, un buen número de frentes se muestra apto para una convivencia sin conflictos entre el bolseado, las guardas de cerámica y las lajas, un collage que puede haberse constituido de hecho, por imperio de las circunstancias, en virtud de una disposición azarosa de materiales.

    Frecuentemente, se hallan evidencias de ese modo de concebir la inversión familiar, en la que las cosas se juntan de a puchitos, pacientemente, hasta integrarlas e incorporarlas: bolsas medianas con escombros, lomas pininas de arena, restos de muros que esperan ser picados ocupan el lugar que desearían tener los jardines.

    Salvo por algunas excepciones, Pringles parece haber detenido el tiempo de los arreglos y el cuidado sin que pudiera haber hecho lo mismo con el efecto que produce el paso de los años y los azotes del clima.

     

    ZIGZAG

    Luego de sus cinco primeras cuadras, Pringles se vuelve un diminuto laberinto: conviene, entonces, doblar a la derecha por una calle breve que se llama Fragata Sarmiento, si la idea es no chocarse el barrio 1 de Julio; e inmediatamente después a la izquierda, antes de vérselas con el muro trasero del Club Don Bosco, cuya ornamentación no puede apreciarse debidamente sin sentir que un torbellino de pozos de todos los tamaños imaginables busca provocar un naufragio.

    En un par de cuadras, llegan las moras de Batalla de Suipacha. Allí, contra el tapial de la Escuela Hogar, termina Pringles, sin pena ni gloria.

    Ajeno a cualquier cavilación inquietante, bajo una generosa sombra, un perro lanza un ladrido y alerta a otros, que multiplican las amenazas desde distintos puntos cercanos. Conforman una curiosa red de foquitos sonoros que se iluminan y de golpe se apagan. Al rato el ritual se repite, lo que representa un modo peculiar de ver pasar el tiempo.

     

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