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miércoles, octubre 28, 2020
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    A San Agustín la atraviesa una calle con seis nudos

    Desde Larramendi hasta los humedales del oeste, un sinuoso camino esquiva los obstáculos que le impone una realidad inhóspita y se transforma en metáfora urbana. Se trata de la calle Romina Iturain y, su continuación, República de Siria.

     

    Víctor Fleitas / [email protected]

     

    Una calle singular se abre paso en el oeste adverso de la ciudad. Pese a su importancia, en el tapiz urbano no es más que una soga de pavimento a la que unas manos traviesas parecen haberla llenado de nudos, una siesta interminable sin cuentos de la solapa, a la sombra de una mora. Está ahí, a la espera de un milagro profano, quebrada, viboreante, acostumbrada a la vida cuesta arriba, a tramitar lo propio con lo que a los otros les sobra, en el patio polvoriento de un mapa citadino que se expande como una mancha de aceite con poco apego a saldar sus cuentas pendientes.

    Serpenteante, con doble sentido de nerviosa circulación, en el extremo norte se llama Romina Iturain y en el sur, República de Siria. Pese a la distinción que promueve la gastada señalética, apenas se la analiza como subsistema no quedan dudas de que se trata de una misma arteria troncal para un sector de casitas apiñadas que clama por una intervención integral para que pasajes, pasillos, diagonales y calles de superficie diversa sean incorporadas a un circuito que genere alternativas de tránsito fluido, descomprima el nervio central y aumente la seguridad de peatones y ciclistas.

    Al toparse con la ajetreada Larramendi, la calle Romina Iturain deriva en una maraña con sus seis opciones de paso, desafío que los conductores resuelven a tientas, forzando los dispositivos de aceleración y freno de sus vehículos, en base a maniobras no siempre aconsejadas por los manuales. El ir y venir de motos, autos, camionetas y camiones es incesante y un indicador de la relevancia de estos dos caminos.

     

    Peatones, abstenerse

    Esa densidad de tránsito se mantendrá a lo largo de las suaves curvas y contracurvas de calle Romina Iturain hasta que sobrevenga un nuevo enredo vial, al que sumarán su aporte Ituzaingó -que llegó hasta allí en alpargatas de yute- y Estado de Palestina que, en carro y custodiado por perro al trote, irá cortando lianas y descubriendo senderos hacia una estepa de basura y humo.

    Desde entonces, esa vía -angosta para avenida, ancha para calle de barrio- pasará a llamarse República de Siria y hasta el próximo embrollo, en la intersección con la neurálgica Ameghino, mantendrá un marcado carácter comercial, con emprendimientos modestos y medianos, dedicados sobre todo a la venta de materia prima para alimentos o productos con casero valor agregado.

    Desde allí, se despliega una especie de conglomerado educativo, sanitario, religioso y social que le da un carácter particular al tramo y lo llena de presencia humana en las veredas, bajo una fresca techumbre de tipas: la escuela Bazán y Bustos, la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe y su panadería social San José, la vieja perrera transformada en un área de salud y bienestar animal, el Centro de Acceso a la Justicia y el Colegio de Guadalupe son parte de este dispositivo ciudadano.

     

    Luego de Ameghino, altas y añosas tipas dan una acogedora bienvenida. Foto: Gustavo Cabral

    En las veredas la baldosa cede predominio ante los contrapisos e incluso el escombro apisonado. Las viviendas son sencillas, hechas con materiales de corralón, de una planta. Siempre hay una ampliación en marcha, un revoque a medio camino, un muro descubierto que el hongo empezó a oscurecer. Más que jardines abundan los montículos de arena, las pilas de ladrillos no muy altas, los cascotes recién picados: parecen estar esperando el cobro de la quincena o la paga mensual con la que el sueño de la casa propia va subiendo escalones, un capítulo tras otro.

     

    HACIA LA POSTAL

    Después del desvío de Don Segundo Sombra, República de Siria pierde anchura. Un poco más al sur, una plaza triangular comprende un sector verde más bien raleado, desparejo, y un área de desteñidos juegos infantiles. El bombín rosado de un lapacho rompe la uniformidad de los fresnos, mientras en Casiano Calderón una boca de inspección cloacal burbujea un lamento viscoso.

    Empezará entonces, una nueva vida para República de Siria. Ahora será breve costanera, con balcón a los impactantes humedales: una platea gratuita para admirar la sinfonía de laguna habitada por aves, las islas vegetales, las tonalidades amarillentas de los bancos de arena. Mientras se experimenta la idea de que el ser humano no es más que una partícula en esa galaxia maravillosa, reproductora de vida, de armónica belleza, un vecino cruza la calle y revolea una bolsa de basura hacia la nada.

     

    El río Paraná revela unos paisajes únicos en República de Siria al final. Foto: Gustavo Cabral

    Entonces se cae en la cuenta de que los tártagos se asoman desde las barrancas para conversar con sus pares pero los ejemplares del arbolado en línea, altivos, disciplinados, vecinos a los bancos de hormigón, no parecen dispuestos al intercambio.

    Más allá, un perro negro husmea entre bolsas de residuos. De pronto se sobresalta porque un roedor de dimensiones inquietantes le marca los límites de un territorio esquivo. Desde atrás, se le aproxima un can marrón, la mirada fija en el objetivo, las orejas paradas, el rabo formando una misma línea con la columna vertebral. Y en esa encrucijada vital en los barrios del borde, opta por lo que considera el riesgo menor: se vuelve sumiso, se deja oler y huele. Hasta que el clima se distiende y cada cual sigue por su lado.

    Con todos sus mundos adentro, República de Siria los mira y no dice nada. Entonces, la resolana le llena de fiaca los ojos, va buscando acomodo en esa cornisa de modestia, pobreza y miseria y se deja inundar por la certeza de un bostezo proletario.

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