HISTORIAS URBANAS

Misteriosas cajas que escondían fragmentos de una vieja Paraná

Cuatro cajas celosamente guardadas atravesaron más de un siglo guardadas en el taller de una casa. Cuando se las revelaron, surgieron imágenes de la ciudad de principio del siglo pasado.
Un mundo quedó encerrado en un grupo de cajas extrañas. Cajas oscuras, chatas, con etiquetas pegadas de una gráfica inequívocamente antigua, donde se destacan las filigranas de los recuadros y las tipografías muy trabajadas. Esas cajas estuvieron años esperando, silenciosas, a ser descubiertas.

El mundo que contiene esas cajas está impreso en pequeños rectángulos de vidrios que, a su vez, estaban cuidadosamente recubiertos de una tela oscura y sedosa. Ese extraño material fue advertido una tarde de descubrimientos no buscados por Anatilde Betti, una docente que dejó por años sin tocar, intacto, el taller del fondo de su casa, en la que su padre despuntaba el sano vicio de hacer cosas luego del trabajo en la oficina. Anatilde es Nati. Así prefiere que la llamen.

Nati Betti es una docente jubilada cuya historia familiar, y por tanto también la propia, está inventariada a la historia colectiva del barrio del ferrocarril. Ese barrio que alberga a la Escuela Nº 11 “Provincia de Santa Fe”, donde la seño Natalia se jubiló como maestra jardinera.
Las cajas que despertaron su curiosidad tenían en su interior más misterio y más relevaciones también. Las etiquetas pegadas sobre el cartón marrón, con el nombre Antoine Lumière y todas escritas en francés, despertaban más curiosidad aún en Natalia.

Sobre la casa familiar, Natalia cuenta que se trataba de “la típica casa grande, con largos pasillos, habitaciones a sus costados, patio y un gran fondo en el que nuestros padres hacían las huertas que proveían a la mesa familiar de buenos tomates, zanahorias, rabanitos. En eso fondo no le faltaban lugares a las plantas y sus flores. Y por supuesto, allí estaba el taller”.

Es precisamente en ese taller donde aparecieron las cajas misteriosas. El taller estaba impecablemente ordenado, como lo había dejado su dueño en vida, pero Nati quiso arrancarle su mejor brillo, a través de la disposición de los lugares, de ir quitando algunos nuevos trastos y objetos que se fueron acumulando con el tiempo.

Fue así que llegó a encontrar las cajas chatas. “Allí, en el taller, descubro cuatro cajas originales escritas en francés, bien guardadas y conservadas. Al abrirlas con mucho cuidado descubrí que en el interior de cada una de ellas había rectángulos de vidrios envueltos de manera prolija, con un papel oscuro de seda. La curiosidad –continuó Nati Betti– me llevó a mirarlas a trasluz, lo que me permitió descubrir, con gran asombro, las imágenes de personas y lugares, con edificaciones y vestimentas que referían a un pasado muy lejano. No había dudas que eran fotografías reveladas en vidrios y puestas en las cajas en las que alguien le inscribió el año: 1900”.

“Antoine Lumière & ses fils”. Padre e hijo dieron nombre a la mítica casa de productos fotográficos que permitió retratar el mundo muy lejano en el tiempo. Y ese mundo estaba encerrado en esas cajas, a la espera de ser descubiertos, de que sus historias salgan a la luz, convocando a la memoria de hechos, personas y lugares abrazados por el impiadoso paso del tiempo que todo lo borra. O casi todo, porque los negativos en vidrio que encerraban esas cajitas chatas no se borraron, afortunadamente.

REVELACIÓN. Pero qué contenían esos rectángulos de vidrio impresos, se preguntó Nati y se preguntará el lector. Las placas, en el paso previo a convertirse en fotos reveladas de papel, mostraban parte de lo que fue el mundo de Renato Betti: las ciudades que retrató en Italia antes de lanzarse a la aventura de venía al nuevo mundo a forjar su destino; la farmacia que instaló en Paraná, algunos familiares posando para las tomas, pero algunas otras más descontracturadas, y también imágenes de la Plaza 1º de Mayo, hacia la Catedral, que constituyen un valiosísimo material documental.

“Mi abuelo fue uno de los primeros ‘farmacistas’ de Paraná. Fue propietario de la farmacia Betti, luego la Farmacia del Pueblo. Conservo sus recetas escritas con pluma, sus libros de Medicina, frascos de la época e instrumental de la misma farmacia”, revela la docente jubilada, con un sentimiento de emoción que se renueva cada vez que saca las placas del interior de las cajas.

Las placas de vidrio antecedieron a las películas fotográficas. Fueron usadas hasta principios del siglo pasado, y comenzaron a ser infrecuentes a medida que se hacía masivo el uso de los nuevos materiales.
Originalmente a esas placas de vidrios se les daba un baño de emulsión sensible a la luz, al momento mismo de hacer la toma. Luego, fueron los míticos Lumière –los de las cajas halladas que ocupa nuestra atención– los que perfeccionaron el método e inventaron un sistema de uso de placas secas, es decir sin necesidad de emulsionar en el momento de fotografiar.

Lo cierto es que con este método, con esas placas de vidrios, se hicieron las tomas en la Paraná de principios del siglo pasado que fueron halladas en el taller de Betti. Las cajas resultaron atesorar una fracción de imagen de tiempos ya muy lejanos, y eso se nota en las vestimentas de las personas que aparecen en las imágenes, pero también en la tranquila atmósfera urbana en la que aparecen edificios viejos que allí son nuevos, y otros que hace muchos años que desaparecieron.

La Catedral de Paraná era nueva aún cuando fueron tomadas estas fotografías. Los cuadros permiten ver una procesión y un andar tranquilo de personas ataviadas de un modo muy antiguo.

Hay también un par de imágenes tomadas en un patio, hechas seguramente al momento del aperitivo. Pero lo más llamativo para Nati fue descubrir a sus antepasados retratados allí, en las placas de vidrios que luego ella hizo traspasar al soporte de papel. A la inquieta docente le conmovió también un par de tomas de una vieja farmacia. ¿Será la del abuelo?

Eso la movilizó a investigar y concluyó que se trató del primer local de la Farmacia Betti, luego denominada Farmacia del Pueblo, según logró conocer. Pudo averiguar que se trató de una farmacia instalada en calle Nogoyá, y que años más tarde fue traslada al centro paranaense. Sostiene ella que al lugar donde hoy mismo hay otra farmacia, en la primera cuadra de calle 25 de Mayo, frente a la Plaza 1º de Mayo.

“Esas cajas fueron largos años conservadas por mi papá, Ivo Alfredo Betti, y pertenecieron a su papá, es decir a mi abuelo, Renato Betti. No conocí a mi abuelo, pero por relato familiar sé que vino de Italia. Nació en la Isla de Elba, estudió y se recibió de farmacéutico. Acá aprendió el idioma castellano, y nos han dicho que aprendió a escribir en nuestro idioma en clases que tomaba en la Iglesia San Miguel, donde le hacían escribir con pluma y tinta, en letra gótica”.

Considera Nati que las clases de idioma y de escritura tomadas de modo tan minucioso y paciente, fueron decisivas para que las recetas que luego haría como farmacéutico, tuvieran la inconfundible grafía antigua, bien lograda, prolija y con esmerado trazo. Muchas de esas recetas o fórmulas de medicamentos son aún hoy atesorados por Nati, junto a antiguos frascos y otros elementos de la farmacia.
Motivada por la aparición de una nota sobre viejas farmacias en Paraná, que este cronista publicó en EL DIARIO hace un mes, bajo el rebuscado título de “Serpientes, vara de Asclepio y copa de Higía, en las viejas farmacias”, la docente Betti llegó hasta la Redacción para compartir con nosotros su hallazgo.

Nos contó la historia familiar, y en ese marco supimos, por ejemplo, que Renato Betti, a los 45 años, casó con Anatilde Díaz, de 15 años al momento del enlace. Que tuvieron varios hijos: Aída, René, Elvio, Ivo y Enzo, que fue tenor con presencia en el Teatro “3 de Febre
Autor: Jorge Riani -jorgeriani@hotmail.com

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