103 ANIVERSARIO EL DIARIO

La impresión de EL DIARIO, toda una historia gráfica

El 15 de mayo de 1914 los canillitas comenzaron a vocear el primer número de EL DIARIO. Salió en formato tabloide, una edición de 16 páginas y costaba ocho centavos el ejemplar.
Agrandar imagen Llega la primera máquina rotativa offset Solna al edificio torre de calle Urquiza.
Llega la primera máquina rotativa offset Solna al edificio torre de calle Urquiza.
Nace EL DIARIO.

Finalmente, el 15 de mayo de 1914 los canillitas comenzaron a vocear el primer número de EL DIARIO. Salió en formato tabloide, una edición de 16 páginas y costaba ocho centavos el ejemplar. Ofrecía la alternativa de suscribirse a 1,50 pesos por mes; 4,50 el trimestre, 9 pesos por semestre y 18 pesos al año.

De las dieciséis páginas, nueve y media estaban ocupadas por avisos publicitarios, es decir todos los avisos se agrupaban y no se intercalaban con textos de redacción. El aviso más grande era de Casa Almendral y ocupaba media página.

La primera plana, a similitud de los grandes diarios porteños, estaba dedicada a lo que hoy llamamos Clasificados que comprendía una Bolsa de Trabajo gratuita y Anuncios Económicos al precio de veinte centavos por línea, destinado a compra-venta, alquileres, comerciales, etc.

En la página 3 se publicaban colaboraciones con el título de Firmas Ajenas. En la página 5 se podían encontrar notas de la Redacción y de Actualidad, Pasando a la 7, noticias de las provincias y de los distintos departamentos de Entre Ríos. En la 8 y 9 encontramos un titular que decía: Telegramas, que eran informaciones breves tanto nacionales como internacionales. En la 11, noticias varias (escolares, judiciales, municipales, militares, etc.). Las Sociales cubrían toda la página 13. Hay que aclarar que todas las páginas pares eran para publicidad.
Personal del área Rotativa, de EL DIARIO
Entre las múltiples curiosidades para nosotros hoy en día, queremos mencionar un aviso de la página 14 titulado: “Horario de la Constructora de Trambays”. Consignaba la hora de salida y llegada de las cuatro líneas de tranvías existentes y los tramos de su recorrido por las distintas calles de nuestra capital.
La fundación
¿Por qué nació EL DIARIO? Sobre su fundación nada mejor que recurrir a lo que nos dejó escrito uno de sus fundadores, Aníbal Simeón Vásquez (1892-1961), a quien tuve el gusto de conocer y tratar. Vivía en la planta alta de la casa pegada al Correo Central, sobre calle 25 de Mayo, nos legó importantes libros sobre historia entrerriana, entre ellos su obra póstuma: “Periódicos y periodistas de Entre Ríos”. Fue editado por la Dirección de Cultura del Gobierno de nuestra Provincia en 1970, en homenaje al Sesquicentenario de la Declaración de la Independencia Nacional, bajo el gobierno del Brigadier (R) Ricardo Favre. Abarca desde 1819 hasta 1944.
Dice Vásquez en su libro “Dos siglos de vida entrerriana” que “el movimiento popular de renovación política iniciado por la Unión Cívica Radical impuso la necesidad de crear un nuevo diario que tradujera su pensamiento y sus aspiraciones. Sugerida la iniciativa por el jefe del radicalismo, doctor Miguel M. Laurencena, fueron fundadores del diario los doctores Luis L. Etchevehere, Antonio Sagarna, Eduardo Laurencena y Miguel J. Ruiz, los profesores Juan José Castro y Filiberto Reula, correspondiendo al primero desempeñar las funciones de director y al último las de secretario de redacción, actuando los demás como redactores. La actuación del Dr. Etchevehere fue muy breve, un mes y medio, debido a que renunció por haber sido elegido vicegobernador de la provincia, sucediéndole el Dr. Eduardo Laurencena y luego del Dr. Miguel J. Ruiz”.

“De los fundadores, además de los nombrados, desempeñaron la dirección el Prof. Juan José Castro, por espacio de diez años y el señor Aníbal S. Vázquez por un período de doce años”.


Luego de Aníbal S. Vásquez dirigieron un tiempo nuestra Hoja Ernesto Sanmartino y Raúl L. Uranga, a quien sucedió en 1943 el Dr. Arturo J. Etchevehere, quien supo sobrellevar épocas muy difíciles y lo dirigió hasta 1982 en que pasó el mando a su hijo Luis F. Etchevehere, pero eso ya es historia conocida.
La imprenta
La imprenta o taller de impresión, como quieran llamarlo, estaba integrado por una linotipo, una rotoplana marca Marioni, de origen francés, tres minervas para los trabajos chicos, una caja de tipos con sus correspondientes burros, una mesa de imposición donde se armaban las ramas de hierro y creo que también un sacapruebas a rodillo, todo esto fue adquirido a Nicolás Carbó, dueño a su vez de una imprenta, aunque no tengo seguridad que ello incluía la linotipo.
¿Quiénes trabajaron en los talleres? Vamos a rescatar nombres, como linotipistas: Domingo Picó, Benedito Fernández, Manuel Quijano y Ángel Rodríguez; los tipógrafos eran: Arturo Medina, Nicasio Pérez y Antonio Carniel; impresores: Clodomiro Cánepa y Solano Reyes, encuadernadores: Gerónimo Cabrera y Cirilo Maidana; y maquinista: Francisco Sors.
Personal de Fotomecánica, de EL DIARIO.


EL DIARIO no era solamente un emprendimiento para editar el matutino, había un tiempo ocioso entre aparición y aparición, por eso la sociedad anónima que se había conformado, también era una empresa tipográfica y no extrañó a nadie la publicidad que al respecto se daba a conocer y que ofrecía trabajos de linotipia o sea composición para otras imprentas, a igual que tipografía, también publicaciones periódicas (revistas, folletos), carteles, papel, carta, sobres, tarjetas comerciales y de visita, participaciones de enlaces y otros trabajos, asegurando “impresiones rápidas y de lujo”.

No duró muchos años en su local de calle San Martín 272 (¡teléfono Nº 44!), ya que en 1919 surgió la oportunidad de adquirir la casona de Urquiza 492/96, frente a la Plaza 1º de Mayo, donde en la actualidad se encuentran las dependencias de Sidecreer en planta baja y varias emisoras de radio FM en el primer piso. En ese momento se amplió el taller de linotipia con una moderna Intertype, que como fiel testimonio histórico se encuentra en el acceso de calle Urquiza 1119.

Luego vino otra mudanza a la esquina de calles Buenos Aires y Urquiza, esto fue en 1947, la redacción y archivo ocupó la planta alta, administración y distribución la planta baja y los talleres en el sótano.
A la par en la década del 60 la construcción del edificio en torre que se habilitó en 1964 con un amplio sótano y un túnel debajo de la calle que une ambas edificaciones.
El trabajo en el taller
Las linotipos seguían en el edificio de la esquina, se continuaban haciendo trabajos por encargo, nuevos operarios hacían el trabajo, como los hermanos Ortega, Pérez, Cottonaro, Gasparini. Las galeras se estiraban al caer las líneas de plomo, mientras ellos siempre se tomaban un respiro para beber un vaso de leche para neutralizar los gases que emanaba del plomo en estado de fundición.

Las galeras se llevaban al sacapruebas, donde eran entintadas y cubiertas con papel humedecido, se les pasaba un rodillo encima y pasaban al corrector que revisaba los textos para evitar errores y marcaba las fallas con signos de corrección establecidos en el arte gráfico.

Cumplida esta labor volvían al linotipista quien las corregía, luego dejaba que el tipógrafo las ubicara dentro de las ramas de hierro de encuadre, ubicaba los títulos de acuerdo con lo que indicaba cada original, tipo y cantidad de letras. Estaban los avisos que generalmente llevaban una tipografía diferente y al comienzo se los adornaba con lo que se conocía como “bigotes”, líneas onduladas, figuras cursivas, etc. Terminado el armado de la página se le sacaba otra prueba para un examen final y evitar cualquier desliz.

Recién después pasaba a impresión. El trabajo era casi artesanal. Me causaba asombro ver con la velocidad con la que los tipógrafos ubicaban cada tipo en el componedor, además cada letra estaba al revés, para alinearla con el pulgar a través de una ranura de guía, salvo que se utilizaran tipos grandes, los llamaban de “catástrofes”, que eran de madera.

Hablemos un poco de los clisés, que eran láminas de aleación de zinc o de cobre sobre los cuales se imprimían, mediante el proceso de fotomecánica, fotografías o dibujos, para lo primero se utilizaban tramas de distintos tonos de acuerdo con la cantidad de puntos y se calificaban en fina, media o gruesa, de acuerdo con la calidad de papel, se los denominaba de autopía. Si se trataba de dibujos se denominaban lineales. En todos los casos se montaban sobre madera que debía tener el mismo alto que un tipo y esto se medía en cíceros. A veces se suplementaba el taco de soporte o bien se cepillaba si era muy alto. Confeccionar un clisé demandaba varias horas.

Entre los tipógrafos recuerdo a Martínez, Retamar, Acosta, Aguilera, entre otros que se escapan a mi memoria.
Finalmente se imprimía el diario y los ejemplares iban a expedición donde Juan Ramón Grandoli encabezaba el trabajo de distribución.
El gran cambio.

Como los lectores habrán podido apreciar la tarea de impresión tenía mucho que ver con un trabajo artesanal, como ya dijimos. Creo que el gran cambio se produjo en EL DIARIO alrededor de 1973, cuando se trajo desde Suecia la prensa rotativa, construida por Al Printing Equipment en su planta de Sollentuna.

Con el offset se empezaron a emplear películas y la utilización de máquinas de insolación y cámaras reprofotográficas, para obtener la chapa que se utiliza en la impresora para poder fijar la tinta en el papel. Con los seis cuerpos de la Solna dejó de imprimirse sólo en tinta negra y el color comenzó a cambiar la cara de EL DIARIO.
En cuanto al formato, EL DIARIO nació en tamaño tabloide, después se pasó a sábana, hubo variaciones hasta que se retornó al formato inicial que prevalece.

No sé qué nos deparará la tecnología en el futuro, algunos agoreros dicen que los diarios del mañana serán digitales, igual años atrás los mismos pregonaban que el libro digital iba a desplazar las obras con soporte de papel, aunque no creo que nadie –¿tal vez Julio Verne, si viviera?– puede hacer futurología, aunque personalmente no dejo de extrañar el lirismo y la bohemia del pasado, en lugar de estar consultándolo al Prof. Google...

En los primeros días de mayo de 1914 dos hechos concitaban el interés de los paranaenses: uno, la instalación de un taller de imprenta en calle San Martín, entre Laprida y Cervantes, decían que allí se instalaría un nuevo diario. El otro, el próximo arribo a Paraná del destacado poeta Pedro B. Palacios, más conocido como Almafuerte, lo que ocurrió el día 9 de ese mes.

Autor: Adolfo Argentino Golz. Periodista, escritor.

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