103 ANIVERSARIO EL DIARIO

El escritor frente a su mensaje

En el Aniversario número 103 de EL DIARIO, el escritor, Alejandro Karavokiris ofrece su mirada sobre la escritura y el mensaje.
Agrandar imagen
El hombre se comunica a través de su pensamiento y el lenguaje, que deben ser decodificados por el receptor.

Este antiguo y aún entendido modelo de Jacobson, conlleva además la transferencia del mensaje a un tercero y de este a otro y hace que la idea original ya sea otra cosa, cuando se entera el último de la fila. Porque como todos sabemos, una idea no es transformable, solo puede cambiarse por otra, puede olvidarse o tal vez volver triunfadora como un viejo espectro revelador de lo bien que se estaba haciendo otra cosa. Pero lo que sí tiene valor es en el saber cómo se entrega o se vende una idea al que la atiende, para que no la descarte y acepte otra. En definitiva: ¿cuándo nuestro punto de vista debe ser vencedor al de otros mensajes? Se me ocurre que sólo tiene importancia esa preocupación cuando se intenta salvar a un pueblo de la ignorancia, el totalitarismo o imponer un producto comercial. Pensemos ahora que lo anterior sólo sucede cuando el emisor tiene la continuidad de su mensaje en decenas de miles de receptores. ¡Mensaje inviolable, en blanco y negro, con la puntuación de su gramática y la correspondencia de su sintaxis! Y... ¿dónde ocurre eso?: ¡en la gráfica!

Nota, editorial de periódico, semanario o en cualquier género literario. Dejo afuera las redes sociales, ya que me expreso sólo de textos que pueden legitimar su procedencia.

La llegada de lo que se presupuesta a los lectores es única, proviene del lenguaje que optamos por utilizar en el juego del intercambio, reconociendo que el otro utiliza nuestra misma semiótica para entendernos, allí usamos el lenguaje vulgar o el disciplinario y, no importando cuanto nos esforcemos en mantener una dirección de lo que enunciemos, la cosa se va a torcer igual. Wittgenstein nos dice que: “(...) el lenguaje cotidiano es extraordinariamente polisémico y retórico (todos entendemos para el lado que queremos y nos referimos a preguntas de las cuales no queremos respuestas), lleno de convenciones que muchas veces disfrazan, ocultan o malinterpretan el pensamiento original”.

Caleidoscopio. Por otro lado, el modelo cultural que Thomas Kuhn llama ciencia, que es por donde occidente busca la verdad, es un caleidoscopio que refleja los aspectos sociales, políticos, éticos, psicológicos y educacionales que intervienen en la actitud científica y humana.

No utilizo esta última premisa para que el escritor se ciña a una convención estructurada, para redactar modelos tecnológicos, ideales comunitarios o filantrópicos, sino sobre el uso que realiza del medio de comunicación, en este caso gráfico, para transitar la ética y la honestidad intelectual que es la verdad impresa, ya sea en una crónica, editorial, relato o cualquier expresión literaria, inclusive y por sobre todo en la ficción.

El escritor se enfrenta y a la vez sabe que la forma de su obra puede y hasta debe cambiar acompañando al paradigma histórico de su época, es el estilo que lo atrapa y lo convence por épocas, pero el contenido de lo que haga, lo representa y no solo a él, sino su moral, su ética y su libertad en ponerle nombre a cada una de esas palabras fundamentales que lo acompañarán por siempre en su pluma.

Sinfonía. Ser independiente a la hora de escribir puede ser una utopía, pero intentarlo es un proceso de identidad que a la larga es reconocido por generaciones futuras. Allí se produce la gran pena y a la vez la gran gloria de un escritor, es como una sinfonía, para volver a escucharla debe tener armonía, estructura y belleza y la belleza en un texto es honestidad intelectual en busca de la verdad.

Pero, siempre existe un “pero”, cierto es que la verdad es voluble o al menos, así lo dictan. Lo que para uno es tal, para otro es cual. La semiótica lo explica cuando abordamos el tema de los opuestos binarios de Jacques Derrida, en donde encontramos que todo pensamiento occidental funciona con opuestos, en los que uno es privilegiado y el otro marginado. El privilegiado ostenta el centro y por consiguiente el significado y el marginado queda excluido del discurso, hasta que con el devenir histórico los actores cambian y las funciones también. En este caso la sociedad, la política y la ética continúan a los opuestos como una sombra y la evaluación de la veracidad, va de la mano del que ostenta el centro, del que legitima y tiene el “poder”. Por eso, Mario Bunge manifiesta que la honestidad intelectual del hombre se concibe sin dudas en el “nadar contracorriente”, porque la verdad nunca está con el poder que depende de artilugios para sustentarse, sino está con la carencia, que lo único que puede hacer es mostrarse. Ya en la obra de Marx y Engels –dice Ernst Fischer– se puede comprender la naturaleza y el origen de las contradicciones y entender la dialéctica del desarrollo social. La clase dominante cree siempre que su manera de ver es “objetiva”, es decir, que corresponde al orden del mundo y no existen individuos, sino bloques de algo parecido a gente que produce, lo que ellos luego inundan en un mercado con productos inútiles e insípidos.

Entonces, aquella verdad tan lineal y pura del inicio de la nota, tiene dos voces, que gritan porque una defiende una forma de vida y la otra clama por la vida que no tiene.

La meta. En esta historia de la búsqueda de escribir la verdad también podemos adentrarnos en el concepto de la “Síntesis Disyuntiva” de Guilles Deleuze, propone que la sociedad y el sistema poseen tal pluralidad, tal polisemia (recordemos a Kuhn), social, política, cultural y ontológica que nos conduce a pensar que la relación entre los individuos sólo está en lo diferente y que lo que discutimos es el reconocimiento de que cada uno sabe que pensamos diferente sobre un tema, una cosa por ponerle nombre o las características de un objeto en su contexto de utilidad. Robert Musil en “El hombre insatisfecho” dice que: “(...) cada uno se ve remitido a sí mismo. Y cada uno sabe que ese sí mismo es poco”. Otro grande acude en mi ayuda y nos dice: “Mientras vivas, no digas nunca: nunca lo cierto no es cierto. / Las cosas serán lo que son y / nunca deviene antes de que muera el día”. Bertolt Brecht nos reafirma lo que venimos observando, lo relativo que es el sistema en el cual acordamos el convenio colectivo de vida. En una bolsa, o cuadra tras cuadra de barrio tras barrio, siempre existirá un opresor y un samaritano, un violento y un manso.

Kafka dice que nadie puede percibir o juzgar más que desde un punto de vista, deliberado o involuntario, se toma partido. La madre de cada uno de estos actores sociales también deben tener un discurso, que ineludiblemente a la multitud de receptores les llegará por un hombre literario, que le podemos adjetivar: militante, independiente, conducido, contratado, seducido, reclutado o sobornado. Cuando lo único que pienso es que un escritor debe ser es humanista y que si esa palabra le llena el pedazo de alma, que Aristóteles le puso al hombre en el corazón, éste ya está salvado. Ningún futurista, opinólogo o economista pueden aseverar resultados, cuando los avatares del sistema gobiernan más allá de la voluntad o el anhelo de la meta buscada, que es el bien común.

Por ello Stuart Mill dijo en el siglo XIX “(...) que si el tonto o el cerdo son de una opinión distinta, es porque sólo conocen un lado del asunto: el suyo. La otra parte, para poder comparar, conoce ambos lados”. Entonces, el eterno retorno a las cosas que puso el sol en la tierra y las que conocemos antes de nombrarlas, antes de hacerlas relativas y antes de la hermenéutica, deben ser lo más cercano a la verdad. Y lo más cercano a esa verdad en la escritura es la bondad y la claridad hacia el humanismo, y que por algún acto mágico se aparte nuestra pluma de un continuo conducir al lector hacia “el Hombre unidireccional” de Marcuse.

Pensemos que no todo lo que se escribe vale la pena y que el límite y árbitro de un escritor es un pueblo culto, con un magma intelectual inquebrantable. Atendamos siempre con toda la prontitud de nuestra intelectualidad e ilustración lo que dicen de otros y de nosotros. Y por si no lo recordamos, Sir John Falstaff en Enrique IV dijo: “El honor es un blasón funerario desde que existe la calumnia, he aquí mi homilía. Punto final”.
Personal del Área Administración, de EL DIARIO.

Autor: Alejandro Karavokiris. Escritor.

Temas:

103 ANIVERSARIO EL DIARIO
Tu comentario ha sido enviado, el mismo se encuentra pendiente de aprobación... [X]

¡Escribí tu comentario!

[X]
* 600 caracteres disponibles

Comentarios

El comentario no será publicado ya que no encuadra dentro de las normas de participación de publicación preestablecidas.

¿Deseas reportar este comentario?

No Si
Tu comentario ha sido enviado, el mismo se encuentra pendiente de aprobación... [X]

¡Escribí tu comentario!

[X]
* 600 caracteres disponibles
IMPORTANTE: Los comentarios publicados son exclusiva responsabilidad de sus autores. eldiario.com.ar se reserva el derecho de eliminar aquellos comentarios injuriantes, discriminadores o contrarios a las leyes de la República Argentina.