HISTORIAS URBANAS

Cuando Paraná era la pequeña aldea de cincuenta cuadras

La comparación de dos mapas refleja un crecimiento notable en el paso del siglo XIX al XX. Para 1926, el dibujante proyectista Alfeo Zanini muestra a una ciudad que fue ganando territorio hacia la periferia.

La comparación de dos mapas permite advertir que la capital entrerriana tuvo un crecimiento notable en el paso del siglo XIX al XX. Para 1926, el dibujante proyectista Alfeo Zanini muestra a una ciudad que fue ganando territorio hacia la periferia, mientras que unos años antes la urbanidad se limitaba a no más que medio centenar de cuadras.

Hacia finales del siglo diecinueve Paraná era un enclave histórico, un punto de referencia en el mapa. En la cartografía, el nombre no aparecía entre los más destacados, un poco por la cantidad de caracteres y otro poco porque la ciudad era chiquita. Paraná: palabra larga y urbanización pequeña. Eso era determinante para que la palabrita apareciera apenas ganándose espacio en el conjunto de nombres propios.

Si hubiera sido posible acercar distancias aéreas, como hoy lo permiten aplicaciones como Google Maps, veríamos entonces una ciudad con una extensión de apenas cincuenta cuadras, dentro de las cuales tres son de las plazas más antiguas: Plaza 1º de Mayo, Alvear y Plaza Sáenz Peña, que antes fue conocida como “Plaza Nueva” y luego como “Constitución”.

Eso era Paraná hacia finales del siglo XIX desde el punto de vista urbano, pero el nombre abarcaba otras extensiones productivas, como fábricas, saladeros, arroyos, chacras que constituían referencias geográficas.

Esas referencias geográficas eran podían ser los mataderos o corrales, cualquiera de las caleras que concentraban la principal actividad económica de la zona, el saladero, la toma de agua, el cementerio o el puerto.

La quinta de Alfredo Du Graty era también una referencia que estaba fuera, aunque próxima, del casco urbano. La quinta se ubicaba donde ahora existe el campo de deportes de lo que todavía se le llama, en la jerga urbana, “Colegio Nacional.”, pese a que la Nación hace dos décadas que se desentendió.

Hoy, esa quinta poblada de anejas y frondosas tipas que para finales de primavera, cerca ya del verano, como estamos, regalan sus flores amarillas. Ese lugar es un enclave histórico porque allí se instalaron las primeras colmenas de Paraná, de modo que fue desde ese lugar donde se organizó la actividad apícola y la producción de mil de modo sistemático. Antes de eso, para comer miel había que buscarla de los panales que las abejas hacían en lugares elegidos por sus sentidos, sus instintos, sus posibilidades o simplemente sus antojos.

Pero no solo por eso es un lugar histórico en la urbanidad paranaense, ese enclave. Lo es también porque allí existió una de las primeras cooperativas que es la que precisamente sostenía esa actividad apícola: la cooperativa apícola El Colmenar.

Hace unos meses contamos, en una nota, algo sobre el origen del lugar, que luego de haber sido propiedad del barón Dugraty fue comprada por periodista, escritor, político y hombre de batallas Lucio V. Mansilla. “Me costó un ojo de la cara”, dijo cierta vez al referirse al precio que pagó por el lugar.

Los impulsores de la cooperativa apícola de El Colmenar fueron dos naturistas franceses, Maximiliano y Oscar Durand Savoyat. No es nada extraños que dos estudiosos galos hayan recado en la quinta, si se toma en consideración que Du Graty se ocupó por pedido del presidente Urquiza de convocar a naturistas y geólogos europeos para estudiar las riquezas naturales de la Confederación. Él mismo escribió ensayos sobre la materia y trajo a estas tierras a Moussy y Bravard para profundizar los estudios.

La presencia de los hermanos Savoyat constituyó el embrión de El Colmenar, devenida inmediatamente en paseo obligado en los domingos apacibles de Paraná de la segunda mitad del siglo XIX.

CARNE Y AGUA. Hacia el sector noreste de la ciudad había una referencia ineludible, como se ve en los planos de finales del siglo: el “Saladero de Carbó”, que era un productor de carnes para toda la región.

Hacia 1889 se sumó allí otra referencia, y nos referimos a la toma de agua para potabilizarla y distribuirla por la pequeña ciudad. Del 1º de mayo de 1887 data una resolución que le otorga la concesión de los trabajos a la firma británica Jame Anderson, que fue la que concretó los trabajos.

Cuando Anderson tomó la concesión comenzaron casi inmediatamente los trabajos sobre las barrancas, por donde subía el agua extraída en el cercano río. Se iniciaron obras también en la ciudad, donde se le abrieron tajos al suelo para atravesarlo con cañerías de distribución.

Para abril de 1888 los trabajos estaban muy avanzados y la ciudad contaba con una red central que transportaba agua desde la Toma hasta el centro, y con una red primaria que circundaba a toda la urbanidad.

En el plano que ofrecemos junto a esta nota se observa la presencia de caleras como si se tratara de una importante constelación en el firmamento. Una cerca de otra, entre todas extraían la riqueza de las entrañas de la tierra, la cal, de tal modo que fue un gran dinamizador de la economía de Paraná hacia el siglo XIX.

Un plano municipal de 1820 indica que en la zona de la actual calle Estrada ya había explotación calera, y que estaba a cargo de un comerciante llamado Calixto Oliver.

“La fabricación de cal es la industria principal y más lucrativa de Paraná”, escribió el 1862, Martín de Moussy, uno de los tantos naturistas franceses de prestigio que trabajaron en Entre Ríos.

Sobre las barrancas, las caleras abrían tajos en la tierra. En sus profundidades, la ciudad encontró un sustento para la creciente urbanidad y por eso mismo la postal típica llegó a ser una barranca con ventanas. Tan representativa es la imagen que Santos Domínguez y Benguria la incluyó en el escudo de la ciudad.

Hoy quedan algunos vestigios de esa actividad. No es raro. Raro sería que no existan espacios residuales, construcciones abovedadas, ladrillos entre vegetación y piedras calizas.

ARROYO.
Algunos de los accidentes hidrográficos que aparecen señalados en el mapa de finales del siglo XIX son los arroyos. Sin dudas es el Antoñico el principal que atraviesa gran parte de la geografía, desde el sur, en media luna que toma hacia el oeste, hasta terminar uniéndose el río Paraná en el norte. También aparece señalado el arroyo La Santiagueña.

El Antoñico era como se lo llamaba hacia finales del siglo antepasado, cuando ya había tenido otras denominaciones: Salto, Lanches. Al menos tres científicos pusieron sus ojos de investigadores sobre ese paso de agua: Charles Darwin, Karl Burmeister y Auguste Bravard, quien encontró el hueso de hocico del antepasado del delfín, que ya era una reliquia natural dejada por el paso, hace millones y millones de años, del mar en toda esta zona.

“Remontaremos el lecho del arroyo del Salto –escribió por su parte Burmeister–, porque este corta ahí toda la serie de las capas hasta el sitio donde forma su alta caída, la que le ha dado su nombre. Este punto queda muy cerca del camino a mi quinta”.

Junto al arroyo se encuentra el cementerio, que hacia 1824 hacía su presencia donde se encuentra aún. No era cementerio municipal, sino que era un dominio más de la Iglesia Católica, que fue municipalizado recién con la Constitución entrerriana de 1883.

En las aguas de este mismo arroyo, el ejército entrerriano que respondía al mando de Francisco Ramírez curó las heridas de una guerra sangrienta que en 1820 se desató contra la provincia de Santa Fe. A la vera de ese páramo de agua fresca que lamía las llagas abiertas de más de ochocientos soldados y caballos hasta teñirse de rojo, los guerreros decidieron levantar un cuartel donde refugiarse hasta hacerse fuertes otra vez.

Alrededor de 1880, un portugués con apellido español instaló una fábrica en la orilla de ese arroyo al que todavía algunos llamaban del Salto y otros Lanches. A ese portugués se lo conocía por entonces con el nombre de Antoñico.

MATADERO. Lejos, muy lejos de la urbanidad estaba el Matadero o más frecuentemente llamado Raudales. Apartado en el tiempo, hasta hace un par de décadas la zona de Avenida Ramírez y su intersección con Almafuerte era denominada todavía Raudales, pese a que la actividad cárnica que caracterizó a la zona hacía más de medio siglo que había dejado de realizarse allí.

En el plano aparece como “Matadero nuevo” y es posible que cualquier otro hubiera sido el “viejo”, en una ciudad donde matar vacas para proveerse de carne era muy habitual.

“Encontré al puerto de la Bajada, situado al pie de una barranca altísima, pero suavemente inclinada”, escribió el comerciante y viajero inglés John Parish Robertson. Se refería a Paraná con su denominación original para agregar una descripción muy elocuente sobre lo que contamos. “La villa distante del puerto está en lo alto –continúa–, y de aquí deriva su nombre: ‘Bajada de Santa Fe’. Pudiera haberse llamado el Gólgota del ganado, pues estaba el terreno cubierto no solamente de cráneos, sino también de osamenta. Estaba totalmente rodado de mataderos y corrales, o mejor, en vez de estar rodeada de villa, constituían parte de ella. El suelo estaba empapado en sangre de animales y los efluvios de los desperdicios, de las grandes pilas de cueros, y de las graserías, desprendidas por el efecto del sol quemante, con intensidad decuplicada, eran casi insoportables. El aire de aquellos corrales estaba casi oscurecido por las aves de rapiñas, caranchos, chimangos y gaviotas, que aleteaban y describían círculos en el aire, sobre las reses muertas”.

Hacia Corrales iba el tranvía en su extensión más larga, pero también podía llegarse a caballo o cualquier otro carruaje del momento que tomara por el “Camino al matadero”.

Los planos de 1924, y más aún el de 1926 que muestra el libro Páginas de Oro, de Alfeo Zanini, muestran una ciudad mucho más extensa de aquella que despidió el siglo XIX. Allí ya se puede ver como referencia alejada a la Cárcel, que en los planos del siglo anterior no se pueden ver porque la penitenciaría pública estaba ubicada en pleno centro: en lo que hoy es calle San Martín, en su intersección con Perú.

Con Zanini –que era dibujante de planos, proyectista de edificios y demostró grandes dotes para la documentación histórica de la ciudad– ya vemos que hay estación de trenes, Tiro Federal, Hipódromo, Puerto Nuevo y Puerto Viejo a modo de referencias en una ciudad que incluye a todas ellas.

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