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El paso del tiempo conspira contra la dilucidación de un aberrante crimen

Moisés Medrano comenzó a ser juzgado por el violento asalto a la finca de la familia Comar, en que Marcelo Comar, fue ultimado de un disparo delante de sus padres.
Agrandar imagen Momento en que le muestran al testigo el nunchaku de fabricación casera usado por los asaltantes.
Momento en que le muestran al testigo el nunchaku de fabricación casera usado por los asaltantes.
Pocas audiencias de debate dejaron como ayer la angustiante comprobación de que el paso del tiempo conspira contra la dilucidación de un delito.
Muchas veces se escuchan fundadas quejas de las defensas por la prolongación de la situación procesal de un ciudadano, que ve vulnerado su derecho de defensa.

Este jueves, en el inicio del juicio que se sustancia contra Moisés Ángel Medrano por los delitos de Homicidio en ocasión de robo y Falsa denuncia, en concurso real, los perjudicados por las dilaciones en realizar el juicio, paradójicamente, fueron las víctimas.

Las víctimas del delito más grave que se le endilga a Medrano, ex sargento de la Policía de Entre Ríos, que fue cesanteado tras 24 años y 6 meses de servicio, son Elsa Esther Juanita Cabrol, de 80 años, y Antonio Comar, de 83 años, que presenciaron cómo el 9 de febrero de 2014, alrededor de las 20.30 y las 21, dos desconocidos, tras hacerse pasar por policías de Investigaciones, ingresaron violentamente a su casa, ubicada en zona rural de Oro Verde, más precisamente en Tezanos Pintos, con intenciones de robo y asesinaron de un disparo a su único hijo, Marcelo Fabián Comar, que salió de bañarse e intentó defender a sus padres con una escopeta en desuso. Uno de los desconocidos vestía uniforme de la Policía.
Política criminal
Las dilaciones en el inicio del juicio tendrán sus justificaciones, aunque al ser sopesadas con la contundencia de la gravedad del hecho: un violento crimen en ocasión de robo en el que las víctimas, dos personas que al momento del hecho tenían 76 y 79 años, presenciaron el momento en el que su hijo caía muerto de un disparo, luego fueron atados de pies y manos, en estado de shock, aturdidos por la violencia ejercida por los desconocidos, se desvanecerán.

Tal vez la pregunta a formular será ¿por qué el Ministerio Público Fiscal (MPF) no privilegió esta causa, habida cuenta que los dos únicos testigos presenciales son dos adultos mayores que sufrieron un delito aberrante?
Tiempo en contra
Ayer, Cabrol y Comar recordaron con dificultad lo que vivieron aquel 9 de febrero. La mujer con más lucidez, recordó que llamaron a la Policía porque los perros ladraban indicando que en los alrededores merodeaban personas desconocidas.
Efectivos de Oro Verde que acudieron al llamado, realizaron una breve inspección y al no observar nada raro se retiraron. Cabrol recordó que a los pocos minutos golpearon a la puerta.

Por precaución no abrieron a pesar que los desconocidos decían que eran efectivos de Investigaciones. Ante la negativa a abrir, los asaltantes arrojaron una garrafa vacía contra la puerta, que estalló en pedazos.

Una vez dentro de la casa, los asaltantes amedrentaron al matrimonio, al menos con un arma de fuego y un nunchaku de fabricación casera.
La mujer recordó que estuvo aturdida porque los desconocidos realizaron varios disparos dentro de la casa, largos minutos al lado de su hijo, que tenía la “boca llena de coágulos de sangre”, añadiendo “ahí me di cuenta que estaba muerto”.

Comar, con más dificultades, puesto que reconoció que su salud y su memoria se deterioraron notablemente en estos años, coincidió con su esposa en que no logró ver el rostro de los atacantes, puesto que los llevaban cubiertos.

Sí coincidieron en la descripción del nunchaku, al que no mencionaron por el nombre, pero si por su forma y color. Incluso señalaron que uno de los asaltantes golpeó a su hijo en la cabeza con el artefacto.

El hombre recordó que logró soltarse de las ataduras que le realizaron con el cable del cargador de un celular, y caminó doscientos metros a través de un maizal para pedir ayuda en la casa vecina, como no había nadie caminó dos kilómetros más, hasta que lo ayudaron y llamó a la Policía.
Bala
Si bien no hubo elementos que pudieran conmover la situación de Medrano en la primera jornada –el más fuerte fue que Cabrol y Comar describieron a uno de los asaltantes, como “morrudo, petisito, morocho”, descripción que se condice con el imputado– una pericia balística sobre un proyectil calibre 9 milímetros lo complicaría.

Se trata de la bala que se secuestró a la casa de la familia Comar, que fue cotejada con dos que se secuestraron en la casa de Medrano, en un allanamiento en el que se secuestró una gran cantidad de balas y cartuchos y el nunchaku.

La pericia arrojó que exhiben huellas de arrastre del cargador de la misma arma. Puesto que el arma de Medrano no pudo ser peritada porque, según sus dichos le fue robada, la pericia cobra importancia.
Arma
Medrano declaró pero sólo se refirió a la causa por la supuesta falsa denuncia. Respecto del crimen de Comar no intentó siquiera relatar qué hizo o dónde estuvo esa noche. En relación a la denuncia, explicó que “por negligencia” le robaron el arma reglamentaria cuando fue a ver a un mecánico de motos. Según declaró, se la sacó de la cintura cuando subió a su auto, dejándola en medio de los dos asientos delanteros.

El ex policía reconoció que tiene familiares que mantuvieron conflictos con la Ley. En este sentido mencionó a dos hermanos, que tienen apellido distinto al suyo, y un primo. Incluso añadió que fueron vinculados a “robos en el campo, similares a este hecho, con personas atadas, pero nunca hubo nada certero contra ellos”. También dijo que sus familiares tienen “antecedentes de muchos años con montones de causas”.
Nivel de vida
Fiscalía intenta demostrar que Medrano tenía un nivel de vida inusual para un policía. Así, lo interrogó sobre cómo llegó a tener un VW Vento y una moto, además de realizar refacciones en su casa.

Medrano explicó que llegó a ese modelo de auto tras comprar un Megane en una concesionaria en la que no le realizaron la transferencia, porque el auto tenía una prenda.

Así, reclamó y tras acordar pagar una diferencia, llegó al Vento. También dijo que realizaba trabajos de albañilería, pintura y trabajaba como ayudante en carnicerías. Ayer explicó que es asistido por la Defensa Pública “porque los abogados cobran muy caro y no estoy en condiciones de pagar diez mil o doce mil pesos por mes”

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