Diario íntimo de una mujer en crisis

De un sabroso banquete teatral disfrutaron quienes el domingo 23 se acercaron hasta la Sala Metamorfosis para apreciar “Guía semanal de ideas”.

Protagonizada por Candela González Tonón, la obra recorre las praderas sensibles de una mujer joven, conmovida por la experiencia impar de afrontar como puede el dilema del amar después de amar, envuelta en situaciones y conflictos de vigente cotidianidad.
La actriz Candela González Tonón se luce en “Guía semanal de ideas”.

La propuesta dramática se despliega en torno a un parlamento ciertamente exigente, complejo de interpretar con la palabra y el cuerpo, que no obstante permitió el lucimiento de una actriz siempre en tono para sobrellevar de manera convincente los distintos climas por los que atraviesa la travesía teatral.

La acción transcurre en medio de una escenografía elemental, que tanto puede ser el rincón de una plaza, una cabina telefónica, un escondrijo cómplice en un bar o el interior mismo del personaje principal durante raptos de introspección. El paso por esa zona, de preparada vaguedad, entre el afuera (la escena) y el adentro (el mundo interior de la protagonista) donde sucede la acción, es tan rico, expresivamente tan potente, que estimula otro viaje esencial y necesario, producido en la inteligencia y la sensibilidad de los gozosos espectadores, a partir de lo cual pueden relacionar eso que está siendo observado (la obra) con la propia experiencia.

PUJAS. A lo largo del desarrollo de “Guía semanal de ideas”, la protagonista experimenta una permanente convulsión entre Eros y Thanatos, que no produce aversión pese al impacto emotivo de las situaciones, por la presencia amable de una poética con toques sutiles de un humor oportuno, lo que sublima la tensión sin atenuarla. Este aspecto, sin dudas, es uno de los méritos de la obra, escrita por su director, Gastón Díaz.

En realidad, desde el punto de vista formal, el espectador es invitado a zambullirse en una cadena de soliloquios, en los que alguien parece estar dialogando con referencias afectivas próximas cuando, de hecho, no hace más que compartir la desnudez de las identidades múltiples que la cultura dominante impone sobre lo femenino, cuyas almas diversas laten aunque quien las porte eventualmente las resista y contraríe.

Se trata de un unipersonal, pero con peculiaridades: efectivamente, la única actriz en escena es el personaje principal; el resto, está in absentia, habitando una especie de limbo vaporoso: su pareja opera como personaje secundario y, junto a ella, una serie de presencias significativas, como personajes incidentales. Ese colectivo que la enjuicia y la emplaza le da, al mismo tiempo, la posibilidad de manifestarse completamente humana, fuerte, deshecha, contradictoria, decidida, embroncada, sugerente, arrepentida, amante.

Con la excusa de recorrer una simbólica semana en la vida de una profesora de literatura, el texto de Díaz, de lucida hechura, coloquial y profundo, eficaz, ágil, adaptado para transmitir y al mismo tiempo para ser dicho, nos convida a recorrer los modos en que la protagonista intenta elaborar una mirada sobre sí y también las de los demás que sobre ella se proyectan hiriéndola. Es una lucha entre un ser material, histórico, real, y las presencias evanescentes que la interpelan desde un Olimpo despiadado, incomprensivo.

Ese juego de aproximaciones y distancias, de supuestos y prejuicios, de discrepancias e insatisfacciones, es asumido con ductilidad y donaire por González Tonón, quien parece actuar con la naturalidad con que respira. He aquí otra cualidad de la puesta en escena: la actriz conecta con el personaje de manera magnífica para que ambos puedan conectar con la platea.

SOLEDADES. Así, el relato desplegado es el de una persona sola, aunque esté inscripta y estimulada por una red de vínculos silentes y acusadores. De frente al invisible tribunal la protagonista aspira a ser escuchada antes incluso que comprendida. Mueve las piezas del propio pellejo en un ajedrez exquisito en el que busca cómo correrse de los lugares legitimados, mientras sufre en carne propia la pérdida de fichas claves durante la institucionalización de la vida, lo que incluye también, naturalmente, la gestión del deseo.

La estructura, organizada en actos o episodios que individualmente mantienen coherencia y cohesión, es subrayada por el uso adecuado de recursos musicales y lumínicos que operan como enlaces entre las escenas, mientras delimitan el terreno donde sucederá lo inmediato por venir.

El gesto valioso del planteo dramático radica en que las partes del relato no se unen ni significan sino en los modelos mentales de cada espectador, en su ideología: no se explicitan en el parlamento de la protagonista, sino que se completan entre los habitantes de la cuarta pared, lo que produce una particular empatía y llena la sala de una energía transformadora, inquietante.

En tanto discurso teatral, es decir, múltiple, “Guía semanal de ideas” luce como una obra ajustada, bien planteada y resuelta, actuada con aplomo, de adecuada extensión y organización interna, que entretiene y significa y que, sobre todo, deja pensando desde los sentidos.

Los aplausos sostenidos del final, de parte de una concurrencia que acudió en buen número a la convocatoria, es probable que haya querido transmitir este mismo convencimiento.

En fin, lo que se compartió fue un menú delicado, de refinada expresividad, de esos que, al ser degustados, dejan el paladar satisfecho y al mismo tiempo siempre dispuesto a ir en busca de nuevas aventuras de ese tipo.

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