VIAJE POR EL MUNDO

Soltar el tiempo

Anna Caranta y Diego Martínez viajan con sus hijos Mael, de 6; y Oiuna, de 3, que nacieron en el camino que recorrían en bicicleta, entre Barcelona y China.
Agrandar imagen
Imaginen un paisaje de desierto en verano. En el horizonte asoma un punto que crece lento, como una bicicleta que avanza. Y esa única bici de doble asiento transporta a varias personas: Diego Martínez, ex empleado bancario; Anna Caranta, francesa hija de exiliados argentinos que nunca volvieron, que pedalea embarazada de seis meses; y Mael, el hijo pequeño de ambos, concebido en un pueblo a orillas del Ganges, en la India, y que nació en España. Llevan alforjas y arrastran un carro enganchado, atravesando Mongolia. Pero la historia comienza unos años antes, en las calles del barrio porteño de Palermo.

CAMINOS. Anna y Diego se conocieron una noche de enero de 2006. Él trabajaba en la mesa de dinero del Hipotecario y ella había llegado un par de meses antes desde París con la excusa de completar sus estudios en cine, pero con la intención de conocer el país de sus padres y abuelos, que siempre le había resonado en la cabeza. Entonces Diego tenía 28 y Anna 20. “Llevaba una vida completamente sedentaria, estaba en las últimas en mi trabajo porque quería hacer un viaje por Latinoamérica”, cuenta el hombre nacido en Pringles, provincia de Buenos Aires. “Siempre estaba escribiendo, como ahora, esa noche andaba con un cuadernito y me había ido a tomar algo y en el camino de regreso a casa se me acercó con un piropo. Charlamos, le dejé mi mail, pero no pensaba volver a verlo”, confiesa Anna, y ambos sonríen. Tres semanas después, viajaban juntos hacia Gualeguaychú, y para octubre se casaron y se fueron por las rutas. “Fue todo rapidísimo”, reflexiona ella, en perspectiva. Diego dejó su trabajo con la idea original de recorrer un año desde Tierra del Fuego hasta México y luego volver, “pero el regreso desapareció en el camino”, dice Anna.

SOLTAR. Con el andar, los viajeros hicieron un click, un cambio de cabeza. Suele pasar con los que van de nómades un tiempo largo. “Entrás en otra dimensión. Dejás el “qué voy a hacer cuando vuelva”, y de comprar recuerdos para la casa y regalos para llevar. El viaje era así al principio, pero hay un momento en que no pensás más en eso. Pensás en el día a día, y eso a cada persona le pasa en un momento distinto, es algo que va sucediendo”, considera Diego. Los horarios, el compromiso, la rutina, todo va quedando atrás. “Es soltar el tiempo. En la selva del Amazonas caímos en un pueblito indígena al que terminamos siendo invitados y nos quedamos más de un mes, hasta que sentimos que nos teníamos que ir. Es eso lo que va surgiendo, una dinámica muy distinta al que se va por un tiempo limitado”, comparte Anna. “Uno va alejándose de la vida pasada pero no es que te metés en un vacío, sino que vas entrando a conocer otras cosas, te vas metiendo en otra vida y querés más de eso. Es una transformación gradual, muy lenta”, expresa Diego. La metamorfosis se dio en el camino a México. Cuando llegaron al norte no sabían qué iban a hacer y se dieron cuenta que querían ir hasta Asia. “Nos quedamos sin dinero y le pedimos a un amigo que nos vendiera todo lo que nos esperaba: la moto de Diego, mi computadora para editar, mi cámara filmadora… hasta los platos. Nos dimos cuenta que no íbamos a volver”, señala Anna.

GASOLEROS. “Mucha gente se prepara para un viaje y hace un blog, o arma un proyecto. Nosotros decidimos hacerlo sin ninguna atadura para poder estar abiertos a sorpresas en el camino, sin planificación. Así fueron dos primeros años que nos bancamos con la venta de un auto que teníamos en Buenos Aires”, explica Diego. “Además trabajamos de camino, en el Amazonas no teníamos ningún gasto, en Bogotá trabajamos, en la selva en Guatemala también, recolectando hojas. Anotábamos en una libretita, fueron un lujo esos dos años porque teníamos unos 7 mil dólares y cada mes gastábamos menos: de 750 el primero a 400 el tercero, llegamos a 40 dólares entre los dos. Te vas despojando de todo, de tomar cerveza o café, de dormir en un hotel”, indica ella. “Y sin sufrirlo”, agrega él. “Se van las necesidades, hacíamos dedo y la gente nos invitaba a sus casas”, comenta Anna. El despojo material también implicó a sus mochilas: en un pueblo de Panamá decidieron reducir el peso a la mitad y regalaron parte de lo que cargaban.


CUENTO CHINO. Con la venta de sus cosas cruzaron a Barcelona, donde vivía la abuela de Anna, y pararon allí por ocho meses en los que juntaron dinero en oficios tan diversos como en un supermercado o de extras en una película. Compraron una bici doble, vieja y pesada, y se largaron rumbo a China. “Pedaleando, no pagamos una noche de hotel, en algún lugar usamos couchsurfing (comunidad en internet que alberga viajeros), o directamente en casa de gente que nos invitaba”, revela Diego. La bici arrastraba un carro y también llevaban carpa con la que pedían hospitalidad para armarla en cualquier sitio. “En seguida se establece una relación, hicimos amistades que todavía perduran. En Nepal la gente te ve pasar y te invita a su casa”, expone. Llegaron a la India, donde se largaron a enseñar tango y vender ropa (Anna había tomado clases en Buenos Aires y completaron aprendiendo con videos por internet). “Lo de la bici fue porque estábamos cansados del dedo, queríamos movernos por nosotros mismos. Lo importante del viaje es lo que hay en el medio, no llegar”, opina ella. En la India quedó embarazada, y conoció a una partera valenciana que la ayudó para tener a su hijo en una casa, en España. Mael nació en septiembre de 2010, y a los tres meses volvieron al pueblo al borde del Ganges. Estuvieron un tiempo trabajando en proyectos de yoga para niños, y Diego aprendió a tocar el sitar. Compraron una camioneta para seguir por la zona, y cuando Mael cumplió el año retomaron la bici para ir hasta China. Como trueque del trabajo de la partera le armaron una página web, para lo que tuvieron que investigar y aprender.

Eso les sirvió en el recorrido por Asia, proponiendo a los hoteles armarles sus páginas web y hacerles fotos. Además, surgió la necesidad de empezar a compartir la experiencia, y así armaron una exposición de fotos, montando en centros culturales, museos y galerías, acompañando la muestra con una charla. A China llegaron cansados del viaje en bici desde Laos. Entraron en un pueblo a buscar un repuesto, les gustó la peatonal adoquinada y ahí mismo se pusieron a vender fotos y mostrar el viejo mapa que tienen con la ruta marcada. Se acercó un cineasta para entrevistarlos, conocieron una traductora, y se fueron quedando de casa en casa. “La muestra empezó a andar muy bien, nos invitaron a festivales de arte por la región y nos quedamos más tiempo del previsto”, resume Anna. Ella con fotos y Diego con pinturas de arte figurativo, que siempre expresan algún momento o sensación del viaje. Cuando decidieron continuar Anna estaba embarazada de Oiuna, y así anduvieron por el desierto de Gobi. Para el parto convocó a su amiga valenciana y se instalaron nuevamente en el pueblo chino, al norte de Birmania, cerca del Tibet. Tuvieron dos años de vida sedentaria, en los que ella escribió el libro “El otro río”, sobre los seis primeros años del viaje; Diego pintó, y Mael comenzó la escuela.

EQUIPO. La bicicleta, que es made in china, quedó allí; aunque ellos siguieron hacían Indonesia, ahora de a cuatro. Compraron una moto 125 y le agregaron un sidecar para andar por las rutas del sudeste asiático. En octubre del año pasado decidieron cruzar el Pacífico para que la familia de Diego en la Argentina conozca a los chicos, y hacer un recorrido por el país presentando el libro, las pinturas, y dando charlas. La moto con el sidecar los espera en Indonesia, hacia donde regresan a principios de agosto.

“No nos imaginamos cómo será el futuro, ya veremos cuando los chicos crezcan”, apunta Diego. “Ellos toman todo esto naturalmente, y vamos cambiando los cuatro. Proyectar es imposible, pero si ellos necesitan estar en algún lugar en un momento nos detendremos de nuevo. Todos es posible, no hay una meta de hacer tantos países. Por ahora funciona el equipo”, ilustra Anna. “Tenemos en proyecto una nueva edición del libro, porque ya no quedan ejemplares en español ni en inglés. Y seguir viajando: hay un recorrido pendiente por unas islas, luego tal vez cruzar a Australia y supongo que conocer África”, imagina Diego. “Lo nuestro con la gente es un intercambio: nos reciben, nos hacen depositarios de sus historias, nos da una mano, y también se quedan con algo de sueños y de historias. Creo que es un intercambio permanente. Me di cuenta que la gente se parece en todos lados. No importa la cultura y la religión”, delibera Anna, que confiesa haber perdido parte de su capacidad de asombro con los paisajes pero no por las personas. “Hay de todo en cada uno de nosotros. Todo está en todos, es una cuestión de conexiones”, concluye.

El otro río
El libro escrito por Anna Caranta e ilustrado con acuarelas de Diego Martínez se presentó en el Club Social. “No es un diario de viaje, son historias, más novelado. Tiene un hilo que cuenta el viaje y es bastante visual. Intenta llevar al lector a ver los espacios”, dice la autora, que deja a la libre interpretación de cada uno el significado del título. “Hay muchas historias de mucha gente distinta que hemos conocido por el mundo y que nos la ha contado”, añade. Con la venta del libro en inglés, publicado en China, se fueron hasta Indonesia. La versión en español tuvo una tirada de 500 ejemplares, y se trata de una edición de autor, para la que armaron un proyecto en internet que les ayudó a recaudar fondos.

Consiguieron 8 mil dólares para la impresión, el diseño, la corrección y la traducción. Además del libro, se exponen el mapa de ruta y pinturas de Diego. Luego la idea es una charla con los presentes. “Contamos sobre el proceso de escritura, cómo se hizo el trabajo, Diego explica su manera de pintar, y abrimos a preguntas para que sea dirigida por el público según sus intereses. Algunas veces nos preguntan más sobre alguna cultura, o sobre la crianza de los chicos en el viaje, o incluso sobre el machismo en el mundo”, cuenta Anna.
Autor: Pablo Russo pablomarianorusso@gmail.com
Fuente: EL DIARIO

Temas:

VIAJE POR EL MUNDO
Tu comentario ha sido enviado, el mismo se encuentra pendiente de aprobación... [X]

¡Escribí tu comentario!

[X]
* 600 caracteres disponibles

Comentarios

El comentario no será publicado ya que no encuadra dentro de las normas de participación de publicación preestablecidas.

¿Deseas reportar este comentario?

No Si
Tu comentario ha sido enviado, el mismo se encuentra pendiente de aprobación... [X]

¡Escribí tu comentario!

[X]
* 600 caracteres disponibles
IMPORTANTE: Los comentarios publicados son exclusiva responsabilidad de sus autores. eldiario.com.ar se reserva el derecho de eliminar aquellos comentarios injuriantes, discriminadores o contrarios a las leyes de la República Argentina.