REPUDIO INTERNACIONAL

El mundo rechaza la decisión de Trump y teme por sus efectos

Estados Unidos se convirtió en el único país del mundo que reconoce como capital de Israel a Jerusalén, una ciudad que también es reclamada como capital por Palestina.
Agrandar imagen Manifestantes palestinos queman fotos de Trump en la plaza de Belén.
Manifestantes palestinos queman fotos de Trump en la plaza de Belén.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, decretó ayer que su país reconoce a Jerusalén como la capital de Israel, una decisión que rompe con una política de Estado de 70 años y desató el repudio de aliados y rivales en Medio Oriente y Europa.

“Determiné que es hora de reconocer oficialmente a Jerusalén como capital de Israel. Esto no es nada más ni nada menos que un reconocimiento de la realidad. Es, además, lo correcto, algo que tiene que hacerse”, anunció el mandatario.

Estados Unidos se convirtió así en el único país del mundo que reconoce como capital de Israel a Jerusalén, una ciudad que también es reclamada como capital por Palestina y que la comunidad internacional, con la ONU a la cabeza, reivindica como una zona dividida, una parte occidental israelí y la otra oriental palestina.

Por eso, la anexión unilateral de Israel de la mitad oriental de Jerusalén en 1980 no ha sido reconocida internacionalmente y la ONU y la gran mayoría de sus miembros siguen tratando esa parte de la ciudad como ocupada.

La posición mayoritaria de la comunidad internacional es que el estatus de Jerusalén sólo puede quedar determinado por un acuerdo de paz definitivo entre Israel y Palestina. Ninguna definición unilateral puede suplantar esto, recordó la ONU.

Por eso, para el presidente palestino, Mahmud Abbas, el giro de 180 grados de Trump significó “una declaración de retirada” de la Casa Blanca de cualquier futuro proceso de paz, mientras que el movimiento islamista Hamas advirtió que Estados Unidos “abrió las puertas del infierno”.

En Israel, en cambio, el primer ministro Benjamin Netanyahu valoró como “justa y valiente” la decisión estadounidense y se comprometió a no cambiar el status quo de los sitios sagrados de la ciudad y a “garantizar la libertad de culto para judíos, cristianos y musulmanes por igual”.

Trump no sólo reconoció a a Jerusalén como capital israelí, sino que prometió empezar a construir allí una nueva embajada estadounidense y citó como fundamento una ley de 1995, que prometía mover la sede diplomática de Tel Aviv -donde se encuentran todas las embajadas extranjeras- a esa ciudad.

Atentos a los efectos que ello tendría sobre los esfuerzos de los sucesivos gobiernos estadounidenses para abrir un diálogo en Medio Oriente, los antecesores de Trump habían decidido no aplicar esa ley -cuestionada además porque la política exterior es materia presidencial, no legislativa- y postergaban su ejecución.

Desde que lanzó su candidatura presidencial, Trump prometió que movería la embajada estadounidense a Jerusalén. Una vez en el cargo, eligió a su yerno, Jared Kushner, para intentar reiniciar un diálogo entre israelíes y palestinos.

Como el embajador elegido por Trump para Tel Aviv, Kushner tiene muy buenas conexiones con los sectores de la comunidad judía en Estados Unidos que envían millones de dólares todos los años para financiar el desarrollo de las colonias en los territorios palestinos ocupados, las mismas que la ONU y la comunidad internacional, incluido Washington, consideran ilegales.
Lugar sagrado
La Ciudad Vieja de Jerusalén, ubicada en la parte este de la antigua urbe, contiene algunos de los lugares más sagrados para las tres grandes religiones monoteístas: el judaísmo, el islam y el cristianismo.

Jerusalén este, la parte de la ciudad de mayoría árabe, fue anexada por Israel años después de haberla capturado, en 1967, tras la Guerra de los Seis Días contra Jordania, que hasta entonces ocupaba la ciudad, y otros países árabes.

Los palestinos reclaman a Jerusalén este como capital del futuro Estado que quieren fundar en Cisjordania, que aún está ocupada por Israel desde 1967, y la Franja de Gaza, y según los acuerdos de paz entre israelíes y palestinos de 1993, su estatus final debe decidirse en las fases finales de eventuales negociaciones de paz. Aunque Israel dice que toda Jerusalén es su capital “única e indivisible”, la comunidad internacional no reconoce a Jerusalén este como parte de Israel, y todos los países del mundo, incluyendo a Argentina, tienen su embajada ante Israel en Tel Aviv.

“Después de más de dos décadas de posponer (la ley de 1995), no estamos más cerca de un acuerdo duradero de paz”, argumentó Trump y concluyó que, por eso, no tenía sentido “repetir la misma fórmula” y esperar un resultado distinto.

Pese a que líderes políticos, religiosos, y los gobiernos más poderosos de Medio Oriente y Europa le advirtieron a Trump que tamaño cambio podría desestabilizar la región, el mandatario estadounidense aseguró que lo hizo “en nombre de la paz” y que su decisión no afecta el apoyo de su país a la llamada solución de los dos Estados.

“Esta decisión no tiene la intención, de ninguna manera, de reflejar un alejamiento de nuestro compromiso para facilitar un acuerdo de paz duradero. Queremos un acuerdo que sea un gran trato para los israelíes y un gran trato para los palestinos”, afirmó.

“Estados Unidos -continuó- apoyará una solución de dos Estados si los dos lados acuerdan eso. Mientras tanto, llamo a todas las partes a mantener el status quo en los sitios sagrados de Jerusalén”.

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