HISTORIAS URBANAS

La esquina “33” que anticipa la noche de piringundines

La inscripción que reina desde la alturas de una esquina paranaense tiene más de cien años. El almacén convidó con su nombre a todo el barrio “33 Orientales”, y fue el paso obligado de los clientes.
Agrandar imagen La frase de la ochava de Bavio y Courreges terminó bautizando a todo el barrio como “33 Orientales”.
La frase de la ochava de Bavio y Courreges terminó bautizando a todo el barrio como “33 Orientales”.
Hay una fuerte presencia de lo oriental, de lo uruguayo en toda la zona. La circular placita “33 Orientales”, la calle Montevideo que la toca en uno de sus curvos lados, por ejemplo. Pero es el barrio el que lleva el nombre de los guapos que encararon la gesta liberadora de la provincia oriental respecto del Imperio brasileño.

Así, en lo alto de la ochava de la vieja casona que pervive en la esquina de Bavio y Courreges se mantiene, como una marca de identidad en el tiempo, la inscripción “Almacén de los 33”
Se trata de una señal digna de indagación para dar de lleno a la otra característica que ha tenido la zona hacia “más allá del centro, hacia el bajo, hacia el arroyo”.

La cercana calle Diamante era la arteria más concurrida por la población masculina en las noches de escapadas. Los prostíbulos que dominaron la zona durante las primeras décadas del siglo pasado le imprimieron una identidad y un movimiento frenético en noches eternas, según contó allá por los ’30 y ’40 el escritor y periodista Nicolás Jozami.
Esos espacios a los que la costumbre de la época llamaba “casa de tolerancia” o el más vulgar “piringundines”.

LA PREVIA. El “Almacén de los 33” era un proveedor de alimentos para buena parte de esa zona, pero también la parada obligada de muchos parroquianos que anticipaban en una espirituoso recreo la noche que habría de terminar de gastarse en calle Diamante.
El periodista Tirso Fiorotto investigó la historia y llegó a resultados dignos de conocer. Contó que el almacén reunía parroquianos de toda la barriada, que con su singular, simbólico e histórico nombre bautizó a todo el barrio que lo contiene, pero que hasta sus mostradores llegaban hombres de todo San Agustín y de Bajada Grande también.

“Dicen los vecinos –contó el investigador– que el sirio José Jure Izza se casó con una paisana y compró casa en la esquina de las calles Bavio y Europa, hoy Courreges. Allí instaló el boliche de ramos generales y despacho de bebidas que reunió por años a los vecinos del oeste, incluidos los de San Agustín y de Bajada Grande”.

Según el estudio de Fiorotto, “el Turco Izza había comprado la casa al uruguayo Ramón González, un hombre de aparente holgura económica, y la casa ya tenía la inscripción”. “Hizo fama, pues, la esquina por el movimiento comercial pero en verdad esa fama se agregó a la que ya poseía con los prostíbulos de calle Bavio, que algunos adjudican a la administración del propio vecino oriental”, agregó.

La entrevista que el autor de la novela “Si dijeras Gondwana” mantuvo con una descendiente del comerciante, Josefa Izza, hace diez años, aporta datos interesantes para conocer qué historia concentra el lugar.

La mujer entrevistada, tenía 84 años al momento de dar su testimonio acerca de cómo llegaron a la casa. “Mi papá José Izza se la compró al uruguayo Ramón González, el que puso la inscripción. Tenía la esquina, y tenía todo, de Courreges hasta Diamante. Ahí tenía casas públicas, mujeres, coperas, no sé cómo se llama”.

La casa hace unos 106 que fue comprada por la familia de Izza y la inscripción hecha por el uruguayo ya estaba marcando presencia desde la altura. “Sí, ya estaba, porque no sé cuánto tiempo había estado Ramón González”, contó la mujer.

Fiorotto le preguntó a su entrevistada si el uruguayo la vendió, y –seguro que por ese interés de conocer la migración de los pueblos que siempre expresa en sus estudios e inquietudes del periodista–, le preguntó también si sabe cuál fue el destino de Ramón González, si acaso habría regresado a Uruguay.

“No sé más, sé que trabajaba con mujeres. Después, hará 30 o 40 años, se hizo la placita de los 33 Orientales, por esta casa”.
La mujer no sabía que comercio existió antes de que su padre instalara el almacén y bar. “No sé (qué habrá habido antes). Papá vino y puso almacén, por eso es Almacén de los 33 orientales. Me acuerdo que papá le hizo poner “almacén”, pero 33 orientales era de Ramón González. A lo mejor se ha caído “orientales” posiblemente, y quedó “de los 33”. Cuando mi sobrino quedó con esa parte, pidió que no se sacara la inscripción. Hoy ya no pertenece a la familia. Creo que van a hacer departamentos”, contó hace diez años la señora Izza.

Afortunadamente los departamentos no se hicieron, la fachada sigue existiendo y si bien hace ya varios meses le construyeron un pilar que advierte sobre la posibilidad de construir una planta alta, la frase sigue convidando singularidad, historia y, por qué no, belleza desde lo alto de la ochava.

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