LAS FORMAS DEL DESARRIGO

El ingresante como inmigrante

No existen, generalmente, barreras idiomáticas, ni la posibilidad de volverse un indocumentado. Así y todo, en el hecho de mudarse para iniciar un estudio superior, deben atravesarse peripecias similares a las de cualquier inmigrante.
Sábado 27 de Agosto de 2011 | 10:58 Hs. (Actualizado: 10:58 Hs.)
Quienes dejan su espacio habitual y se trasladan a otro con la intención de quedarse. Cambian de domicilio para cumplir un propósito. Adoptan una actitud nómade tras muchos años de sedentarismo. Todo esto, entre otras muchas más, es ser inmigrante. Ingresar a la facultad, se le parece bastante.
El debut suele ser lo más complicado. Ser de una comisión de primer año implica desconocer los códigos propios del lugar. No tener idea de cómo llegar al aula E7, dónde son más baratas las fotocopias o para qué lado está el río.
El hecho de sentirse como sapo de otro pozo incluye además llegar el primer día de clases vestido con un desconocimiento total de la moda imperante y, por si esto fuera poco, peinado a la usanza del pueblo. Es caer en la cuenta que, de repente, no se sabe nada de nada. Que uno tiene la mente en blanco. Que jamás aprendió algo siquiera en la escuela secundaria. Es, literalmente, sentir que ha aterrizado en otro planeta.
Ya en la intimidad, de regreso a la pensión o al departamento, cuando uno puede estar solo con sus pensamientos, se advierte un nuevo desafío. Lo privado, el mundo íntimo y personal se debe compartir con desconocidos. Porque, aunque en el mejor de los casos, se alquile con gente amiga, con ninguno de ellos se convivió antes. Y las diferencias que la gente suele presentar entre la apariencia pública y su identidad privada pueden ser desconcertantes.
Tras los primeros instantes de intercambio cultural (¿o choque violento?) con otros estudiantes y algunos profesores, uno cae en la cuenta que ingresar a la universidad, es, tal vez, el primer gran desafío que debe sortear en la vida. Una desconocida mezcla de adrenalina por la aventura de vivir fuera de casa y los temores típicos de cualquier gran metamorfosis.
Más de uno queda entrampado en los extremos. El dilema parece ser: “No me importa nada, ¡viva la vida loca!” o “¿Qué estoy haciendo acá?... no encajo… me deprimo… mejor armo las valijas”. Cualquiera sea la elección, los problemas no se hacen esperar. Que los extremos son malos, siempre nos dijeron. ¡Pero esta vez va en serio!
“La cultura universitaria está poblada de múltiples códigos que le son propios, el alumno ingresante es un inmigrante en esta cultura académica particular, y desde este lugar deberá empezar a descubrir y aprender a transitar un nuevo camino; el de ser un estudiante universitario”, dice la catedrática Paula Carlino.
Es decir, ir a la universidad –sobre todo cuando esto trae aparejado cambiar de domicilio- implica mucho más que un trabajo intelectual, ese que consiste en tomar apuntes, estudiar, hacer trabajos prácticos, monografías y rendir. Ser universitario es aprender a ser universitario. Es un verdadero viaje: el de entender qué significa llevar ese adjetivo en el cuerpo. Caer en la cuenta de los finos mecanismos que lo hacen funcionar.
Empezar la facu es ingresar a un nuevo territorio, ni del todo hostil ni del todo amistoso. Un campo que, felizmente, está en continua transformación, donde cada nuevo estudiante tiene el poder de introducir su estilo, sus variantes, su personalidad. Es un matiz poco difundido pero que puede resultar sugerente. Para no encasillarse en los tan trillados extremos que terminan condicionando al novel universitario.

Del interior a la capital en código documental

“La historia la contaremos a través de tres estudiantes universitarios de diversas carreras, que dejan su lugar o localidad natal para tener una profesión; cómo se adaptan o no a la nueva vida fuera de sus lugares de origen y cómo repercute lo afectivo y lo económico”, explica Patricia Corradini, estudiante de segundo año de Comunicación Social, en relación al documental que produce.
El trabajo busca imprimir una mirada cercana a la temática. “Nos interesa interpelar a los jóvenes que luchan por crecer y cumplir sus sueños. Relatar a partir de los protagonistas que se enfrentan a estos cambios, que deben valerse por sí mismos en todos los ámbitos ya que nadie se ocupará de decirles qué pueden o deben hacer o dejar de hacer”, afirma.
La terminal de ómnibus, la ruta, la parada de colectivos, la casa de cada joven, la facultad y el lugar de trabajo, son algunos de los escenarios elegidos para el documental que se encuentra en etapa de preproducción, en el marco del Taller de Especialización 1 Imagen.
“Es corriente oír en noticieros o leer en los periódicos notas sobre el bajo rendimiento de los ingresantes a la universidad y de la deserción existente en el ámbito, pero es necesario investigar el problema de fondo y no sólo anunciarlo y criticar a los estudiantes como los responsables”, propone Patricia.
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