SAN JUAN: NUEVOS DESTINOS

Renovadas experiencias en el valle

San Juan busca poner en valor nuevos destinos turísticos que se ubican desde el norte hasta el centro provincial. Son los departamentos Iglesia, Valle Fértil, Jáchal y Rawson, donde la arqueología se conjuga con un paisaje prístino.
Sábado 13 de Abril de 2013 | 09:16 Hs. (Actualizado: 09:16 Hs.)
COLANGÜIL. Para llegar a la localidad iglesiana, hay que pasar primero Angualasto y tomar la Ruta 407. El camino de acceso es complejo, pero el premio es una vista impagable. El pueblo parece detenido en el tiempo.
El distrito tiene un gran valor patrimonial porque en sus cerros se pueden observar petroglifos hechos por las culturas aborígenes que habitaron esos valles (VER COLUMNA). Además, al ingresar al lugar, se encuentra el manzano histórico, donde según cuentan, Cornelio Saavedra pasaba largas horas durante su exilio. El otro gran atractivo es el templo, uno de los más viejos de la provincia.

TUDCUM. En el mismo departamento, se ingresa por la Ruta 418. Una vez adentro, el verde de los paisajes y las pintorescas calles se conjugan para conformar un lugar en donde brillan las cualidades del campo. Uno de los grandes atractivos es un tambo caprino, en donde se establece contacto con los animales y se puede formar parte del proceso de elaboración de distintos lácteos.
En Tudcum la parroquia San Roque goza de una arquitectura única, que remonta a los turistas a las capillas de antaño. La comunidad aborigen también dejó su paso reflejado en la naturaleza y gracias al centro de interpretación de la Quebrada de Conconta, se pueden ver petroglifos aborígenes.

LA CIÉNAGA. La localidad está ubicada a 25 kilómetros de San José de Jáchal, a 10 kilómetros de Huaco, sobre Ruta 40. Por ley, su superficie de más de 9.600 hectáreas fue declarada Área Natural Protegida.
En el lugar pueden observarse formaciones geológicas de diferentes eras. En el río seco se encuentran caracoles así como helechos fosilizados que datan de más de 400 millones de años. Además, se hallan vestigios de asentamientos indígenas.
Según datos suministrados por el Ministerio de Turismo, cada vez más gente visita la localidad en busca de tranquilidad y motivados también por la riqueza arqueológica del lugar.

MÉDANO DE ORO. Se impone poco a poco como un refugio campestre en el medio de la ciudad. El lugar, en donde abunda la vegetación, se caracteriza por tener un clima único. Además de un bello paisaje, el distrito sorprende con sus artesanías y con la elaboración de embutidos caseros.
A pesar de que el acceso es sencillo, el Médano ofrece a los visitantes la tranquilidad del campo. En el lugar, los turistas pueden disfrutar de un fin de semana en alguno de los complejos de cabañas.

CHUCUMA. Se accede al pueblo por la Ruta 510 y el camino está en muy buen estado. En el pueblo se pueden ver petroglifos en los cerros, realizados por las culturas aborígenes que habitaban en Valle Fértil. Los trapiches crean un paisaje único, en donde el verde se mixtura con el agua cristalina del río y con los cerros colmados de vegetación. Otro de los destacados se encuentra en el Viejo Trapiche. Allí están las ruinas del antiguo pueblo minero que habitó la región.
Si bien aún no hay alojamiento, está permitido que los turistas acampen en el lugar. El municipio está buscando inversionistas interesados en este paisaje natural de incalculable belleza.
En Chucuma funciona una oficina de Información Turística, en donde hay atención permanente hasta las 23.

BALDES DEL ROSARIO. Para llegar a este destino se ingresa por la Ruta 510. El pequeño poblado está inserto en un oasis, donde se puede apreciar una variada vegetación. Su paisaje único se conjuga con la calidez de sus habitantes, quienes atienden al turista con dedicación.
La Municipalidad diseñó un circuito que se puede realizar caminando. El recorrido visita los lugares más hermosos del distrito y dura aproximadamente una hora. En Baldes del Rosario la gente se puede quedar tanto en carpa como también en pensiones.


Arte en la piedra

Los petroglifos (petro = piedra, glifo = talladura) son imágenes grabadas sobre piedra con distintos métodos: picado, rayado, incisión o desgaste (abrasión). Tienen antigüedades de miles de años y se los encuentra en todo el mundo. Fueron la manera que usaron nuestros antepasados para registrar hechos, visiones y contar historias. Utilizaron para hacerlos herramientas sencillas, como palos, piedras filosas o huesos.
Las imágenes grabadas transmiten ideas y significados sin necesidad de usar palabras, sonidos u otras formas de lenguaje. A este método primitivo de comunicación se le llama pictografía (escritura con imágenes). Es la base de los caracteres que se usan hoy en China, Japón y otros países. Los pueblos originarios norteamericanos y la civilización incaica no tenían lenguaje escrito. La manera que tenían de mantener vivas sus tradiciones e historia era pasándolas de padres a hijos en forma de relatos orales.
La escritura en base a imágenes (petroglifos y pictografías) resultó muy útil para adicionar una mayor capacidad de memoria a la cultura y para permitir la comunicación de ideas de una generación a otra.
Es común encontrar, junto a los petroglifos, artefactos antiguos que pertenecieron a personas de antiguas culturas de todo el mundo, que utilizaron ese registro sobre piedra para dejar un relato perdurable de sus vidas.
A diferencia de los jeroglíficos, los petroglifos generalmente no son un lenguaje, sino imágenes que cuentan una historia. Algunos marcan hechos históricos, otros hechos geológicos y algunos fueron realizados con propósitos rituales. Muchas veces los glifos se hicieron para dejar señalada una fuente subterránea u otro rasgo geológico.

EN SAN JUAN. En la arqueología argentina muy poco se conoce acerca de los habitantes de la Cordillera de Ansilta, población que vivió durante más de 2000 años (desde 1.798 a.C hasta 500 d.C.), uno de los períodos más extensos que se conocen en la historia de los pueblos precolombinos.
Investigadores del Instituto de investigaciones Arqueológicas de la Universidad Nacional de San consideran que esta cultura transcurrió sus días desde las altas cumbres andinas hasta los valles del este. No constituyeron una vida aldeana y su localización fue variando.
Sus manifestaciones estético-religiosas se evidencian a través de pinturas rupestres de estilo inconfundible y carácter simbólico, realizadas con tierras de colores y resinas vegetales, y por pequeñas esculturas que respresentan en su mayoría animales de la región, como sapos, lagartos, caracoles o ñandúes, que pueden conocerse en el Museo Arqueológico Mariano Gambier, distrito La Laja, Albardón. Allí se encuentran piezas extraordinarias, como la momia de Cerro del Toro.
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