CRONICA DE VIAJE

Travesía al Valle de las Lágrimas, un lugar épico

En este 2012 se conmemora el 40° aniversario de la reconocida “Tragedia de Los Andes”, un caso que impactó al mundo entero. De 45 uruguayos que volando hacia Chile a jugar un partido de rugby cayeron en plena cordillera, solo 15 lograron sobrevivir, haciendo hasta lo impensado por mantenerse en pie. Hace cuatro años llegué hasta el lugar del accidente, en el límite Mendoza-Chile. Intenté comprender mínimamente la lucha de aquellos héroes.
Lunes 16 de Abril de 2012 | 12:04 Hs. (Actualizado: 12:04 Hs.)
GABRIEL BALDI
gbaldi@eldiario.com.ar

Sin lugar a dudas, la afamada “Tragedia de Los Andes” tuvo y tendrá un impacto a nivel mundial pocas veces visto.
Signados por el estoicismo y el coraje, aquellos rugbiers del Old Christian’s Club de Montevideo pasaron a formar parte de las páginas doradas de la historia, luego de sobrevivir en condiciones infrahumanas durante 72 días, hasta lograr ser rescatados. Esos adolescentes, alcanzaron sus objetivos atravesando barreras impensadas, con el afán de continuar con vida “habitando” un sitio verdaderamente inhóspito, ubicado en plena Cordillera de Los Andes.
Impulsado por el ejemplo brindado por esos Charrúas y por ese acto manifiesto de superación constante, en enero de 2008 me deje llevar por los sentimientos y decidí cumplir un gran anhelo, como fue llegar al contemplativo lugar donde se estrellara el Fairchild Hiller FH-227 perteneciente a la fuerza aérea uruguaya.

LA TRAVESÍA. Desde la localidad de El Sosneado, del Departamento San Rafael, cercana a la ciudad de Las Leñas, en Mendoza, partí en una expedición rumbo al lugar. Tras recorrer en vehículo alrededor de 60 kilómetros por un sinuoso camino de tierra, divisando imponentes montañas, lagos de agua tenue y correntosos ríos, llegué hasta la “Laguna blanca” y ”Las termas de azufre”, donde se emplaza la estructura de un hotel abandonado, de mediados del siglo pasado.
Quizás con poca experiencia en la materia pero no con menos entusiasmo, al día siguiente de arribar a allí, monté un caballo y junto con dos compañeros más que hicieron lo propio, depositamos nuestra confianza en los equinos que nos llevarían hasta el sitio del accidente.
Guiados por un humilde baqueano, conocedor de la zona de vasta manera, viví un recorrido increíble, imposible de olvidar. Fue una cabalgata que demandó entre ida y vuelta, tres días y dos noches. A la mitad de la travesía, logré el objetivo de llegar al “Valle de las Lágrimas”. Disfrutando de paisajes mágicos, fueron aproximadamente 30 kilómetros los que transité en la inmensidad de la montaña, por senderos de cornisa, pasando por medios de ríos, piedras y hasta sectores con un césped notable, siempre dotado de un buen abastecimiento de comida y ropa, además protector solar.
En la primera jornada llegué hasta un improvisado refugio, donde instalamos nuestras carpas, hicimos fuego, cenamos a la luz de la luna radiante y pernoctamos. Mientras que, al día siguiente, continuamos viaje y llegamos hasta ese simbólico lugar que pretendíamos.
Una vez Gustavo Zerbino, uno de los sobrevivientes, supo decir: “en ese lugar el silencio aturde”. Yo comprobé que exactamente así era.
En el Valle de Las Lágrimas, donde existe un glaciar con el mismo nombre y donde permanece sepultado por el hielo y la nieve el fuselaje del avión, todavía hay partes del artefacto Charrúa, así como una cruz que recuerda a los 29 caídos en la tragedia, con muestras de fe que quienes han llegado al lugar, fueron dejando.
En esa montaña, la vida superó a la muerte. Hay una energía especial. La convicción, el trabajo en equipo y el sacrificio, fueron clave para que esos valientes jóvenes salieran airosos y hoy, sean 16 hombres que puedan contar la historia que vivieron. Idénticos valores se aplican a diario y fueron los que desde lo personal implementé para alcanzar mi meta, la de llegar al Valle de Las Lágrimas, un lugar épico.
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