El viaje
Jueves 16 de Febrero de 2012 | 11:20 Hs. (Actualizado: 11:20 Hs.)El viaje
¡Y me fui de vacaciones nomás! Después de un año que dejó más cosas que las que una mente -cuasi lúcida- puede procesar, armé mi monito y me fui sola por primera vez.
Organicé todo como para que nada le falte a este momento trascendental.
Me imaginaba en soledad mirando la caída del sol y meditaciones reveladoras con la luna como compañía.
Iba dispuesta a encontrarme conmigo misma.
En la farmacia compré además de unas pastillitas muy útiles a la hora de viajar, unos cuantos antiácidos efervescentes y un paquete -sí un paquete de 12 unidades- de pañuelitos descartables para cuando arranque el micro mis lágrimas no inundaran el transporte.
Lo cierto es que no necesité nada: el viaje fue perfecto, no tuve acidez y si derramé alguna lagrimita en algún momento, estaba dentro del mar así que no los necesité.
Después de 10 horas llegué.
Mi amiga estaba esperándome y no paramos un solo segundo de hablar. No es raro imaginarlo ¿verdad? la vida en dos minutos.
Me instalé. Ocupé mi lugar en su casa, ése sería mi hogar por los próximos días.
Desesperada por ir a la playa no desperdicié ni una tarde (ni mañana) así que después de almorzar y aunque el viento oriental azotaba con latigazos finos nos fuimos mate (y bizcochos) en mano al mar.
El mar, el mar… estaba lleno de gente: muchos sillones playeros, muchas sombrillas enterradas, mucho niñitos jugando a tirarse bolas de arena. ¡Qué lindo es este momento! (pensé) todo era genial, estaba de vacaciones.
Pasaron unos pocos días, salidas tranquilas y charlas de mujeres. De meditar ni hablar, unos de mis mayores propósitos no se estaba cumpliendo y los días pasaban rápidamente (qué rápido pasa el tiempo cuando estamos de vacaciones).
Procuraba levantarme temprano para presenciar la salida del sol o quedarme en la playa hasta tarde para alumbrarme con la luna. Ni una cosa ni la otra, me seducían más las cervezas y los chivitos que no me dejaban levantarme sino hasta el medio día los cuales estoy padeciendo hasta estos días: casi cuatro kilos de más.
La cosa es que me entregué al disfrute, al intercambio de riquísimas charlas femeninas, al encuentro con otras amigas y dejé de forzar la situación con la espiritualidad.
El último día y con la seguridad de alguien que conoce al dedillo la ciudad tomé un colectivo hasta el centro.
Eso sí fue meditar. Meditación dinámica podría llamarle. Estuve entre la gente escuchando sus acentos, su lunfardo maravilloso, viendo sus rostros ampulosos.
Recorrí a pie muchas cuadras, tomé un café en un bar. Observé, olí, oí.
Caminé las calles de una ciudad de un país muy parecido al nuestro pero algo diferente. Nadie me conocía, a nadie conocía yo.
Luego de despedidas con risas, la promesa de una vuelta pronta y sin tristezas volví.
Unos cuantos días después pensamientos nuevos comenzaron a ocupar mi mente. Pensamientos frescos, de colores, oxigenados.
Comprendí al fin que el objetivo del viaje se había cumplido.
A Carmen y Alicia
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¡Y me fui de vacaciones nomás! Después de un año que dejó más cosas que las que una mente -cuasi lúcida- puede procesar, armé mi monito y me fui sola por primera vez.
Organicé todo como para que nada le falte a este momento trascendental.
Me imaginaba en soledad mirando la caída del sol y meditaciones reveladoras con la luna como compañía.
Iba dispuesta a encontrarme conmigo misma.
En la farmacia compré además de unas pastillitas muy útiles a la hora de viajar, unos cuantos antiácidos efervescentes y un paquete -sí un paquete de 12 unidades- de pañuelitos descartables para cuando arranque el micro mis lágrimas no inundaran el transporte.
Lo cierto es que no necesité nada: el viaje fue perfecto, no tuve acidez y si derramé alguna lagrimita en algún momento, estaba dentro del mar así que no los necesité.
Después de 10 horas llegué.
Mi amiga estaba esperándome y no paramos un solo segundo de hablar. No es raro imaginarlo ¿verdad? la vida en dos minutos.
Me instalé. Ocupé mi lugar en su casa, ése sería mi hogar por los próximos días.
Desesperada por ir a la playa no desperdicié ni una tarde (ni mañana) así que después de almorzar y aunque el viento oriental azotaba con latigazos finos nos fuimos mate (y bizcochos) en mano al mar.
El mar, el mar… estaba lleno de gente: muchos sillones playeros, muchas sombrillas enterradas, mucho niñitos jugando a tirarse bolas de arena. ¡Qué lindo es este momento! (pensé) todo era genial, estaba de vacaciones.
Pasaron unos pocos días, salidas tranquilas y charlas de mujeres. De meditar ni hablar, unos de mis mayores propósitos no se estaba cumpliendo y los días pasaban rápidamente (qué rápido pasa el tiempo cuando estamos de vacaciones).
Procuraba levantarme temprano para presenciar la salida del sol o quedarme en la playa hasta tarde para alumbrarme con la luna. Ni una cosa ni la otra, me seducían más las cervezas y los chivitos que no me dejaban levantarme sino hasta el medio día los cuales estoy padeciendo hasta estos días: casi cuatro kilos de más.
La cosa es que me entregué al disfrute, al intercambio de riquísimas charlas femeninas, al encuentro con otras amigas y dejé de forzar la situación con la espiritualidad.
El último día y con la seguridad de alguien que conoce al dedillo la ciudad tomé un colectivo hasta el centro.
Eso sí fue meditar. Meditación dinámica podría llamarle. Estuve entre la gente escuchando sus acentos, su lunfardo maravilloso, viendo sus rostros ampulosos.
Recorrí a pie muchas cuadras, tomé un café en un bar. Observé, olí, oí.
Caminé las calles de una ciudad de un país muy parecido al nuestro pero algo diferente. Nadie me conocía, a nadie conocía yo.
Luego de despedidas con risas, la promesa de una vuelta pronta y sin tristezas volví.
Unos cuantos días después pensamientos nuevos comenzaron a ocupar mi mente. Pensamientos frescos, de colores, oxigenados.
Comprendí al fin que el objetivo del viaje se había cumplido.
A Carmen y Alicia
