LENGUAJE CORPORAL

Cuando me veas

La mirada de un hijo o de una hija, del compañero, de un amigo, de la madre, del jefe, de quien viaja a mi lado. Los ojos están por todos lados, buscan la manera de tocarnos desde la distancia. Los nuestros son también parte de este peculiar juego.
Jueves 16 de Febrero de 2012 | 11:11 Hs. (Actualizado: 11:11 Hs.)
Vivir en un pueblo o en una gran metrópolis es muy diferente en el universo de las miradas. Se mira más cuando los transeúntes portan nombre y apellido. Cuando la gente se reconoce por la calle va más atenta, está altamente entrenada en el oficio de identificar al que pasa a su lado.
Muchos motivos nos mueven a contactarnos visualmente: desde detenernos a intercambiar algunas palabras y desearle un sobrio buen día al vecino, hasta descubrir al otro en el paisaje y disimular, dar vuelta la cara cuando el otro comienza a mover los músculos de su mano para levantarla en un cordial a la vez que fallido saludo.
El truco de esquivar la mirada es un vicio muy usual en las pequeñas comunidades. Hay quienes tienen por costumbre reconocer al otro por la calle pero en lugar de surgirles un automático saludo, amistoso y socialmente esperanzador, se toman la molestia de hacerse los distraídos y evitar el choque visual directo.
Las miradas pueden usarse como mercancías. En el intercambio, uno puede salir ganando, quedar a mano o incluso perder todo su capital.
La transacción no genera ganancia cuando se topan dos miradas con idénticas intenciones: un mero reconocimiento social que no pasa de un recíproco gesto de cortesía.
Se gana cuando la inversión es moderada, se pone en juego un vistazo tipo medio (mezcla de fugaz y desinteresado) y a cambio uno se topa con unos ojos sin tiempo, que por algún motivo se interesaron en los nuestros. Es sabroso, uno se siente elegido entre la multitud. Pero cuidado: podría tratarse de un experto en estas artes visuales, de esos que entrenan para lograr un sentido de la vista de alta performance.
Estos profesionales se deleitan cuando en sus redes caen presas desprevenidas. Usan viejos trucos: globo ocular húmedo, párpado levemente caído, lento abrir y cerrar de ojos. Si alguien no puede bajarles la mirada, ellos ganan. Es como en la pesca con devolución. Ellos o ellas no pretenden nada más. Su victoria consiste en quedarse con ese minúsculo fragmento de comunicación no verbal y dejarte ir. Es efímero el goce pero irresistible.
Quien desee desarrollar una vista de águila puede incorporar las técnicas que proponen desde las revistas del corazón hasta los científicos con sus estudios de lenguaje corporal. En el plano de la seducción, los especialistas suelen tomar como caso de análisis miradas como las de George Clooney, para concluir: “Entornar un poco los ojos tensando los párpados inferiores (los músculos perceptibles) hasta que se levanten un poco, parpadear más lentamente que lo normal, esto transmitirá paz y sosiego a tu interlocutor, ayudará a lubricar mejor tus ojos presentándolos más brillantes e interesados”.
En el mundo de los negocios, también circulan tips para que nuestra manera de ver nos garantice el éxito. “Para entablar una buena relación profesional es mejor evitar una mirada directa, que pudiera intimidar al otro o mostrar un exceso de confianza. Lo correcto es imaginar un triángulo entre los ojos y la frente de la otra persona y dirigir a él nuestra mirada, lo cual crea una sensación de seriedad y franqueza. Entre hombres una mirada fija a los ojos puede ser interpretada como señal de agresión y una mirada de costado como deshonestidad. La mirada ideal debe proyectar entusiasmo, interés y humor”.

SENSIBLE A TUS OJOS. En las pequeñas sociedades donde todos se conocen si las miradas fuesen hilos existirían complejas tramas, cruzamientos anudados e interminables. La gente sale a pasear por la plaza después de misa. Lleva ropa nueva y algunos kilos de menos, fueron a la peluquería o volvieron de las vacaciones con un renovado color. Se producen para ser vistos. Para impresionar. En los pueblos somos todos, en alguna medida, voyeuristas (mirones): nos dan placer esos fragmentos consagrados a ser observados, a observar.
Somos muy dedicados al cuidado de las apariencias porque sabemos de los efectos despiadados de este tipo de comunicación no verbal. Somos vulnerables al reconocimiento de los demás. Nos importan esos juicios que vendrán por añadidura.
Las críticas están presentes en cada uno de estos actos oculares. Nos encanta enjuiciar al otro y sabemos que, como contrapartida, también seremos juzgados.
En mayor o menor medida esas observaciones nos tocan, somos sensibles a esas pupilas que reparan en nosotros. Aquí entra a tallar la autoestima, esa valoración de uno mismo que comienza a armarse en la temprana infancia, a partir de la mirada de la madre.
La comunicación que entablan los ojos maternales con su descendencia comienza a construir la identidad del nuevo ser, que podrá ser frágil o enérgica, melancólica o entusiasta, entre otras infinitas opciones. En un comienzo, somos esa mirada primera y el relato que de nosotros construyen nuestros mayores.

Con el tiempo, otros nos distinguen con intenciones diversas. Dicen que en el otro nos terminamos de conformar como sujetos, que somos seres de relación, por eso no podemos ser indiferentes a quienes nos rodean. Si cada mirada nos nutre, creo en la capacidad de volvernos permeables a los puntos de vista diversos, esos que nos presentan disyuntivas, nos ponen en crisis, nos hacen dudar.
Hacen bien los ojos que nos interpelan cuando están imbuidos de un sentido de igualdad, desde el entendimiento de que todos somos distintos pero ninguno superior. Y pienso también que ningún gurú puede enseñarnos a encontrar nuestra propia mirada, una ardua tarea que tal vez demande mucho más tiempo del que nos imaginamos.


Con los ojos en la canción

¿Qué ves? ¿Qué ves cuando me ves?
Cuando la mentira es la verdad.
(“Qué ves”, Divididos)

Una mirada no dice nada
y al mismo tiempo lo dice todo
como la lluvia sobre tu cara
o el viejo mapa de algún tesoro.
(“Una Palabra”, Carlos Varela)

Bendita la luz, bendita la luz de tu mirada
bendita la luz, bendita la luz de tu mirada
desde el alma.

Benditos ojos que me esquivaban,
simulaban desdén que me ignoraba
y de repente sostienes la mirada.
Bendito Dios por encontrarnos
en el camino y de quitarme
esta soledad de mi destino.
(“Bendita la Luz”, Juan Luis Guerra)

Y en otros ojos me olvidé de tu mirada.
(“Como un explorador”, Joaquín Sabina)

Hay miradas que sin dudas
dicen más que mil palabras
y que al verlas todas juntas
son como espejos del alma
hay miradas que cuando miran
son hirientes y lastiman
en cambio hay otras tan serenas
que consuelan y acarician
hay miradas insistentes, misteriosas, recurrentes
y las hay indiferentes, como las de tanta gente
hay miradas que ocultan verdades
que mucho dañan
y las hay que en la diaria lucha
fortalecen y acompañan.
(“Miradas”, Axel)

Tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada;
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro.
(“Te quiero”, Joan Manuel Serrat)
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