CUENTO
El ángel campanero
Sábado 13 de Agosto de 2011 | 10:30 Hs. (Actualizado: 14/08/2011 | 14:22 Hs.)Hubo una vez un ángel campanero
que usaba halo, pero no sombrero
y vivía, cual viven los querubes,
bajo el cielo azul, en una nube,
tocando, de tarde y de mañana,
-para marcar las horas, sus campanas-
Así se pasaba el día entero,
toca que toca, el ángel campanero;
no fuera que el sol no apareciera
o que acaso la luna se perdiera,
campaneando con la música más bella
para que se encendieran todas las estrellas.
Entre repique y repique, en cada día,
verdaderamente el ángel se aburría,
pues en serio no tenía otro trabajo
que controlar campanas y badajos.
Un mal día, tristísimo, lluvioso
y de entre tantos otros más tedioso,
el ángel, que –cual dije-, se aburría,
se asomó para ver qué sucedía,
recogiéndose prolijo el traje,
al borde de su nube hecha de encaje,
y, alumbrado por cristales de aguacero,
el ángel contempló el mundo entero
y vio redondita, y muy completa,
la Tierra, que es nuestro planeta.
Como tenía la vista muy aguda
pudo ver lo que quiso sin ayuda
y desde arriba mirando, así, las cosas
se decía que eran muy hermosas:
los bosques enjoyados de follaje
y los pájaros cantando en los ramajes;
animales recorriendo las praderas,
el invierno y también la primavera.
Vio lagos y ríos, las montañas
le resultaron simplemente extrañas,
tan quietas, pensativas y paradas,
siempre de espaldas, sin decirse nada.
Vio ciudades y pueblos con sus casas
y vio niños jugando por sus plazas;
escuchó las canciones de la brisa
y de la gente sus llantos y sus risas...
Allá en su nube, bajo el cielo abierto
el ángel sonreía muy contento
y cada vez que entre horas se aburría,
asomándose a mirar, se divertía.
Hete aquí la cosa en este estado,
preguntarán: -¿y,... colorín y colorado?
¡No, recién comienza un poco lento
a atarse el nudo del presente cuento!
Un día de calor del mes de enero,
distraído, el ángel campanero
tropezó, sin mayor delicadeza,
cayendo de la nube de cabeza...
Y en tal confusión no haciendo gala,
el pobre, de batir las alas,
fue que aterrizó, muy imprudente,
en una casa en que vivía gente.
En el momento en que esto sucedía
la señora y el señor aún dormían
y tenían de sueño para rato,
roncaban sus dos perros y tres gatos.
El ángel, a quien nadie había invitado,
sorprendido miró a todos lados,
acostumbrado a su nube tan lejana
hasta pensó que extrañaba las campanas
y, por primera vez puesto al empeño,
bostezó y sintió que tenía sueño...
Y como todo en la casa aún dormía,
durmió también para hacerles compañía,
acostándose –entre sábanas planchadas-
en una cuna que halló desocupada;
porque, saben, les diré una cosa:
la señora de esa casa, que era hermosa,
tenía en el alma una tristeza
y una idea fija en la cabeza,
ya que siempre anheló tener un hijo
y jamás con él la vida la bendijo;
así que cuando de esto se acordaba
la mamá, que no podía ser, lloraba.
Bien, volvamos al ángel en su cuna,
alumbrada y mecida por la luna,
durmiendo y soñando a pierna suelta,
plegada un ala y la otra abierta,
imaginando cosas tan bonitas
como pelotas, barriletes y bolitas.
Dios, -que es Santo pero tiene picardía-
dicen que, al mirarlo, sonreía
y solo de pensarlo, despacito,
las alas fue achicando de a poquito
y ese ángel, que alguna vez él fuera,
se hizo bebé cual si recién naciera.
Me dirán: -¿pues quién toca las campanas
de noche, de tarde y de mañana
si no existe ya el ángel campanero,
el que usaba halo pero no sombrero?
Les contesto: en la nube más lejana
sigue sonando, como siempre, las campanas
y en octubre, lo mismo que en enero,
las repica otro ángel campanero;
pero éste, aunque haga malabares,
aterrizará sólo en los altares
porque Dios con disimulo y con decoro
le ató las alas con un hilo de oro...;
¡¡y amarrado en un moño muy bonito
lo ha anudado a su Trono de infinito!!
Autora: Graciela L. Pacher Barbará
Libro: Los cuentos que cuenta el viento (Tráfico de Arte)
Ilustración: Carlos Asiaín
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que usaba halo, pero no sombrero
y vivía, cual viven los querubes,
bajo el cielo azul, en una nube,
tocando, de tarde y de mañana,
-para marcar las horas, sus campanas-
Así se pasaba el día entero,
toca que toca, el ángel campanero;
no fuera que el sol no apareciera
o que acaso la luna se perdiera,
campaneando con la música más bella
para que se encendieran todas las estrellas.
Entre repique y repique, en cada día,
verdaderamente el ángel se aburría,
pues en serio no tenía otro trabajo
que controlar campanas y badajos.
Un mal día, tristísimo, lluvioso
y de entre tantos otros más tedioso,
el ángel, que –cual dije-, se aburría,
se asomó para ver qué sucedía,
recogiéndose prolijo el traje,
al borde de su nube hecha de encaje,
y, alumbrado por cristales de aguacero,
el ángel contempló el mundo entero
y vio redondita, y muy completa,
la Tierra, que es nuestro planeta.
Como tenía la vista muy aguda
pudo ver lo que quiso sin ayuda
y desde arriba mirando, así, las cosas
se decía que eran muy hermosas:
los bosques enjoyados de follaje
y los pájaros cantando en los ramajes;
animales recorriendo las praderas,
el invierno y también la primavera.
Vio lagos y ríos, las montañas
le resultaron simplemente extrañas,
tan quietas, pensativas y paradas,
siempre de espaldas, sin decirse nada.
Vio ciudades y pueblos con sus casas
y vio niños jugando por sus plazas;
escuchó las canciones de la brisa
y de la gente sus llantos y sus risas...
Allá en su nube, bajo el cielo abierto
el ángel sonreía muy contento
y cada vez que entre horas se aburría,
asomándose a mirar, se divertía.
Hete aquí la cosa en este estado,
preguntarán: -¿y,... colorín y colorado?
¡No, recién comienza un poco lento
a atarse el nudo del presente cuento!
Un día de calor del mes de enero,
distraído, el ángel campanero
tropezó, sin mayor delicadeza,
cayendo de la nube de cabeza...
Y en tal confusión no haciendo gala,
el pobre, de batir las alas,
fue que aterrizó, muy imprudente,
en una casa en que vivía gente.
En el momento en que esto sucedía
la señora y el señor aún dormían
y tenían de sueño para rato,
roncaban sus dos perros y tres gatos.
El ángel, a quien nadie había invitado,
sorprendido miró a todos lados,
acostumbrado a su nube tan lejana
hasta pensó que extrañaba las campanas
y, por primera vez puesto al empeño,
bostezó y sintió que tenía sueño...
Y como todo en la casa aún dormía,
durmió también para hacerles compañía,
acostándose –entre sábanas planchadas-
en una cuna que halló desocupada;
porque, saben, les diré una cosa:
la señora de esa casa, que era hermosa,
tenía en el alma una tristeza
y una idea fija en la cabeza,
ya que siempre anheló tener un hijo
y jamás con él la vida la bendijo;
así que cuando de esto se acordaba
la mamá, que no podía ser, lloraba.
Bien, volvamos al ángel en su cuna,
alumbrada y mecida por la luna,
durmiendo y soñando a pierna suelta,
plegada un ala y la otra abierta,
imaginando cosas tan bonitas
como pelotas, barriletes y bolitas.
Dios, -que es Santo pero tiene picardía-
dicen que, al mirarlo, sonreía
y solo de pensarlo, despacito,
las alas fue achicando de a poquito
y ese ángel, que alguna vez él fuera,
se hizo bebé cual si recién naciera.
Me dirán: -¿pues quién toca las campanas
de noche, de tarde y de mañana
si no existe ya el ángel campanero,
el que usaba halo pero no sombrero?
Les contesto: en la nube más lejana
sigue sonando, como siempre, las campanas
y en octubre, lo mismo que en enero,
las repica otro ángel campanero;
pero éste, aunque haga malabares,
aterrizará sólo en los altares
porque Dios con disimulo y con decoro
le ató las alas con un hilo de oro...;
¡¡y amarrado en un moño muy bonito
lo ha anudado a su Trono de infinito!!
Autora: Graciela L. Pacher Barbará
Libro: Los cuentos que cuenta el viento (Tráfico de Arte)
Ilustración: Carlos Asiaín