IDENTIDADES ARTESANALES
Lo que se hace en Entre Ríos
Por las venas de esta provincia corren oficios antiguos, formas de trabajar las materias primas que da esta tierra y una búsqueda de belleza que va desde lo folklórico hasta maneras emergentes de expresión. Todo esto en una artesanía.
Sábado 9 de Julio de 2011 | 13:37 Hs.
(Actualizado: 13:37 Hs.)
Desde tiempo inmemorial, en Entre Ríos fluye sangre artesana. Desde los antiguos pobladores chaná timbúes, quienes a sus ollas y cazuelas las hermoseaban con aditamentos zoomorfos: las tradicionales cabecitas de loro, de puma o de algún otro animal de la fauna, para ratificar su pertenencia a este suelo.
Luego esa sangre se mezcló con el criollo y su trabajo rural. A él no le era suficiente idear un simple cuchillo y forró su cabo con tientos similares a cabellos y fue dibujando hasta lograr motivos como la trenza lomo de yacaré, que identifica tanto a Entre Ríos como a Corrientes.
A mediados del siglo XIX, el general Justo José de Urquiza convocó a los maestros plateros más renombrados para que con su cincel atendieran el gusto de la época por las prendas de plata para uso personal y para emperifollar el apero del caballo. El gobernante fundó en su residencia el primer taller de platería, la Escuela de Artes y Oficios.
El proyecto colonizador que impulsó el caudillo entrerriano dio como resultado que bajaran de los barcos inmigrantes suizo-franceses trayendo sus ruecas y telares de cuatro pedales. Ellos, desde el departamento Colón, acrecentaron el desarrollo de las artesanías textiles e imprimieron un sello a los tejidos entrerrianos que respetan el color natural de la oveja, combinando marrones, grises y naturales y formando guardas de gran simpleza.
El tiempo fue construyendo otros oficios: tejedores de fibras vegetales (isipó, palma caranday, totora, junco, espadaña, espartillo, chala de maíz, paja de trigo, mimbre); trabajadores de maderas como el álamo, el naranjo, el sauce y el paraíso; talladores de astas y piedras; hacedores de instrumentos musicales.
Entre Ríos no quedó al margen de los debates que en el terreno conceptual fue atravesando este campo de significaciones, que en los años 50 definía a la artesanía como una obra elaborada exclusivamente con materiales tradicionales y oficios ancestrales; una década más tarde debió incluir a la artesanía urbana, fruto de la combinación de técnicas rurales y materiales ciudadanos. Hoy incorpora un nuevo vocablo “la neoartesanía”, con el uso de materiales sintéticos, nuevas técnicas (como la vitrofusión) y una fuerte presencia del diseño orientado a las búsquedas contemporáneas, para la producción de joyería y juguetes, entre otros.
Uno de los últimos hitos en esta cronología aconteció en 2003, cuando se aprobó la Ley 9486, que fomenta la promoción y el desarrollo de la artesanía; reconoce al artesano como productor de elementos de significación cultural, comercial y artística; declara de interés provincial la actividad artesanal y crea la Comisión Provincial de Artesanías, como organismo de aplicación de esta normativa.
Quienes regresan de cada viaje con una artesanía entienden perfectamente lo que estas palabras están diciendo. Llevarse a la casa un objeto artesanal es quedarse con un tesoro, una pieza en la que puede resumirse la historia de un pueblo.
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Luego esa sangre se mezcló con el criollo y su trabajo rural. A él no le era suficiente idear un simple cuchillo y forró su cabo con tientos similares a cabellos y fue dibujando hasta lograr motivos como la trenza lomo de yacaré, que identifica tanto a Entre Ríos como a Corrientes.
A mediados del siglo XIX, el general Justo José de Urquiza convocó a los maestros plateros más renombrados para que con su cincel atendieran el gusto de la época por las prendas de plata para uso personal y para emperifollar el apero del caballo. El gobernante fundó en su residencia el primer taller de platería, la Escuela de Artes y Oficios.
El proyecto colonizador que impulsó el caudillo entrerriano dio como resultado que bajaran de los barcos inmigrantes suizo-franceses trayendo sus ruecas y telares de cuatro pedales. Ellos, desde el departamento Colón, acrecentaron el desarrollo de las artesanías textiles e imprimieron un sello a los tejidos entrerrianos que respetan el color natural de la oveja, combinando marrones, grises y naturales y formando guardas de gran simpleza.
El tiempo fue construyendo otros oficios: tejedores de fibras vegetales (isipó, palma caranday, totora, junco, espadaña, espartillo, chala de maíz, paja de trigo, mimbre); trabajadores de maderas como el álamo, el naranjo, el sauce y el paraíso; talladores de astas y piedras; hacedores de instrumentos musicales.
Entre Ríos no quedó al margen de los debates que en el terreno conceptual fue atravesando este campo de significaciones, que en los años 50 definía a la artesanía como una obra elaborada exclusivamente con materiales tradicionales y oficios ancestrales; una década más tarde debió incluir a la artesanía urbana, fruto de la combinación de técnicas rurales y materiales ciudadanos. Hoy incorpora un nuevo vocablo “la neoartesanía”, con el uso de materiales sintéticos, nuevas técnicas (como la vitrofusión) y una fuerte presencia del diseño orientado a las búsquedas contemporáneas, para la producción de joyería y juguetes, entre otros.
Uno de los últimos hitos en esta cronología aconteció en 2003, cuando se aprobó la Ley 9486, que fomenta la promoción y el desarrollo de la artesanía; reconoce al artesano como productor de elementos de significación cultural, comercial y artística; declara de interés provincial la actividad artesanal y crea la Comisión Provincial de Artesanías, como organismo de aplicación de esta normativa.
Quienes regresan de cada viaje con una artesanía entienden perfectamente lo que estas palabras están diciendo. Llevarse a la casa un objeto artesanal es quedarse con un tesoro, una pieza en la que puede resumirse la historia de un pueblo.
