OBRA MAESTRA
Un recorrido por la Capilla de San José
Sábado 2 de Julio de 2011 | 11:55 Hs. (Actualizado: 11:55 Hs.)Otro de los sueños realizados por el General Justo José de Urquiza es la construcción de la Capilla del Palacio San José. Para poder construirla tuvo que gestionar una licencia especial ante el Vaticano, ya que según las leyes canónicas estaba prohibido construir un templo en un terreno privado. El exitoso argumento, para conseguir la excepción papal, fue la lejanía que había entre el palacio y la iglesia más cercana.
Fue entonces, que en 1857, Urquiza toma contacto con el arquitecto Pedro Fossati con motivo de algunas construcciones que deseaba realizar en Concepción del Uruguay, en especial la nueva iglesia. Fossati, italiano nacido en 1827, que se había graduado en el Politécnico de Milán, uno de los centros más prestigiosos de Italia, decide construirla con una planta octogonal entendiendo que ordenaba mejor los espacios y se convirtió en una pequeña obra maestra. Dos años más tarde, fue consagrada por el Nuncio Apostólico Monseñor Marino Marini.
ESPACIOS
Fue diseñada con una fachada de composición casi plana ordenada por cuatro pilastras adheridas al muro, con decoración de querubines a los costados. La capilla se orienta de este a oeste, en un eje de simetría espejada. Desde la puerta principal se accede al espacio octogonal, cubierto con la impactante cúpula. Al oeste se ubicó altar y retablo, bajo un cupulín, con dos accesos secundarios a los laterales, que vinculan a las dependencias de servicio. A cada lado, y por pequeños espacios, se llega a dos habitaciones mayores, una el dormitorio del capellán, y otra el bautisterio y sacristía.
En el centro se abre una de las puertas de acceso, con un abanico de medio punto por donde se filtra la luz a través de vidrios de colores. El muro superior de la capilla sostiene una cúpula octogonal, con un tambor que permite también la entrada de luz a través de una claraboya de vidrios rojos. El exterior de la cúpula está revestido con azulejitos conocidos como “pas de Calais”, importados desde Francia, mientras el interior fue decorado –un poco a la manera de Miguel Ángel– con frescos del pintor uruguayo Juan Manuel Blanes, inspirados en pasajes de la Biblia.
DETALLES
En las aristas de la planta octogonal, colocó ocho columnas corintias próximas a los muros, cubriendo de esta manera los ángulos, generando una sensación de espacio circular. Tres de las caras del cerramiento contienen las tres entradas, al este, norte y sur.
En los muros ochavados de los laterales del altar, se ubicaron en lo alto los dos púlpitos, verdaderas obras de arte en el tallado de la madera y su policromía.
Los muros laterales del acceso principal contienen los palcos para escuchar desde su interior las ceremonias, con acceso por dos escaleras caracol, de bellísima factura de hierro fundido.
El coro, también de madera fue ubicado sobre el acceso principal, y junto a los palcos, formando una unidad compositiva. El altar de la capilla fue realizado en madera de cedro con aplicaciones de oro. La figura central muestra un San José con el Niño. En la parte superior de la bóveda del altar, tres figuras femeninas que representan las tres virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad.
Por otra parte, el solado fue cubierto con baldosas de mármol en damero blanco y negro, adquiridas de Italia, al igual que las tres pilas de agua bendita de mármol blanco con forma de conchas marinas, a la derecha de cada acceso.
Las habitaciones pequeñas contiguas a la capilla, fueron utilizadas para guardar los elementos de culto y la indumentaria religiosa. Una de ellas también se usó para confesionario. Las dos restantes, fueron utilizadas la de la derecha como bautisterio y sacristía, y la de la izquierda como dormitorio, con acceso exterior.
Además del retablo, sostenido por las columnas corintias, llama la atención el revoque de las paredes, realizado con polvo de mármol importado en barriles desde Italia, capaz de lograr un acabado perfectamente liso inexistente en cualquier otra construcción americana del siglo XIX.
La Pila Bautismal
En el templete del Palacio San José hay relicarios con huesos de santos, una piedra de las catacumbas romanas y hasta algunas astillas de la mismísima Santa Cruz del Monte Gólgota, todos regalos del papa Pío IX con su correspondiente certificado de autenticidad. Además, según documentos de la época, se acristianaron allí varios caciques indios. Pero la historia más increíble, aunque muy real, es la de una pila bautismal de mármol de Carrara instalada en el baptisterio. Su origen remite al año 1851, cuando el cónsul argentino Salvador Jiménez se encontraba en Roma por mandato de Urquiza. Además de diplomático, el cónsul era escultor y observó que en el Vaticano se estaba tallando una pieza de mármol que lo fascinó. Fue así que le pidió autorización al Papa para hacer una réplica de la pila bautismal y le envió a Urquiza una curiosa esquela que rezaba: “Sólo me detiene en Roma un objeto que en compañía de un bravo escultor estoy trabajando: es un recuerdo que mi reconocimiento y sincera amistad dedica a Vuestra Excelencia, único en su clase en esas partes de América. El Santo Padre, a quien le hablé de ese trabajo, se ha dignado con viva satisfacción admitir una copia”. La obra fue embarcada desde Génova hacia el Palacio San José el 2 de julio de 1857.
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Fue entonces, que en 1857, Urquiza toma contacto con el arquitecto Pedro Fossati con motivo de algunas construcciones que deseaba realizar en Concepción del Uruguay, en especial la nueva iglesia. Fossati, italiano nacido en 1827, que se había graduado en el Politécnico de Milán, uno de los centros más prestigiosos de Italia, decide construirla con una planta octogonal entendiendo que ordenaba mejor los espacios y se convirtió en una pequeña obra maestra. Dos años más tarde, fue consagrada por el Nuncio Apostólico Monseñor Marino Marini.
ESPACIOS
Fue diseñada con una fachada de composición casi plana ordenada por cuatro pilastras adheridas al muro, con decoración de querubines a los costados. La capilla se orienta de este a oeste, en un eje de simetría espejada. Desde la puerta principal se accede al espacio octogonal, cubierto con la impactante cúpula. Al oeste se ubicó altar y retablo, bajo un cupulín, con dos accesos secundarios a los laterales, que vinculan a las dependencias de servicio. A cada lado, y por pequeños espacios, se llega a dos habitaciones mayores, una el dormitorio del capellán, y otra el bautisterio y sacristía.
En el centro se abre una de las puertas de acceso, con un abanico de medio punto por donde se filtra la luz a través de vidrios de colores. El muro superior de la capilla sostiene una cúpula octogonal, con un tambor que permite también la entrada de luz a través de una claraboya de vidrios rojos. El exterior de la cúpula está revestido con azulejitos conocidos como “pas de Calais”, importados desde Francia, mientras el interior fue decorado –un poco a la manera de Miguel Ángel– con frescos del pintor uruguayo Juan Manuel Blanes, inspirados en pasajes de la Biblia.
DETALLES
En las aristas de la planta octogonal, colocó ocho columnas corintias próximas a los muros, cubriendo de esta manera los ángulos, generando una sensación de espacio circular. Tres de las caras del cerramiento contienen las tres entradas, al este, norte y sur.
En los muros ochavados de los laterales del altar, se ubicaron en lo alto los dos púlpitos, verdaderas obras de arte en el tallado de la madera y su policromía.
Los muros laterales del acceso principal contienen los palcos para escuchar desde su interior las ceremonias, con acceso por dos escaleras caracol, de bellísima factura de hierro fundido.
El coro, también de madera fue ubicado sobre el acceso principal, y junto a los palcos, formando una unidad compositiva. El altar de la capilla fue realizado en madera de cedro con aplicaciones de oro. La figura central muestra un San José con el Niño. En la parte superior de la bóveda del altar, tres figuras femeninas que representan las tres virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad.
Por otra parte, el solado fue cubierto con baldosas de mármol en damero blanco y negro, adquiridas de Italia, al igual que las tres pilas de agua bendita de mármol blanco con forma de conchas marinas, a la derecha de cada acceso.
Las habitaciones pequeñas contiguas a la capilla, fueron utilizadas para guardar los elementos de culto y la indumentaria religiosa. Una de ellas también se usó para confesionario. Las dos restantes, fueron utilizadas la de la derecha como bautisterio y sacristía, y la de la izquierda como dormitorio, con acceso exterior.
Además del retablo, sostenido por las columnas corintias, llama la atención el revoque de las paredes, realizado con polvo de mármol importado en barriles desde Italia, capaz de lograr un acabado perfectamente liso inexistente en cualquier otra construcción americana del siglo XIX.
La Pila Bautismal
En el templete del Palacio San José hay relicarios con huesos de santos, una piedra de las catacumbas romanas y hasta algunas astillas de la mismísima Santa Cruz del Monte Gólgota, todos regalos del papa Pío IX con su correspondiente certificado de autenticidad. Además, según documentos de la época, se acristianaron allí varios caciques indios. Pero la historia más increíble, aunque muy real, es la de una pila bautismal de mármol de Carrara instalada en el baptisterio. Su origen remite al año 1851, cuando el cónsul argentino Salvador Jiménez se encontraba en Roma por mandato de Urquiza. Además de diplomático, el cónsul era escultor y observó que en el Vaticano se estaba tallando una pieza de mármol que lo fascinó. Fue así que le pidió autorización al Papa para hacer una réplica de la pila bautismal y le envió a Urquiza una curiosa esquela que rezaba: “Sólo me detiene en Roma un objeto que en compañía de un bravo escultor estoy trabajando: es un recuerdo que mi reconocimiento y sincera amistad dedica a Vuestra Excelencia, único en su clase en esas partes de América. El Santo Padre, a quien le hablé de ese trabajo, se ha dignado con viva satisfacción admitir una copia”. La obra fue embarcada desde Génova hacia el Palacio San José el 2 de julio de 1857.
