OPINIÓN

Los mitos del equilibrio, la armonía y el consenso

Sábado 8 de Septiembre de 2012 Hs.
El “equilibrio ecológico” es un antiguo mito –legitimado por la Ecología clásica– sobre el funcionamiento de la naturaleza que supone que los ecosistemas tienen la propiedad de mantener la abundancia relativa de las especies que los integran más o menos constante a lo largo del tiempo, don que los conduciría naturalmente hacia la “estabilidad” (“balance numérico”), entendida como una “organización óptima”, también llamada “climax”. Sin embargo, a la luz de la interpretación de algunos fenómenos naturales que alteraban el supuesto equilibrio, desde hace más de 30 años se produjo un cambio de enfoque: “Existen perturbaciones naturales (incendios, erupciones volcánicas, huracanes, inundaciones) que causan la mortalidad de ciertas especies y la destrucción o transformación de hábitats, creando nuevas condiciones ecológicas en las cuales otras especies pueden vivir. Más aún, hay algunas especies que son especialistas en ocupar sitios recientemente perturbados, y que desaparecerían de un ambiente que no sufriera perturbaciones periódicamente” (1).
Esto es, una ecología más realista reconoce actualmente que, si bien hay sistemas naturales que pueden estar en cierta condición de equilibrio (el que rara vez es “estable”), también hay ecosistemas que naturalmente pueden permanecer en desequilibrio (es decir, con estructuras y funciones cambiantes a través del tiempo).
Las teorías de la deriva continental y la de tectónica de placas, que explican en términos geofísicos el desplazamiento de las masas continentales a lo largo de la historia geológica, parecen ser una prueba del “desequilibrio” que caracterizó al sustrato en el que evolucionaron los seres vivos a escala planetaria. Del mismo modo, el registro fósil de la fauna y la flora revela una “inestabilidad” numérica permanente entre las distintas especies que poblaron la Tierra: la gran diversidad de anfibios sobre finales del Paleozoico (Períodos Carbonífero y Pérmico), la dominancia de los dinosaurios durante el Mesozoico (y su extinción a fines del Cretácico), la explosiva expansión de los mamíferos y las angiospermas a mediados del Cretácico, constituyen grandes acontecimientos que tuvieron su correlato en extinciones, desplazamientos, retrocesos, reducción de hábitats, pérdida de nichos, etc. por parte de otras formas vivientes coetáneas. Hasta el período Cuaternario, por ejemplo, convivían en la llanura pampeana una gran variedad de gliptodontes, megaterios, mastodontes, esmilodontes, toxodontes, glosoterios, macrauquenias, entre otros gigantescos mamíferos, ninguno de los cuales sobrevivió a la gran extinción de fines del Pleistoceno (hace tan sólo diez mil años). Es decir, la historia de estos mega-mamíferos, al igual que la de muchos vertebrados, se desarrolló en el marco de apariciones de nuevas especies y extinciones de otras preexistentes, muchas veces en forma abrupta. Existen centenares de ejemplos similares en la historia de la vida sobre la Tierra. De acuerdo con una muy atendible hipótesis, la extinción de los dinosaurios se habría producido por las consecuencias del impacto de un enorme meteorito en la actual Península de Yucatán. Estos y otros eventos permiten ilustrar el constante desequilibrio, o desbalance numérico, que signó la historia evolutiva de los seres vivos. Entonces, ¿cuál sería hoy por hoy la fundamentación del equilibrio?

EVOLUCIÓN ACCIDENTADA. Un segundo mito, íntimamente asociado al del “equilibrio”, es el de “armonía”. Dice el eslogan: “antes de la Revolución Industrial el hombre vivía en armonía con la naturaleza”, pese a que no existe ningún tipo de prueba arqueológica o histórica que demuestre tal tipo de relación entre el hombre y la naturaleza. Más bien parece todo lo contrario: glaciaciones, sequías, inundaciones, fluctuaciones del nivel del mar, movimientos tectónicos, cambios en las temperaturas medias, erupciones volcánicas, extinciones masivas de especies de gran porte, desertificaciones, entre otros fenómenos, constituyen cambios en el ambiente que han acompañado la historia evolutiva del hombre. Por ejemplo, desde que la especie humana hizo su aparición en los comienzos del Pleistoceno (hace aproximadamente 2.5 millones de años atrás) se sucedieron en forma alternativa numerosos períodos glaciares e interglaciares (en intervalos de entre 40 mil y 100 mil años).
El hombre fue entonces testigo de las fases glaciales Donau, Günz, Mindel, Riss y, las más recientes, Würm (en Europa) y Wisconsin (en América), períodos que se correspondieron con etapas climáticas extremadamente frías. En ellas se produjeron acumulaciones de hielos continentales en porciones significativas de la superficie terrestre, las que llegaron a cubrir hasta el 40% de la misma.
A los efectos de la vida humana, o sea, la de una especie originaria de las sabanas tropicales de África, se trataba de ambientes claramente inhóspitos. ¡Vaya armonía! Aun en períodos de interfases, o de mayor “equilibrio”, nada hace suponer una relación armónica y virtuosa entre el hombre y la naturaleza sino, más bien, funcional y eficaz.

LAS COSAS POR SU NOMBRE. Por último, existe el mito del “consenso político”, promovido desde cierta oposición al gobierno nacional con la pretensión de ocultar las verdaderas tensiones y conflictos existentes en la República Argentina. Dado el carácter torpe, grotesco, de sus argumentos, conviene no abundar sobre el tema. Alcanza con señalar que una sociedad que presume de transformadora es necesario reinstalar el debate, confrontar, poner en blanco sobre negro los intereses antagónicos. Como en otras épocas: morenistas-saavedristas, federales-unitarios, peronistas-antiperonistas... En su libro “Litigio por la democracia”, Ricardo Forster señala al respecto: “El conflicto es enriquecedor, vitalizador, no genera discordia. Y opera al contrario de la idea de consenso, que no es el plus ultra de la democracia” (2), aunque Clarín lo presente provocativamente como “crispación”, “violencia” o “autoritarismo”.
Hay que llamar a las cosas por su nombre: como el equilibrio ecológico y la armonía con la naturaleza, el “consenso político”, en el sentido señalado más arriba, es una farsa. Una farsa promovida por quienes parecen no haber registrado que la dictadura iniciada el 24 de Marzo de 1976 finalizó, en toda su dimensión, hace mucho tiempo: el 20 de Diciembre de 2001.

(*) Docente. Facultad de Ciencia y Tecnología, Uader
(1) Sarandón, R. y L. Marone, 1993. El equilibrio ecológico y la problemática ambiental. En: Goin, F. y R. Goñi (eds.), Elementos de Política Ambiental, H. C. D., La Plata (p. 276).
(2) EL Diario, 03/07/12 (p. 10).
Ricardo Goñi (*)
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