ADICCIONES . Piden la redacción de un protocolo de abordaje

Preocupa el creciente consumo de drogas entre los más chicos

El alcohol mezclado con psicofármacos y la cocaína hacen estragos entre los más chicos, de modo prematuro, entre los 12 a 13 años. Y el sistema de atención tiene todavía algunas falencias. El principal, la falta de lugares acordes adonde tratar a los menores víctimas de adicciones.
Lunes 12 de Marzo de 2012 Hs.
Un guiño que en el mundo del consumo todos saben de qué se trata: marca un lugar adonde se venden drogas
Un guiño que en el mundo del consumo todos saben de qué se trata: marca un lugar adonde se venden drogas
“Nuestros gurises –dice el sacerdote Gustavo Mendoza-- están recontrametidos en el alcohol”.
“Nuestros gurises –dice el sacerdote Gustavo Mendoza-- están recontrametidos en el alcohol”.
El defensor Pablo Barbirotto reclama la redacción de un protocolo para abordar la problemática de las adicciones
El defensor Pablo Barbirotto reclama la redacción de un protocolo para abordar la problemática de las adicciones
El consumo de drogas entre los adolescentes no deja de crecer: el dato lo demuestra un análisis de tendencia que realizó el Observatorio Argentino de Drogas en base a los resultados de las encuestas hechas a estudiantes secundarios de todo el país entre 2001 y 2009. Esa tendencia se ve con mayor nitidez en el consumo de marihuana, por ejemplo, que pasó del 3,5% al 8,4%.
En Paraná, el consumo crece de modo expansivo, y se muestra con mayor crudeza en los barrios, donde el porro compite con los psicofármacos mezclados con alcohol entre las preferencias de los más chicos. En 2010, una encuesta hecha entre los pacientes que llegaron a las guardias de los hospitales, y que alcanzó a 3.700 personas, reveló que la escala de consumo la sigue encabezando el alcohol, seguida por el tabaco y, en tercer lugar, los psicofármacos. Luego la cocaína, y después la marihuana.
En 2011 el panorama no cambió de modo alguno: el 70,7% de las chicas y el 68,5% de los varones adolescentes consume alcohol, según un sondeo de la Secretaría de Lucha contra las Adicciones de Entre Ríos. Después del cigarrillo, la marihuana es la droga más consumida entre los chicos, con un 7,07%, aunque en las mujeres es más bajo, del 2,24%. Pero en lo que están casi parejos es en el uso de medicamentos sin recetas, que luego mezclan con alcohol: 3,5% para las chicas, 4,09% para los varones.

CÓMO LLEGA. Pablo Barbirotto, defensor de Menores, tiene una estadística propia que explica el fenómeno de lo que apresuradamente a veces se menciona como sensación de inseguridad asociado con actos delictivos, y que involucra a los más jóvenes. Dice que de cada 10 chicos que comete hechos delictivos, con edades que van de los 16 a los 17 años, en 9 casos la situación deriva de la droga.
“Generalmente, se trata de robos de celulares o de carteras, algo de lo que después pueden deshacerse rápido, intercambiándolo por sustancias psicoadictivas. No sólo hablamos de cocaína, sino que la vedette de todo esto son los psicofármacos mezclados con el alcohol. En las charlas que mantengo con los que llegan a la Defensoría, te cuentan cómo funciona el mercado, dónde se vende, cómo lo consiguen. Y lo que te cuentan es que se han roto los códigos en los barrios. Antes, nunca se le vendía droga al chico que era del barrio, y tampoco se robaba adentro del barrio. Hoy en día la gente que vende droga le vende al propio barrio, e incluso a los más chicos”, dice Barbirotto.
Pero, ¿cómo se construye la cadena?
El defensor lo explica así: primero la droga llega al chico de modo casual, sin compromiso, gratis, pero después, cuando aparece cierta adicción, ahí es donde aparece la transacción, la venta.
“¿Cómo podemos detener este circuito? Si hay robo de celulares, es porque después alguien lo compra, o lo reduce. Hay un circuito de negocios de celulares robados. Además, en los barrios se sabe quién vende, pero nosotros no podemos llegar porque no tenemos el dato, no hay denuncia, porque si hay denuncia, hay también riesgo de represalias”, apunta Barbirotto.
Como se ve, los eslabones de esa cadena resultan difíciles de romper.

EN LOS BORDES. Acá, dice el sacerdote Gustavo Mendoza, párroco de Nuestra Señora de Guadalupe, de La Floresta, el drama es lo complejo del negocio de la venta de drogas.
“Nuestros gurises son víctimas de todo eso. En el barrio sabemos bien quién vende, quién es el gran metedor, quién es el kiosquito, y quiénes son los que vienen a comprar. Nosotros lo vemos”, describe.
En La Floresta, los alrededores, el cordón pobre que se hunde en barrio San Martín, Antártida Argentina, Humito, “se consume de todo, pero lo más común es el porro. Y el alcohol, que lamentablemente no es pensado como droga. El alcohol es el preámbulo para caer en otras cosas. Y desgraciadamente, nuestros gurises están recontrametidos en el alcohol. Uno ve, y sabe, y ha tenido la posibilidad de hablar con gente que vende, de visitarlos en la casa, pero es muy compleja la realidad. El que vende se mantiene con eso. Así, no es que uno acepte la realidad, sino que al final trata de sobrellevar las cosas, y cuidar a la gurisada, que es víctima, y tratar de abrirle la cabeza a los otros”.
Otro sacerdote, Miguel Velazco, párroco de San Roque, dice algo parecido: que la droga está a la vuelta de la esquina, que da zarpazos donde más duele, entre los más chicos, pibes de 11, 12 años.
“En esa franja está el problema. Se ve mucho el consumo entre los chicos, y lamentablemente, vemos que en los padres hay como una negación, una actitud de indiferencia. Yo no he tenido nunca un planteo explícito de padres con respecto de los chicos. No les llama la atención a nadie. Se ha vuelto como algo común, y creo que esto se agudiza”, dice.
El psicólogo Mario Sarli explica que la falta de atención de los mayores en torno a los menores tiene que ver con una peculiaridad de estos tiempos: la acentuada permisividad.
“Hay facilidad para el acercamiento y contacto con las sustancias legales tanto como las ilegales. Los mecanismos de protección o límites están debilitados desde el hogar. Hay una generalizada merma de la palabra de las autoridades, desde los padres, docentes, y cualquiera otra expresión de autoridad. Se observa con qué ligereza los jóvenes desafían a los policías, particularmente en los barrios. Este comportamiento nos habla de la flaqueza de los límites”, asevera.
El alcohol está a la cabeza entre las preferencias de los jóvenes, le sigue el cigarrillo, y después los fármacos automedicados, y por detrás, la marihuana, la cocaína, y otras drogas, enumera Sarli.
En esa enumeración coincide la subcomisario Carolina Rivero, a cargo de la División Minoridad de la Policía de Entre Ríos. “Vemos mucho consumo de alcohol, a veces mezclado con pastillas, y en chicos de muy corta edad, a partir de los 14 ó 15 años. Eso, a veces, lleva a determinadas conductas delictivas por parte de estos menores”, afirma.

QUÉ HACER. Enterados de qué es lo que ocurre con los jóvenes y sus juergas, el segundo paso es ver qué se hace, cómo se los trata, de qué modo los mayores tratan a esos menores doblegados por el consumo en exceso.
El defensor Barbirotto plantea la necesidad de ocuparse del asunto de modo más amplio: no sólo espantarse.
“Hay que ocuparse del tema de las drogas. Tenemos que empezar a trabajar ya. Por ejemplo, no tenemos en la provincia un dispositivo para atender chicos menores de 16 años para poder internarlos. Uno ve el peregrinar de las madres que piden internación para sus hijos. Nos cuesta muchísimo internar a una persona por una cuestión de adicciones. Y para internarlo, hay que trasladarlo fuera de la provincia. Eso es agravar la situación, porque lo alejas de su medio. Es además carísimo lo que cuesta internar, para un tratamiento mínimo de un año”, indica.
Envueltos en los estragos del “corajín”, como dicen los chicos cuando consiguen pasar al limbo, o extasiados con la “rivoleta”, la acepción barrial que alude al Rivotril, un psicofármaco que al mezclarlo con alcohol, envalentona a los chicos lo suficiente como para salir a robar.
Y así empieza una cadena: el robo les genera recursos, y esos recursos los invierten en más consumo.
El defensor insiste. “No tenemos un lugar adonde podamos contener al chico. Muchas veces el chico está en una situación de exaltación por su adicción, y no hay lugar para contenerlo. Esto no ocurre de día, ocurre de madrugada, y se lo deriva al hospital, pero en el hospital San Roque, por ejemplo, no hay psiquiatra de turno, y no lo pueden compensar. Están fallando los engranajes. Lo ideal sería tener un lugar adonde al chico se lo pueda contener, en un plazo de 72 horas, y evaluar qué es lo más conveniente”, explica.
Para sortear esos imponderables, y evitar la coyuntura permanente, Barbirotto reclama la redacción de un protocolo para el abordaje de los casos de adicción en menores, tal como se hizo para los casos de abuso en la provincia. “Ese protocolo deberá decirnos qué hacer, y cómo hacerlo”, indica.
El psicólogo Sarli acuerda en la necesidad de ese protocolo “que unifique y garantice a las instituciones especialmente a la Justicia y a los servicios sanitarios”.
“El sistema sanitario aún no ha resuelto que sus profesionales estén más cerca del ámbito comunitario, donde vive el paciente y se conecten con la realidad familiar y social del futuro paciente”, postula Sarli.


Qué dice la ley

“Las adicciones deben ser abordadas como parte integrante de las políticas de salud mental. Las personas con uso problemático de drogas, legales e ilegales, tienen todos los derechos y garantías que se establecen en la presente ley en su relación con los servicios de salud”, establece el artículo 4º de la Ley de Salud Mental N° 26.657.
Y al considerar la atención de las adicciones como parte de la atención en salud mental, establece las mismas restricciones. La principal, la limitación de las internaciones compulsivas. “La internación es considerada como un recurso terapéutico de carácter restrictivo, y sólo puede llevarse a cabo cuando aporte mayores beneficios terapéuticos que el resto de las intervenciones realizables en su entorno familiar, comunitario o social”, señala la norma.
Pero aporta otro dato: la ley dice que la internación “debe ser lo más breve posible, en función de criterios terapéuticos interdisciplinarios. Tanto la evolución del paciente como cada una de las intervenciones del equipo interdisciplinario deben registrarse a diario en la historia clínica. En ningún caso la internación puede ser indicada o prolongada para resolver problemáticas sociales o de vivienda”.
Al respecto, el psicólogo Mario Sarli recuerda la existencia de esa ley, que, asegura, “marca un camino ético y científico, asociado profundamente al respeto de los derechos humanos de las personas afectadas y sus familiares. El sistema sanitario, especialmente sus profesionales: deben cumplirla”.
Ricardo Leguizamón
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