Historia e historias del Cementerio de la Santísima Trinidad

Los hijos de Cronos

Resulta casi una paradoja. En la ciudad de los muertos, permanecen vivos algunos estilos arquitectónicos, que en la ciudad de los vivos fueron asesinados con la piqueta. En siete hectáreas en las que se extiende el Cementerio de la Santísima Trinidad, de Paraná, se concentran historia, arte y situaciones extrañas.
Domingo 8 de Enero de 2012 Hs.
El dios Cronos destruye todo cuanto toca.
El dios Cronos destruye todo cuanto toca.
Siete hectáreas. Adentro hay seiscientos panteones, dos mil placas recordativas e incontable cantidad de lápidas, nichos, urnarios y tumbas de tierra. Siete hectáreas. En esa superficie los ricos tienen la posibilidad de su ostentación fuera de hora y los pobres atraviesan la última de las marginaciones. Los mármoles de Carrara que rematan las cúpulas de construcciones con firmas italianas y las cruces de cemento que brotan de la tierra se miran desde lejos. Manteniendo la misma distancia con que se miraban sus moradores aunque el infinito hoy los iguale. La vida prometida por las religiones o la nada no reparan en detalles de arquitectura. Como quiera que sea, el Cementerio Municipal de la Trinidad encierra en sus siete hectáreas un mundo de formas, donde la piqueta no se animó a hacer su paseo de destrucción, tan frecuente en el resto de la ciudad.

SOBREVIR. En la ciudad de los muertos están vivos algunos estilos arquitectónicos que en la ciudad de los vivos alguien se encargó de matar. El arquitecto Carlos Menu Márque confirma que hay muchos estilos que sólo perviven dentro del límite del cementerio, y como ejemplo de ello se remite a las primeras construcciones de esta necrópolis, creada en el año 1826.
“Mientras en la ciudad hay solo dos casas de ese período, ubicadas en calle Ameghino, paralelas al arroyo Antoñico, antes de llegar a Estrada, en el cementerio hay una gran cantidad de construcciones que representan ese momento de la vida de Paraná, época del gobernador Sola”, dice el arquitecto en respuesta a una pregunta del cronista. “Queda mayor cantidad de patrimonio dentro del cementerio que afuera”, sintetiza. La misma situación se repite con respecto a las construcciones levantadas en momentos en que Paraná era capital de la Confederación Argentina: en el cementerio hay una importante muestra de panteones de esa etapa de la historia, cuando en la ciudad sólo se mantienen en pie el antiguo Senado (Colegio del Huerto) y la casona de San Juan y Uruguay.
El mayor testimonio surge en 1850 y en la posterior época de apogeo, 1880, cuando la ciudad suma a su patrimonio edificios eclécticos y monumentalistas, como la Escuela Normal, la Catedral, la Casa de Gobierno. Al ritmo de estas obras, en el cementerio fluyen los panteones de espacios reducidos pero de gran altura, con estatuas, vitrales que revelan que Paraná tuvo talleres de arte funerario de gran jerarquía. Hay seis panteones iguales que fueron edificados por el constructor Storti, el mismo que con Fasiolo edificó la sede de la Biblioteca Popular del Paraná.
La mayor mutilación que sufrió el cementerio se produjo en los primeros años del siglo XX, cuando dinamitaron la capilla original, una pieza de la arquitectura clásica, copia fiel del Panteón de París. “Hay peligro de derrumbe”, se explicó antes de poner fin al problema de una forma tan simple como lamentable.

MENSAJES. El cementerio pone al hombre de cara al misterio que plantea su propio destino. Y surge la necesidad por expresar ideas, sentimientos, testimonios. El cementerio pasa a ser un espacio que se llena de simbologías y de ritos. Hay figuras sorprendentes; algunas arrancan escalofríos y otras siembran curiosidad.
En el sector de los nichos, una placa de bronce muestra sobre relieve una moto tirada al costado de una ruta. Sobran las palabras. A pocos metros, un panteón es custodiado por la figura de un viejo alado. En cada extremo hay calaveras con dados marcando el número cinco. Por otras avenidas internas se pueden descubrir antorchas con las llamas hacia abajo, que simbolizan la muerte; esferas que aluden a la eternidad; paños caídos sobre urnas, que dejan la sensación amarga del abandono; clepsidras y relojes de arena marcando el paso del tiempo rumbo a un final inexorable. Con mucha atención se puede dar con un par de husos y tijeras semiabiertas, que representan la vocación de las tres parcas: Cloto, que hilaba el hilo de la vida; Laquesis, que lo enrollaba en el huso, y Tropos, que lo cortaba sin piedad.
También hay ritos marginales. Excluidos de la creencia oficial y expulsados a la noche, donde nadie mire, donde nadie prohíba. “Hay tres lugares en el cementerio donde es frecuente la realización de prácticas rituales de algunas sectas: en la cruz mayor y en dos panteones del sector más viejo del cementerio”. La explicación corre por cuenta de uno de los empleados más antiguos del cementerio, quien además fue sereno nocturno durante dos años. El mismo sorprendió una vez a un grupo de personas en pleno ritual. “Eran personas que habían encendido varias velas y dispuesto una mesa servida, con comida y whisky. Todos fumaban cigarros”, dice mientras enseña el lugar con cajones que dejan ver un par de tibias y otros huesos sueltos.
“Hemos encontrado sapos estaqueados con la boca cocida –dice el hombre con tono acostumbrado–. Cuando vemos eso, nosotros le abrimos la boca y le sacamos la foto que llevan adentro. Dicen que es un ritual para que el tipo de la foto se muera… pobre desgraciado”.
Gregoria Quiroga se dedicó por cuatro décadas a limpiar panteones y mantener atendidos los floreros de los nichos. “Desde que se iluminó el cementerio se ven menos cosas, pero antes todos los días, especialmente los miércoles, cuando llegábamos veíamos velas y mesas con comida y buenas vajillas y botellas de whisky”, coincidió la mujer. Otro agrega sorprendido que las velas tienen forma de ataúd y que la semana pasada frente a la cruz mayor había una bandeja con lechón.
El cementerio también tiene habitantes a quienes alguna placa otorga el carácter de ilustres: soldados de la Batalla de Caseros, constituyentes de la Convención de 1853, luchadores de la Guerra del Paraguay, expedicionarios al desierto, un vicepresidente de la Nación, ex gobernadores e intendentes. Una placa ubicada en un panteón en forma de templete, que pertenece a Ventura Rams y Rubert, recuerda que en el año 1965 fue declarado histórico porque allí estuvieron depositados los restos del virrey del Río de la Plata, Santiago Liniers. No hay, en cambio, nada que indique que en ese mismo espacio subterráneo, hace una década, un grupo de mujeres atendía a sus clientes que iban en busca de atenciones sexuales a cambio de una tarifa. Los empleados del cementerio confirman la versión, pero se apuran en señalar que ahora eso no ocurre.
El cementerio es un espacio de historia por todo lo que dice, todo lo que calla y todo lo que impone. En 1994, alumnos del Profesorado de Ciencias Sociales estudiaron los epitafios y mensajes tallados en las lápidas que datan desde los primeros años del cementerio hasta finales del siglo XIX. Desde los mensajes inscriptos en las tumbas, la misma sociedad imponía el valor de la fidelidad como virtud de las mujeres, fue una de las conclusiones del trabajo.
Ya es de tarde en el cementerio. Una campana desperdiga su sonido que anuncia el dolor de una multitud que avanza detrás de un féretro. El ritual de la muerte se repite. El cementerio está más vivo que nunca, sumando una historia a sus 185 años de existencia.



Un tardío camposanto

El tiempo, la muerte, el dolor. Y también todo lo que conlleva la inagotable necesidad que tiene el ser humano de recibir consuelo: el alivio, el bienestar y la vida eterna que enseñan a desear las religiones. Todo eso está representado en cementerio de Paraná.
El Cementerio de la Santísima Trinidad se creó a partir de una ley provincial del 13 de noviembre de 1824 que autorizaba la fundación de cementerios. Hasta entonces en las ciudades de esta provincia la sepultura de cadáveres junto a las iglesias era una práctica común y aceptada.
En Paraná el cementerio estaba ubicado detrás de la vieja iglesia matriz, sobre el terreno que hoy ocupa la Catedral Metropolitana. Tal fue la morada de los paranaenses hasta 1826.
Puede decirse que el Cementerio de la Trinidad fue un tardío camposanto católico que se creó para dar sepultura a los paranaenses según los ritos de la Iglesia romana, en un momento en que la idea de secularización estaba extendida en todo el país y era impulsada por el Gobierno central de Rivadavia.
En Paraná, esa instancia se dio recién en el gobierno de Racedo, cuya gestión se extendió entre 1883 y 1887.



El viejo que asusta

Soberbio como la muerte, seguro como el destino. Así mira desde arriba el viejo alado de barba larga y pose suficiente. Desde la altura domina todo y por eso mantiene el gesto sereno y tan humano que arranca escalofríos a los propios humanos.
Sentado al borde de la cornisa, ve pasar a los mortales por la calle interna del cementerio. Intimida con su seguridad, más aun que las ocho calaveras y ocho cruces de tibias que custodian su morada altiva y silenciosa. De esa manera, el dios Cronos reina desde un panteón construido en 1918.
Cronos es el dios del tiempo en la mitología grecorromana. Eso explica su figura de anciano, casi descarnado y seco, y que mucha veces de lo represente con una hoz. El hecho de que Cronos engulla a sus hijos apenas nacidos, por el temor a perder su reino, suma la idea de final trágico cuando todo queda en manos del tiempo.

(Fragmento del libro “Ciudad Infinita. Historia, arte y leyendas en el Cementerio de la Santísima Trinidad”, escrito por el autor de esta misma página de EL DIARIO)
Jorge Riani
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