Oficios terrestres

Vivir en el medio de dos hectáreas de fierros

Hugo tiene un desarmadero de máquinas agrícolas y se dedica a comprar tractores y cosechadoras, la mayoría quemadas, para luego vender las partes que aún sirven. La empresa familiar, fundada por su padre, es una de las pocas que existen en todo el país. Estuvo a punto de cerrar tras sufrir dos robos.
Jueves 13 de Octubre de 2011 Hs.
Hugo Plez está al frente de un emprendimiento que tiene 40 años y que fundó su padre.
Hugo Plez está al frente de un emprendimiento que tiene 40 años y que fundó su padre.
Vivir en el medio de dos hectáreas de fierros
Vivir en el medio de dos hectáreas de fierros
Vivir en el medio de dos hectáreas de fierros
Vivir en el medio de dos hectáreas de fierros
Es muy difícil mantener una charla. Son las cinco de la tarde y no para de atender el teléfono celular. Hugo Plez está al frente de un emprendimiento que tiene 40 años y fundó su padre. El paisaje es oscuro. Se trata de dos hectáreas repletas de chatarras de maquinaria agrícola. La mayoría de ellas llegaron a ese lugar, que se ubica en la Ruta 12 kilómetro 432 –camino a San Benito–, en estado calamitoso.
El hombre administra lo que sería un clásico desarmadero. Pero no es tan clásico, por el contrario, es bastante particular. El rubro no abunda en el país. Más adelante va a decir que, aparte del de él, sólo hay dos en el rubro: uno en provincia de Buenos Aires y otro en Colón.
Hugo atiende a EL DIARIO en un inmenso galpón que en su interior intentó hacer una oficina delimitada por paredes de chapas. Allí, sobre una mesada de madera, que aparenta tener los mismos años que la empresa, se apoyan papeles sueltos. Hay imágenes de camiones viejas y nuevas. Algunas de ellas encuadradas.
A pocos metros, dos pequeñas grúas llevan y traen pedazos de tractores y desmalezadoras comidas en gran parte por el fuego.
Esas máquinas deberán ser desarmadas y luego separados los repuestos, cuyas partes pueden servir para luego venderlos. Lo demás queda como fierro viejo, también para la venta. La chatarra las llevan empresas de Buenos Aires para fundirlas y hacer caños laminados. El kilo de hierro tiene un valor de 50 centavos.

Reponer. “Mi papá empezó a trabajar acá en el año 70 hasta el 90, donde decidió parar y nos dejó a nosotros: a mí y a mi hermano Sergio. Después nos separamos y me quedé yo solo con este laburo. No es mucho misterio: se compran máquinas y se desarman”, relata Hugo.
Las máquinas que llegan a ese lugar están en su mayoría quemadas. “El problema que se viene dando este último tiempo tiene que ver con la soja. Una mínima chispa sobre los agroquímicos, que son muy inflamables, te produce un incendio en una hora”, explica. Y agrega: “Muchas veces se queman las máquinas en su totalidad”.
Una vez que la cosechadora queda en desuso se la ofrecen a Hugo, quien le pone un precio. “El valor de lo que queda de la máquina tiene que ver con la marca y el modelo. Hay muchas que son tan viejas que no se les puede sacar un repuesto para después vender”, se explaya. Las máquinas rondan entre los 15 mil y 30 mil pesos. “Sucede que cuando se queman, los dueños hacen la denuncia y se las repone el seguro. La que se quemó me la venden y le sacan unos mangos”, describe.
El hombre no tiene una estimación acerca de la cantidad de máquinas que tiene a su alrededor. Nunca se puso a pensar. Ante la pregunta, el único dato que tiene es que el predio tiene casi dos hectáreas y el galpón es de 30 por 30 metros. En el fondo hay estantes gigantes de unos 15 a 20 metros con diferentes repuestos. Los mismos, a diferencia de todo lo demás, parecen tener un orden. Arriba, a modo de subsuelo, tiene un arsenal de cubiertas de todos los rodados, marcas y especies. También están a la venta.
Las mejores épocas son las de cosecha, preferentemente entre febrero y mayo. “Por mes deben entrar dos o tres máquinas quemadas”, calcula. Ante la procedencia de sus clientes, Hugo describe que “vienen de todo el país. Te diría más, son los menos los entrerrianos”.

Arrepentido. Hace un año, dos hechos hicieron repensar a Hugo sobre la continuidad de estar al frente del particular desarmadero. Fue cuando cuatro delincuentes armados lo asaltaron y le robaron una suma cercana a los 30.000 pesos. Luego tuvo otro suceso similar. Pero los hijos, que en diferentes eslabones forman parte de la empresa, lo convencieron de que siga.
El teléfono sigue sonando y Hugo, por cortesía, decide no atender y sigue con los periodistas. Se despide y acompaña a al cronista y reportero gráfico de EL DIARIO hasta la puerta del galpón. De camino hay unos discos de arados, que también están a la venta. “Mucha gente los viene a buscar para cocinar”, reseña. Empieza a caer la tarde y sus dos colaboradores llevan y traen fierros. Él los dirige y pregunta cuando va a salir la nota.


Los que ven otra cosa
En su mundo metálico y abigarrado, el desarmadero hace gala de un desorden con lógica. Allá los batidores, algunos herrumbrados, otros con su color natural o algo de la pintura que supo exhibir en sus mejores tiempos. Los elevadores, pulverizadores, y los discos de arado. Los discos constituyen un atractivo aparte, la vedette que hace que al desarmadero acudan no sólo los interesados en máquinas agrícolas sino aquellos que sueñan cocinar un pollo, un ciervo, un lomo al disco o una paella. Para eso los discos deben ser adaptados para la cocción, pero esa tarea se realiza en otro lado por algún artesano en soldaduras o hierros.
Los decoradores de interiores también saben ver en esas cosas en desuso algún objeto estético. Una lámpara, una mesita de jardín, un anaquel para libros, una simple o compleja figura de formas vanguardistas.
Admiten los comerciantes del lugar que los asientos de tractores también son muy buscados. Soldados contra la base de sillas de oficinas o sujetados contra rústicos troncos, los asientos de tractores resultan un clásico de la decoración.
En fin, en el mundo de los hierros de pasado activo –que ha mantenido en parte la economía argentina– muchos encuentran lo que nadie ve.

Exteriores.
La gran cantidad de fierros a cielo abierto suele ser también un lugar utilizado para producciones fotográficas o fílmicas. El predio que ocupa Hugo para su negocio es para muchos un escenario ideal. “Han venido chicos de todas las edades, pero principalmente quinceañeros, para sacarse fotos de exteriores. Vienen con las máquinas y posan todos los amigos”, cuenta el hombre.
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