La política de la literatura es la política de los escritores
Viernes 2 de Septiembre de 2011 Hs.En la Política de la literatura, el ensayista francés Jacques Ranciere invierte la pregunta canónica (y retórica) de los 60, ¿Qué es la literatura?, título de un libro también canónico de Jean-Paul Sartre.
El volumen, publicado por Libros del Zorzal, retorna sobre las obsesiones de este discípulo de Louis Althusser, la estética y el estatuto de la literatura en un mundo que supo deconstruir los conceptos de “obra”, “autor”, “arte”, etcétera.
Ranciere es profesor emérito en el departamento de Filosofía de la Universidad de París VIII, en Vincennes, en las afueras de París, el lugar donde dio clases Michel Foucault, y todavía lo hace el psicoanalista Jacques-Alain Miller.
Publicó, entre otros libros, La noche de los proletarios (1981), El desacuerdo (1995), La palabra muda (1998) y La fábula cinematográfica. Reflexiones sobre la ficción en el cine (2005). Además, El viraje ético de la estética y la política (2006), El odio a la democracia”, de ese mismo año, Política, policía, democracia (2006), El maestro ignorante (2007), El espectador emancipado (2010) y Democracia en suspenso, también de 2010. Ranciere discute la autonomía de la práctica estética, y asegura que siempre existe un sustrato social que determina -de alguna manera- las condiciones de esa práctica. En ese sentido se acerca a Sartre, al primer Maurice Blanchot y también al primer Roland Barthes.
En uno de sus libros, En los bordes de lo político, traducido al castellano con cierta tardanza, en 1998, el filósofo francés mostraba con toda claridad que lo suyo era menos la taxonomía que las contradicciones al interior de la estructura, definida nunca como tal pero sí como un campo de relativa autonomía.
Para decirlo con otras palabras, otros estilos de lectura y otra escritura, Ranciere se mantuvo lejos del grupo Tel Quel, manejado por Philippe Sollers, Marceline Pleynet y Julia Kristeva, cercanos al estructuralismo y en su época más combativa, al maoísmo.
En Política..., el ensayista se ocupa de los textos de Leon Tolstoi, Gustave Flaubert, Stephane Mallarmé, Bertolt Brecht, Alain Badiou, Sigmund Freud y el inevitable, por la reunión de todos los puntos de fuga y encuentro, Jorge Luis Borges.
Pero el Borges de Ranciere no es un escritor concesivo con la tradición francesa, que ha educado a generaciones de intelectuales, funcionarios y políticos desde el siglo XIX a la fecha.
Dice el filósofo: “El culto argentino del color local, dice, es simplemente un culto europeo (...) Y allí donde se la ve echar raíces en el habla del campo argentino, como en ‘Don Segundo Sombra‘, traiciona, al contrario, la metáfora tomada en préstamo de los cenáculos contemporáneos de Montmartre”.
El tono peyorativo es notorio. Ranciere también usa el ejemplo de Walt Whitman, cómo fue tratado en Francia y cómo en los Estados Unidos. El poeta de la concisión no es el cantor de la democracia de los franceses. Contra ciertas lecturas hegemónicas en su país, Ranciere reivindica las determinaciones históricas que hacen de un texto un lugar singular, imposible de apropiarse o canonizar un texto según el provincianismo del cual no hay país o región que esté exento. (Télam)
¿Tenés twitter? ¡seguinos!
El volumen, publicado por Libros del Zorzal, retorna sobre las obsesiones de este discípulo de Louis Althusser, la estética y el estatuto de la literatura en un mundo que supo deconstruir los conceptos de “obra”, “autor”, “arte”, etcétera.
Ranciere es profesor emérito en el departamento de Filosofía de la Universidad de París VIII, en Vincennes, en las afueras de París, el lugar donde dio clases Michel Foucault, y todavía lo hace el psicoanalista Jacques-Alain Miller.
Publicó, entre otros libros, La noche de los proletarios (1981), El desacuerdo (1995), La palabra muda (1998) y La fábula cinematográfica. Reflexiones sobre la ficción en el cine (2005). Además, El viraje ético de la estética y la política (2006), El odio a la democracia”, de ese mismo año, Política, policía, democracia (2006), El maestro ignorante (2007), El espectador emancipado (2010) y Democracia en suspenso, también de 2010. Ranciere discute la autonomía de la práctica estética, y asegura que siempre existe un sustrato social que determina -de alguna manera- las condiciones de esa práctica. En ese sentido se acerca a Sartre, al primer Maurice Blanchot y también al primer Roland Barthes.
En uno de sus libros, En los bordes de lo político, traducido al castellano con cierta tardanza, en 1998, el filósofo francés mostraba con toda claridad que lo suyo era menos la taxonomía que las contradicciones al interior de la estructura, definida nunca como tal pero sí como un campo de relativa autonomía.
Para decirlo con otras palabras, otros estilos de lectura y otra escritura, Ranciere se mantuvo lejos del grupo Tel Quel, manejado por Philippe Sollers, Marceline Pleynet y Julia Kristeva, cercanos al estructuralismo y en su época más combativa, al maoísmo.
En Política..., el ensayista se ocupa de los textos de Leon Tolstoi, Gustave Flaubert, Stephane Mallarmé, Bertolt Brecht, Alain Badiou, Sigmund Freud y el inevitable, por la reunión de todos los puntos de fuga y encuentro, Jorge Luis Borges.
Pero el Borges de Ranciere no es un escritor concesivo con la tradición francesa, que ha educado a generaciones de intelectuales, funcionarios y políticos desde el siglo XIX a la fecha.
Dice el filósofo: “El culto argentino del color local, dice, es simplemente un culto europeo (...) Y allí donde se la ve echar raíces en el habla del campo argentino, como en ‘Don Segundo Sombra‘, traiciona, al contrario, la metáfora tomada en préstamo de los cenáculos contemporáneos de Montmartre”.
El tono peyorativo es notorio. Ranciere también usa el ejemplo de Walt Whitman, cómo fue tratado en Francia y cómo en los Estados Unidos. El poeta de la concisión no es el cantor de la democracia de los franceses. Contra ciertas lecturas hegemónicas en su país, Ranciere reivindica las determinaciones históricas que hacen de un texto un lugar singular, imposible de apropiarse o canonizar un texto según el provincianismo del cual no hay país o región que esté exento. (Télam)