Un 27 de febrero, a orillas del Paraná
Miercoles 22 de Febrero de 2012 Hs.Se cumplirán dentro de pocos días los 200 años de aquel 27 de febrero de 1812, en que Manuel Belgrano hizo jurar la bandera celeste y blanca en las barrancas del Paraná. Acertadamente, el Poder Ejecutivo ha declarado feriado el día del aniversario, con el buen criterio de estimular el patriotismo de los argentinos. La medida adoptada es muy valiosa y quizás pueda ser enriquecida si reflexionamos acerca de los interrogantes que pueden plantearles los alumnos a los docentes con motivo de este suceso.
Dada la bibliografía, los alumnos ingresan al tema pero algunos –seguramente los más inteligentes o más díscolos– lanzan sobre el docente varios interrogantes: ¿Por qué los soldados no juran por “la bandera argentina” sino que juran por “vencer a nuestros enemigos interiores y exteriores y la América del Sud será el templo de la Independencia, la Unión y la Libertad”? ¿Cuál es la causa por la que el gobierno lo desautoriza a Belgrano? ¿Por qué Belgrano vuelve a jurar la misma bandera, en Jujuy, el 25 de mayo de 1812, afirmando que “no es obra de los hombres sino del Dios omnipotente, que permitió a los Americanos que se nos presentase la ocasión para entrar en el goce de nuestros derechos”, y no hace referencia a los argentinos? ¿Por qué el gobierno le llama nuevamente la atención pues por segunda vez ha cometido “tamaño desorden” y le previene que “será la última vez que sacrificará hasta tan alto punto los respetos de su autoridad”? ¿Y cómo Belgrano contesta arrepentido y sometiéndose al Triunvirato: “La bandera la he recogido y la desharé para que no haya ni memoria de ella y se harán las banderas del regimiento número 6 sin necesidad de que aquella se note por persona alguna?”
El lector se imaginará en qué situación molesta queda el docente si es que aún continúa confiando en la historia mitrista. Apenas balbucea que había que “disimular” nuestro intento independentista por lo cual se usaba “la máscara de Fernando VII”, y que enfrentábamos a los ejércitos españoles pero... bueno... “seguíamos siendo españoles... y, por tanto, no podíamos usar la bandera celeste y blanca, todo lo cual es muy complicado y ya ustedes cuando lleguen a la universidad podrán entenderlo”, aunque para sí mismo piensa que el profesor universitario, si es mitrista, también la pasará muy mal ante los estudiantes preguntones.
Si el docente, en cambio, como sucede ahora con gran parte de los docentes jóvenes, ha tenido la inquietud de revisar la historia desde una perspectiva más profunda, les dirá: Lo que ocurre es que la historia fabricada por Mitre llevaba por propósito amigarnos con los ingleses y odiar a los españoles. Entonces, cuando entre 1809 y 1811 estallaron revoluciones democráticas –semejantes según Alberdi a la que estaba ocurriendo en España desde 1808– Mitre las mostró como “independentistas”, es decir, antiespañolas (y por debajo, pro inglesas en tanto amaban el libre comercio). Para ello mintió y dijo que cuando esas revoluciones, en toda Hispanoamérica, juraban mantenerse unidas a España, estaban engañando al pueblo y al mundo entero usando “una máscara”. No explicó que la revolución era contra los virreyes, contra el absolutismo, contra los godos monárquicos, de derecha, semejante a la que impulsaban los revolucionarios españoles en España, quienes, además, declararon que las tierras de América dejaban de ser colonias, para ser provincias con los mismos derechos que las otras provincias de la metrópoli. Ocultó entonces que los revolucionarios de América eran casi todos españoles o hijos de españoles y que inicialmente la participación de los pueblos originarios fue escasa y todos consideraban normal que French, al partir hacia al norte, hiciera jurar a los soldados con la bandera española o que la bandera española flamease en el Fuerte hasta 1814. Como se comprende –agregará el maestro– Belgrano, ya dispuesto a ir al combate, considera que no puede enarbolar la misma bandera de los partidarios del virrey y viendo la necesidad de otra, recurre a los colores de la escarapela o según otras versiones, a los colores de los Borbones, también celeste y blanco. Pero su actitud contradecía la opinión preponderante, pues si bien ya había quienes pensaban en la independencia, la mayoría –tal cual se vio en la Asamblea del año XIII– se negaba a declarar la ruptura con España.
Seguramente, algún alumno preguntará entonces: ¿por qué cambian luego, y en 1816 declaran la independencia? El maestro –que ha leído a Manuel Ugarte, por ejemplo– le contesta: hay dos aspectos: primero, los revolucionarios españoles son derrotados y vuelve la derecha al poder en España, con Fernando VII a la cabeza, quien traiciona sus compromisos democráticos anteriores, reinstala la monarquía absoluta y la Inquisición y reprime a los democráticos, como asimismo envía dos flotas para recuperar lo que ahora considera son sus colonias americanas. De ahí la necesidad de la ruptura: para preservar la revolución democrática del año diez, hay que ser independientes, hay que ser libres y urge el Congreso de Tucumán. El otro aspecto reside en que los ahora independentistas lo formulan como independencia de Hispanoamérica en su conjunto, es decir, de la patria Grande, como ocurre con Artigas, Bolívar, San Martín, Monteagudo y así pensaba también Belgrano. Por esta razón, llegamos a 1816 con el Congreso de Tucumán que declara : “Nos, los representantes de las Provincias Unidas en Sud América... declaramos solemnemente que es voluntad de estas provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España... e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente.” Poco después, el 20 de julio, declara que la bandera es celeste, blanca y celeste, tomando como antecedente aquella que osadamente había enarbolado Belgrano el 27 de febrero de 1812.
De ahí que podamos, simplificando las cosas –concluye el maestro– adjudicarle a Belgrano la creación de la bandera, aunque en su momento debió ocultarla y arrepentirse de su audacia. Estas reflexiones, sin embargo, no son gratuitas, porque además de hablar de Independencia nos llevan, como usted ya se habrá dado cuenta, a comprender que al festejar el 27 de febrero de 1812 conmemoramos un episodio de la gran revolución de la Patria Grande en busca de su unidad, su liberación y su transformación. ¿Unasur?, ¿CELAC?, ¿Eso dice usted, querido lector? Sí. Tiene razón. Por ahí andábamos ya. Por ahí vamos hoy. Ahora, sí, seguramente.
Por Norberto Galasso
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Dada la bibliografía, los alumnos ingresan al tema pero algunos –seguramente los más inteligentes o más díscolos– lanzan sobre el docente varios interrogantes: ¿Por qué los soldados no juran por “la bandera argentina” sino que juran por “vencer a nuestros enemigos interiores y exteriores y la América del Sud será el templo de la Independencia, la Unión y la Libertad”? ¿Cuál es la causa por la que el gobierno lo desautoriza a Belgrano? ¿Por qué Belgrano vuelve a jurar la misma bandera, en Jujuy, el 25 de mayo de 1812, afirmando que “no es obra de los hombres sino del Dios omnipotente, que permitió a los Americanos que se nos presentase la ocasión para entrar en el goce de nuestros derechos”, y no hace referencia a los argentinos? ¿Por qué el gobierno le llama nuevamente la atención pues por segunda vez ha cometido “tamaño desorden” y le previene que “será la última vez que sacrificará hasta tan alto punto los respetos de su autoridad”? ¿Y cómo Belgrano contesta arrepentido y sometiéndose al Triunvirato: “La bandera la he recogido y la desharé para que no haya ni memoria de ella y se harán las banderas del regimiento número 6 sin necesidad de que aquella se note por persona alguna?”
El lector se imaginará en qué situación molesta queda el docente si es que aún continúa confiando en la historia mitrista. Apenas balbucea que había que “disimular” nuestro intento independentista por lo cual se usaba “la máscara de Fernando VII”, y que enfrentábamos a los ejércitos españoles pero... bueno... “seguíamos siendo españoles... y, por tanto, no podíamos usar la bandera celeste y blanca, todo lo cual es muy complicado y ya ustedes cuando lleguen a la universidad podrán entenderlo”, aunque para sí mismo piensa que el profesor universitario, si es mitrista, también la pasará muy mal ante los estudiantes preguntones.
Si el docente, en cambio, como sucede ahora con gran parte de los docentes jóvenes, ha tenido la inquietud de revisar la historia desde una perspectiva más profunda, les dirá: Lo que ocurre es que la historia fabricada por Mitre llevaba por propósito amigarnos con los ingleses y odiar a los españoles. Entonces, cuando entre 1809 y 1811 estallaron revoluciones democráticas –semejantes según Alberdi a la que estaba ocurriendo en España desde 1808– Mitre las mostró como “independentistas”, es decir, antiespañolas (y por debajo, pro inglesas en tanto amaban el libre comercio). Para ello mintió y dijo que cuando esas revoluciones, en toda Hispanoamérica, juraban mantenerse unidas a España, estaban engañando al pueblo y al mundo entero usando “una máscara”. No explicó que la revolución era contra los virreyes, contra el absolutismo, contra los godos monárquicos, de derecha, semejante a la que impulsaban los revolucionarios españoles en España, quienes, además, declararon que las tierras de América dejaban de ser colonias, para ser provincias con los mismos derechos que las otras provincias de la metrópoli. Ocultó entonces que los revolucionarios de América eran casi todos españoles o hijos de españoles y que inicialmente la participación de los pueblos originarios fue escasa y todos consideraban normal que French, al partir hacia al norte, hiciera jurar a los soldados con la bandera española o que la bandera española flamease en el Fuerte hasta 1814. Como se comprende –agregará el maestro– Belgrano, ya dispuesto a ir al combate, considera que no puede enarbolar la misma bandera de los partidarios del virrey y viendo la necesidad de otra, recurre a los colores de la escarapela o según otras versiones, a los colores de los Borbones, también celeste y blanco. Pero su actitud contradecía la opinión preponderante, pues si bien ya había quienes pensaban en la independencia, la mayoría –tal cual se vio en la Asamblea del año XIII– se negaba a declarar la ruptura con España.
Seguramente, algún alumno preguntará entonces: ¿por qué cambian luego, y en 1816 declaran la independencia? El maestro –que ha leído a Manuel Ugarte, por ejemplo– le contesta: hay dos aspectos: primero, los revolucionarios españoles son derrotados y vuelve la derecha al poder en España, con Fernando VII a la cabeza, quien traiciona sus compromisos democráticos anteriores, reinstala la monarquía absoluta y la Inquisición y reprime a los democráticos, como asimismo envía dos flotas para recuperar lo que ahora considera son sus colonias americanas. De ahí la necesidad de la ruptura: para preservar la revolución democrática del año diez, hay que ser independientes, hay que ser libres y urge el Congreso de Tucumán. El otro aspecto reside en que los ahora independentistas lo formulan como independencia de Hispanoamérica en su conjunto, es decir, de la patria Grande, como ocurre con Artigas, Bolívar, San Martín, Monteagudo y así pensaba también Belgrano. Por esta razón, llegamos a 1816 con el Congreso de Tucumán que declara : “Nos, los representantes de las Provincias Unidas en Sud América... declaramos solemnemente que es voluntad de estas provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España... e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente.” Poco después, el 20 de julio, declara que la bandera es celeste, blanca y celeste, tomando como antecedente aquella que osadamente había enarbolado Belgrano el 27 de febrero de 1812.
De ahí que podamos, simplificando las cosas –concluye el maestro– adjudicarle a Belgrano la creación de la bandera, aunque en su momento debió ocultarla y arrepentirse de su audacia. Estas reflexiones, sin embargo, no son gratuitas, porque además de hablar de Independencia nos llevan, como usted ya se habrá dado cuenta, a comprender que al festejar el 27 de febrero de 1812 conmemoramos un episodio de la gran revolución de la Patria Grande en busca de su unidad, su liberación y su transformación. ¿Unasur?, ¿CELAC?, ¿Eso dice usted, querido lector? Sí. Tiene razón. Por ahí andábamos ya. Por ahí vamos hoy. Ahora, sí, seguramente.