DE LA POBREZA A LA IDOLATRÍA . Un uruguayo que forma parte de la mitología argentina
Julio Sosa, entre luces y sombras
La avasallante personalidad de El Varón del Tango y su éxito formidable como cantor, supieron minimizar una existencia corta y azarosa, a toda velocidad, con claros y oscuros, como preanunciando un final trágico, hecho ocurrido ¡hace 47 años! Tanto tiempo parece mentira, porque siempre está presente.
Lunes 21 de Noviembre de 2011 Hs.
Julio Sosa María Sosa Venturini vino al mundo en una cuna pobre, en la campiña cercana a Las Piedras (Uruguay) el 2 de febrero de 1926. En esa casa no sobraba nada; pero creció en un clima sano; con la leche recién ordeñada -a veces por él mismo-, que lo hizo crecer en fortaleza, corpulencia y recia estampa. Aprendió escuchando a los grandes vocalistas del tango y apuntaba para cantor de forma y estilo. A los 12 años ganó un concurso en Montevideo cantando ‘Cuesta abajo’ y el vals ‘Gotas de lluvia’. Cobró un premio de diez pesos oro; una parte para su madre. Nadie le enseñó nada y fue intuitivo en la selección de temas. Llevaba el tango en el alma.
SED DE AVENTURAS. Trabajó en tareas duras, de poca paga. Hizo el servicio militar en la Marina y renunció a la propuesta de ascenso a Cabo, respondiendo a su sed de aventuras y a su vocación musical. Luego de incursionar en Las Piedras se presentó a un concurso en Montevideo, con los bolsillos flacos y su única camisa, lavada por él mismo. Subió al escenario con todo desparpajo y aplomo. Cantó el tango ‘Tarde gris’ con el conjunto de Hugo Di Carlo, quien lo incorporó y su nombre comenzó a sonar en la constelación tanguera. Luego pasó a la orquesta del argentino Edelmiro Toto D´Amario, actuando dos temporadas en Punta del Este. Si bien no le faltaba trabajo, cobraba solo como para seguir tirando.
CRUZAR EL CHARCO. Varios amigos le sugirieron cruzar el Plata y le aportaron dinero para un pasaje de tercera clase en el barco Ciudad de Montevideo. Su amigo Cacho Maggiolo recordaba: “Cuando fuimos al puerto a despedirlo, el 15 de junio de 1949, desde la proa del barco nos cantó ‘Mi Buenos Aires querido’ y ‘Adiós, muchachos’, visiblemente emocionado”. Tenía 23 años y se le abría la puerta grande.
Con el corazón contento y sin un mango, pisó Buenos Aires una mañana otoñal. Su vigoroso organismo soportó la malaria gastronómica y la estadía en un hotelucho de mala muerte. El bar Los Andes lo contrató por 20 pesos por noche. En el ambiente del viejo café corrió la voz de que “un oriental cantaba como los dioses”. Se enteró el representante artístico Raúl Hormaza quien lo conectó con la orquesta Francini-Pontier, que estaba en su mejor momento. El famoso binomio comprobó la realidad de una nueva voz para el tango, haciendo correr la bolilla que tenían escondido un verdadero fenómeno. Ensayando a diario y en secreto, su debut se anunció en el Picadilly, de Paraná y Corrientes.
EL GRAN SALTO. Ante tamaño compromiso, Julio estaba vacilante en un café cercano, y tuvo que ser llevado en vilo por su barra amiga al camarín. Al fin salió a escena. Temblaba y, cuando comenzó a cantar, había ganado la batalla. La voz fluía de su privilegiada garganta con fuerza arrolladora. Al finalizar el tango ‘Tengo miedo’, el ambiente se atronó de aplausos. Luego hizo ‘Lloró como una mujer’, y aumentó la euforia. Fue el trampolín a la fama.
Corría 1953 y Francisco Rotundo convocó a Sosa para formar dúo con Floreal Ruiz, ofreciéndole un contrato sideral. Cuando Julio lo comentó con Francini y con Pontier, éstos entre lágrimas y abrazos le desearon buena suerte. Pero un cono de sombra le llegó al cantor: pólipos en su garganta. El deterioro de su vos era progresivo, y algunos diagnosticaban el fin de su carrera. La esposa de Rotundo, la cantante y política Juanita Larrauri, lo recomendó al eminente otorrinolaringólogo León Elkin. Con la operación, Julio resurgió con una coloratura vocal nueva y madura.
Perseguida y encarcelada su mujer por el gobierno de facto, en 1957 Rotundo disolvió su orquesta. Paralelamente Armando Pontier se había separado de Francini, y le pidió a Julio Sosa que completara el rubro vocal con Oscar Ferrari. Pontier formó con Sosa una sociedad coronada de éxitos, incorporando temas humorísticos: ‘En el corsito del barrio’, ‘Padrino pelao’ y la gran pegada: ‘Al mundo le falta un tornillo’, donde al final levantaba los brazos como el General, en tiempo de absoluta prohibición, metiéndose en el bolsillo a la masa peronista, que lo idolatró.
ESPLENDOR. Después de 5 años con Pontier, desafió la gran parada de ser cantor solista. La sociedad con Leopoldo Federico resultó perfecta. Grabaciones, radio, bailes, giras, TV; signaron su consagración total. La voz de Julio Sosa detenía a los bailarines; se estaba convirtiendo en el cantor del pueblo. Hacía falta una definición vendedora e identificatoria. El periodista Ricardo Gaspari, jefe de prensa de la grabadora, lo bautizó El Varón del Tango. Así se tituló el primer LD y, de allí en adelante, el mote se hizo muy popular. Entre sus cualidades, Julio tenía una asombrosa memoria. “Era capaz de recordar 150 tangos con su primera parte, bis y todo...”, contaba Federico y agregaba: “No sólo la letra de los tangos tenía registrados en su memoria, sino cuentos a granel, que decía sin interrupción en largas trasnochadas, no obstante prevenirlo de que no malgastara su voz”.
VIDA SENTIMENTAL. Julio tuvo tres convivencias que lo marcaron y se sumaron a su azarosa esgrima sentimental. A los 16 años se casó con una adolescente uruguaya, Aída Acosta. Un año después se separaron. En 1951 se unía en Buenos Aires a Nora Edith Ulfed, con quien tuvo su única hija, Ana María. Esta vez la separación fue traumática y Nora no le permitió seguir viendo a su pequeña hija. Su tercera esposa fue Susana Merighi, desde junio de 1959 hasta su trágica muerte. “Vivía buscando la felicidad, pero cuando la encontraba no sabía conservarla. Creo que era un hombre desolado por dentro, un botija triste en el fondo, a pesar de su imagen de hombre alegre y ganador”, definió su compañero vocal, Oscar Ferrari.
Disco inconcluso y un libro
Seis días antes del accidente fatal, Julio inició en CBS Columbia su séptimo disco LP como solista. Dejó terminados los temas ‘Siga el corso’ y ‘Milonga del 900’. Debido a su fallecimiento, la grabadora editó esos dos temas en un disco simple de 33 r.p.m. En el sobre en que salió a la venta se leía un sentido escrito firmado por todos los integrantes de la orquesta de Federico. Otro proyecto frustrado: Julio iba a emprender una gira por México, España y Francia. Pero apareció nuevamente el fantasma de los pólipos. Fue cayendo en un pozo depresivo, hasta que ocurrió el terrible accidente automovilístico. Su trágica y prematura muerte aumentó su condición natural de ídolo, reflejado en la multitud que acompañó sus restos hasta la última morada. Avalanchas, vidrios rotos, gases, llovizna, calor; todo enmarcó un clima dramático y luctuoso. Flotaba en ese dolor popular la convicción de que había hecho lo posible en busca de su trágico destino.
El l8 de febrero de 1964 Julio Sosa publicó su único libro de poemas: Dos horas antes del alba, un éxito de venta. Revelaba en sus versos una faceta de su alma inquieta y soñadora. Mostraba en sus pormenores casi grotescos realidades que lo asqueaban, y también describía con maestría personajes de un acontecer angustiado y problemático. Puede extraerse de su lectura la amarga visión de Julio Sosa con respecto del mundo que lo rodeaba. Su destinatario era él mismo. Vivió sólo 38 años. Sus restos fueron repatriados el 30 de abril de 1987 y descansan en su Las Piedras natal.
HUGO GREGORUTTI
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SED DE AVENTURAS. Trabajó en tareas duras, de poca paga. Hizo el servicio militar en la Marina y renunció a la propuesta de ascenso a Cabo, respondiendo a su sed de aventuras y a su vocación musical. Luego de incursionar en Las Piedras se presentó a un concurso en Montevideo, con los bolsillos flacos y su única camisa, lavada por él mismo. Subió al escenario con todo desparpajo y aplomo. Cantó el tango ‘Tarde gris’ con el conjunto de Hugo Di Carlo, quien lo incorporó y su nombre comenzó a sonar en la constelación tanguera. Luego pasó a la orquesta del argentino Edelmiro Toto D´Amario, actuando dos temporadas en Punta del Este. Si bien no le faltaba trabajo, cobraba solo como para seguir tirando.
CRUZAR EL CHARCO. Varios amigos le sugirieron cruzar el Plata y le aportaron dinero para un pasaje de tercera clase en el barco Ciudad de Montevideo. Su amigo Cacho Maggiolo recordaba: “Cuando fuimos al puerto a despedirlo, el 15 de junio de 1949, desde la proa del barco nos cantó ‘Mi Buenos Aires querido’ y ‘Adiós, muchachos’, visiblemente emocionado”. Tenía 23 años y se le abría la puerta grande.
Con el corazón contento y sin un mango, pisó Buenos Aires una mañana otoñal. Su vigoroso organismo soportó la malaria gastronómica y la estadía en un hotelucho de mala muerte. El bar Los Andes lo contrató por 20 pesos por noche. En el ambiente del viejo café corrió la voz de que “un oriental cantaba como los dioses”. Se enteró el representante artístico Raúl Hormaza quien lo conectó con la orquesta Francini-Pontier, que estaba en su mejor momento. El famoso binomio comprobó la realidad de una nueva voz para el tango, haciendo correr la bolilla que tenían escondido un verdadero fenómeno. Ensayando a diario y en secreto, su debut se anunció en el Picadilly, de Paraná y Corrientes.
EL GRAN SALTO. Ante tamaño compromiso, Julio estaba vacilante en un café cercano, y tuvo que ser llevado en vilo por su barra amiga al camarín. Al fin salió a escena. Temblaba y, cuando comenzó a cantar, había ganado la batalla. La voz fluía de su privilegiada garganta con fuerza arrolladora. Al finalizar el tango ‘Tengo miedo’, el ambiente se atronó de aplausos. Luego hizo ‘Lloró como una mujer’, y aumentó la euforia. Fue el trampolín a la fama.
Corría 1953 y Francisco Rotundo convocó a Sosa para formar dúo con Floreal Ruiz, ofreciéndole un contrato sideral. Cuando Julio lo comentó con Francini y con Pontier, éstos entre lágrimas y abrazos le desearon buena suerte. Pero un cono de sombra le llegó al cantor: pólipos en su garganta. El deterioro de su vos era progresivo, y algunos diagnosticaban el fin de su carrera. La esposa de Rotundo, la cantante y política Juanita Larrauri, lo recomendó al eminente otorrinolaringólogo León Elkin. Con la operación, Julio resurgió con una coloratura vocal nueva y madura.
Perseguida y encarcelada su mujer por el gobierno de facto, en 1957 Rotundo disolvió su orquesta. Paralelamente Armando Pontier se había separado de Francini, y le pidió a Julio Sosa que completara el rubro vocal con Oscar Ferrari. Pontier formó con Sosa una sociedad coronada de éxitos, incorporando temas humorísticos: ‘En el corsito del barrio’, ‘Padrino pelao’ y la gran pegada: ‘Al mundo le falta un tornillo’, donde al final levantaba los brazos como el General, en tiempo de absoluta prohibición, metiéndose en el bolsillo a la masa peronista, que lo idolatró.
ESPLENDOR. Después de 5 años con Pontier, desafió la gran parada de ser cantor solista. La sociedad con Leopoldo Federico resultó perfecta. Grabaciones, radio, bailes, giras, TV; signaron su consagración total. La voz de Julio Sosa detenía a los bailarines; se estaba convirtiendo en el cantor del pueblo. Hacía falta una definición vendedora e identificatoria. El periodista Ricardo Gaspari, jefe de prensa de la grabadora, lo bautizó El Varón del Tango. Así se tituló el primer LD y, de allí en adelante, el mote se hizo muy popular. Entre sus cualidades, Julio tenía una asombrosa memoria. “Era capaz de recordar 150 tangos con su primera parte, bis y todo...”, contaba Federico y agregaba: “No sólo la letra de los tangos tenía registrados en su memoria, sino cuentos a granel, que decía sin interrupción en largas trasnochadas, no obstante prevenirlo de que no malgastara su voz”.
VIDA SENTIMENTAL. Julio tuvo tres convivencias que lo marcaron y se sumaron a su azarosa esgrima sentimental. A los 16 años se casó con una adolescente uruguaya, Aída Acosta. Un año después se separaron. En 1951 se unía en Buenos Aires a Nora Edith Ulfed, con quien tuvo su única hija, Ana María. Esta vez la separación fue traumática y Nora no le permitió seguir viendo a su pequeña hija. Su tercera esposa fue Susana Merighi, desde junio de 1959 hasta su trágica muerte. “Vivía buscando la felicidad, pero cuando la encontraba no sabía conservarla. Creo que era un hombre desolado por dentro, un botija triste en el fondo, a pesar de su imagen de hombre alegre y ganador”, definió su compañero vocal, Oscar Ferrari.
Disco inconcluso y un libro
Seis días antes del accidente fatal, Julio inició en CBS Columbia su séptimo disco LP como solista. Dejó terminados los temas ‘Siga el corso’ y ‘Milonga del 900’. Debido a su fallecimiento, la grabadora editó esos dos temas en un disco simple de 33 r.p.m. En el sobre en que salió a la venta se leía un sentido escrito firmado por todos los integrantes de la orquesta de Federico. Otro proyecto frustrado: Julio iba a emprender una gira por México, España y Francia. Pero apareció nuevamente el fantasma de los pólipos. Fue cayendo en un pozo depresivo, hasta que ocurrió el terrible accidente automovilístico. Su trágica y prematura muerte aumentó su condición natural de ídolo, reflejado en la multitud que acompañó sus restos hasta la última morada. Avalanchas, vidrios rotos, gases, llovizna, calor; todo enmarcó un clima dramático y luctuoso. Flotaba en ese dolor popular la convicción de que había hecho lo posible en busca de su trágico destino.
El l8 de febrero de 1964 Julio Sosa publicó su único libro de poemas: Dos horas antes del alba, un éxito de venta. Revelaba en sus versos una faceta de su alma inquieta y soñadora. Mostraba en sus pormenores casi grotescos realidades que lo asqueaban, y también describía con maestría personajes de un acontecer angustiado y problemático. Puede extraerse de su lectura la amarga visión de Julio Sosa con respecto del mundo que lo rodeaba. Su destinatario era él mismo. Vivió sólo 38 años. Sus restos fueron repatriados el 30 de abril de 1987 y descansan en su Las Piedras natal.

