Día Nacional de los Monumentos

Una visita a la historia y a la casa que es sede del gobierno

Rememorar acontecimientos históricos a partir de un cuadro forma parte de una interesante propuesta guiada que además tiene acceso libre.
Tres perros negros - Griselda, Carlos y Pedro, bautizados por los policías del lugar- disfrutan de la tranquilidad de la tarde del sábado en la plaza Mansilla. Uno echado al sol, en la vereda con pastito. El otro, entre los pasos de cebra para peatones, cerca de una consigna con aerosol que exige “salarios dignos” desde el asfalto frente a la entrada principal de la Casa de Gobierno provincial. El tercero entra y sale del edificio que conjuga los estilos barroco y renacentista, hacia el patio central con la añeja palmera, y luego pasea libremente entre las galerías de arcos con columnas rematadas por capiteles toscanos. Los perros de Casa de Gobierno son mansos y tranquilos; no como Purvis, el mastín del general Justo José de Urquiza, que según Domingo Sarmiento ha mordido a cientos, y que está representado en la inmensa pintura que realizó Emilio Caraffa expuesta en el Salón Blanco del primer piso. “Son muy poco perrunos los nombres que le pusieron a estos, cada uno tiene su historia, pero no la vamos a difundir”, comenta sonriendo Julio Ormaechea, el guía de las treinta personas que se reúne en el hall para la visita a ese Monumento Nacional y Monumento Histórico Provincial. Mientras los representantes del pueblo descansan, los representados pasean por sus lugares de trabajo, cargados de los mitos e historias que fraguan nuestro presente.

Cuarenta escalones. El grupo de turistas es variado: hay jóvenes solos, acompañados, en pareja, padres con hijos, familias enteras y matrimonios mayores. En la espera, algunos se recomiendan otras excursiones, como el cementerio o los túneles. Están los que llevan el termo pegado al pecho y aquellos que no bajan el brazo para no dejar de filmar o tomar fotografías de lo que ven. Julio, que en realidad es el taquígrafo de la Cámara de Diputados, comienza a despertar el interés con una introducción en la historia del edificio que se mandó a construir en 1884, con la última mudanza de la capital provincial a la ciudad de Paraná. El arquitecto Bernardo Rígoli, entonces Jefe del Departamento Topográfico, se ocupó del proyecto y los planos, basado en el estilo de los palacios europeos. Para 1888 se habilitó la parte delantera, y en la década del noventa (del siglo XIX) adquirió la fisonomía actual.

Cuarenta escalones, contando el descanso intermedio, separan la planta baja del primer piso en el que se ubica el Salón Blanco. El público ingresa a la antesala adornada por sillones de época, banderas y bustos; y luego pasan al lugar donde los gobernadores recibían visitas y utilizaban de despacho, hoy transformado en un salón de acto y de prensa.

“Estas visitas guiadas se hacen todo el año, en 2016 hubo 120 delegaciones con más de 5 mil visitantes. Vienen escuelas del interior, gente de otras provincias. Se llama por teléfono y se pauta un día, sin ninguna burocracia formal. Si hay un grupo de personas, más o menos diez, que quieran conocer, se puede combinar una fecha tranquilamente. Tratamos de que todos conozcan estos lugares que nos pertenecen a los entrerrianos”, le dice Ormaechea a EL DIARIO, mientras el grupo del sábado ocupa localidades en el Salón Blanco.

Desde hace poco más de cinco años se ha abierto la casa gris al ciudadano común, y por eso algunos empleados ofician de guía, aunque ninguno se haya formado específicamente para eso. Ormaechea, por ejemplo, trabaja con el cuerpo de taquígrafos desde hace más de 25 años. Esta apertura permite, entre otras cosas, apreciar el cuadro pintado por Caraffa, de 7 por 4,5 metros, que se expone en ese salón, y que antes raramente era visto por la gente.

Cámaras. Fernanda y Florencia ofician de guías en el Senado entrerriano, situado en el ala derecha de la planta baja. Los visitantes se sienta en las 17 bancadas del oficialismo y la oposición, e incluso alguno se anima a subir al estrado para la foto en el sillón que hoy ocupa el vicegobernador Adán Bahl. “Con esta nueva gestión se modernizaron los micrófonos, se colocaron pantallas led y nuevas cámaras”, cuentan las chicas sobre el espacio inaugurado en agosto de 1985 mientras reparten folletería explicativa.

“A los escolares les llama mucho la atención la Cámara de Diputados. Tratamos no solamente de mostrar el lugar, sino de que vean qué se hace allí. Es un espacio de trabajo, se sientan en las bancas y se les hace una pequeña recreación del funcionamiento de una sesión para que se lleven ese conocimiento”, expresa Julio Ormaechea mientras el grupo se dirige al Salón de los Pasos Perdidos (originalmente sala de lecturas de la Biblioteca de la Legislatura que hoy funciona frente a la plaza Carbó, en Alameda de la Federación), y luego ingresan a la cámara baja, en la parte posterior del edificio. Allí se repite el esquema: los visitantes se sientan en las 34 bancas, y Julio detalla cómo se desarrollan las sesiones. “Parece un teatro pequeño. Y el lenguaje de la política se asimila a la terminología del teatro: se habla de escenario político y de los hombres como actores políticos”, compara. Las preguntas y el entusiasmo de los presentes estiran la visita un poco más allá del horario previsto. Ormaechea recuerda otros tiempos en los que las sesiones eran conflictivas y había que desalojar a “la barra”, como se le dice en la jerga legislativa. Incluso aquella vez que los diputados sesionaron en la Biblioteca Popular para decidir o no el juicio político al ex gobernador Sergio Montiel, que les había cerrado la casa de gobierno para evitar la reunión. “Este lugar está abierto a todos ustedes, cuando quieran acercarse a ver una sesión (tradicionalmente los martes a las 20) o tengan un proyecto para traerle a algún diputado. Y a los niños y no tan niños siempre les digo que alguno de ustedes hoy viene como visitante, pero algún día podrían estar sentados acá representando al pueblo de Entre Ríos”, concluye el taquígrafo y guía.

Anochece. El edificio comienza a transitar su soledad nocturna con los perros negros apostados en la entrada, que por suerte son mucho más hospitalarios de lo que era Purvis.
El cuadro
“Llegaron los turistas”, pensarían los personajes históricos del cuadro si esto fuera posible. Se entrelazan las miradas desde nuestro presente con aquellos retratados en Punta Gorda, encarando el cruce de río Paraná desde Diamante, en las proximidades de la navidad de 1851.
Se enfatiza, obviamente, en Urquiza de poncho y galera, con Purvis cerca. Además están el general Mitre, un poco más atrás; Domingo Faustino Sarmiento, que fue el escriba de esa campaña que concluyó con la batalla de Caseros (pintado con una pluma en su mano derecha sobre la silla de montar); y el general Gregorio La Madrid, que había combatido junto a San Martín y Belgrano, sobre un destacado caballo blanco. Los protagonistas miran al pintor, aunque este no haya estado en el terreno, sino que encaró una reconstrucción histórica a partir de los escritos de Sarmiento y algunas imágenes de daguerrotipos posteriores a la victoria del 3 de febrero de 1852, para determinar quiénes participaron, sus uniformes y banderas. Caraffa trabajó dos años en el lienzo, que fue inaugurado el 1 de mayo de 1897, aniversario del Pronunciamiento de Urquiza en Concepción del Uruguay (de 1851) en el que, entre líneas, le declaraba la guerra al gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas. Para la ocasión asistieron veteranos de la batalla y embajadores de Brasil, Paraguay y Uruguay.

“Una de las críticas que tuvo el cuadro en la época es que presenta poco movimiento, algunos decían que era a propósito para congelar una imagen histórica”, comparte Ormaechea sobre la obra restaurada en 2009. Otro detalle interesante son las naves con bandera brasilera, que brindaron la logística necesaria para alcanzar la orilla santafecina. El ejército de Urquiza, que transitó 40 días hacia el sur para enfrentarse al de Rosas, era llamado Ejército Grande (28 mil hombres, 55 mil caballos, el más importante de Sudamérica hasta ese momento), o Ejército Aliado, ya que estaba compuesto por unos 11 mil entrerrianos (de los estimativos 46 mil hombres que habitaban la provincia), más correntinos al mando de Benjamín Virasoro –también retratado-, uruguayos y brasileros.

De la batalla de mayores proporciones que se libró en suelo argentino participó oficialmente el imperio brasilero. “El tratado con Brasil tenía muchas clausulas: se dejaba en claro que comandaba Urquiza, que era contra el gobierno de Rosas, y en su mayoría los brasileros quedaron como ejército de reserva por si se alargaba la batalla”, explica Ormaechea sobre el convite a la potencia extranjera.
El perro más famoso
“Mi personaje favorito del cuadro es Purvis, el perro más famoso de la historia argentina”, confiesa el guía sobre el acompañante de Urquiza, que es nombrado 13 veces por la pluma de Sarmiento. “Muerde horriblemente a todo aquel que se acerca a la tienda de su amo. Ésta es la consigna.

Si no recibe orden en contrario, el perro muerde. Un gruñido de tigre anuncia su presencia al que se aproxima; y un “Purvis” del general, en que le intima quedarse quieto, la primera señal de bienvenida”, escribió Sarmiento. “El general Paz, al verme de regreso de Buenos Aires, su primera pregunta confidencial fue: ¿No lo ha mordido el perro Purvis”, reveló en su relato el sanjuanino que viajó desde su exilio chileno expresamente para esta batalla. La leyenda cuenta que era el único de los perros (había muchos que acompañaban a los hombres a caballo), que se quedaba en el campo de batalla. También se dice que su nombre deriva de una ironía, ya que así se llamaba un almirante inglés que estuvo al mando del bloqueo al puerto de Buenos Aires.

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