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“Con el Corazón al Sur”, de Gabriela Exilart

Una nueva versión del pasado que regresa: la militancia y la represión de los 70 en Argentina son abordadas en la novela histórico romántica “Con el corazón al sur”, de Exilart.
Agrandar imagen La escritora Gabriela Exilart propone un puente a los 70s, pero desde la perspectiva del exilio.
La escritora Gabriela Exilart propone un puente a los 70s, pero desde la perspectiva del exilio.

La militancia y la represión de los años 70 en la Argentina son abordadas en la novela histórico romántica “Con el corazón al sur”, de Gabriela Exilart, en la que desnuda el lado menos visitado del exilio en la época de la dictadura, con el juicio que recibieron “los que se fueron”, al sentirse perseguidos eternamente, aún en tierras lejanas.

Todo comenzó con su anterior libro, “Pinceladas azabache”, donde la escritora narraba la historia de Stein Frank, un joyero que sueña con ser artista plástico y en el camino conoce a Aime, una joven descendiente de mapuches que lo cautiva con su largo cabello azabache y sus ojos oscuros.

Corría el año 1930 en Buenos Aires y la pareja tuvo que enfrentar que sus propias raíces fueran sus principales enemigos; huyeron entonces a Mendoza para formar una familia con el nacimiento de su hija Lihuén, quien con el correr de los años vivirá un amor prohibido que hace que se enfrente a sus padres.

Pasaron los años y algunos de los personajes de aquella novela editada en 2013 vuelven a aparecer en este nuevo trabajo de Exilart, ambientado en los años 70. La escritora cuenta en “Con el corazón al sur” la vida de la prima de Lihuén, Naiquen, quien dejó su pueblo natal en Río Negro junto a sus hijos huyendo de su marido quien ejerce violencia familiar.

Naiquen se instala en Buenos Aires con Lihuén y su familia para comenzar una nueva vida, pero sin poder dejar del todo el pasado que la agobia, donde hay una muerte que ronda sus vidas y que ahora se traduce en la venganza que las persigue más allá de la situación que atraviesa la Argentina. - Gabriela Exilart:

– Te centraste en una época no tan lejana, llena de claroscuros. ¿Qué quisiste contar?

–El exilio, porque lo que pasó con los Montoneros y las guerrillas de un lado y del otro ya lo sabemos, pero el tener que huir con lo puesto, sin nada, es como nacer de nuevo en otro país, un lugar extraño que muchas veces no tiene nada que ver con la idiosincracia en que uno se movió, un lugar donde uno siempre es otro.

DAR BATALLA.Tus personajes vivieron un exilio donde recomenzaron de muchas maneras...

– Sí, quise incluir todas las voces, las de los que se fueron y las de que se quedaron, que muchas veces dijeron livianamente “ustedes se fueron”, como si el exiliado hubiese ido de turista a recorrer museos. El que se tuvo que ir, primero se tuvo que rearmar y después siempre estaba pensando “este con el que hablo, ¿no será un traidor?”. Es decir, luchaban contra el entorno y contra sus propios pensamientos.

– ¿De dónde te nutriste de esas experiencias?

– Me entrevisté personalmente con muchas personas que tuvieron que tomar esa difícil decisión, y todos me contaron que siempre se sintieron perseguidos, y tenían siempre presente el caso de la infiltración de Alfredo Astiz.

– Libertad, la joven desfachatada, ¿le pusiste ese nombre a propósito?

– Sí y no. En realidad es el nombre de su abuela paterna. Pero me vino bien delinearle un perfil jugado y confrontarlo con una época en la que, justamente, la libertad estaba vedada.
Libertad se enamorará de Wenceslao, un compañero de facultad muy comprometido con la política. Al ser perseguidos, planearán escapar juntos, pero su novio muere en un atentado.
Ella emprende igualmente el viaje y una vez instalada en Europa comienza una nueva relación, pero su antiguo novio, que en realidad no había muerto, reaparece.
La vida de Naiquen, por su parte, transcurre con los miedos de exiliarse con sus dos hijos pequeños (Mauro y Pablo), uno de los cuales sufre una discapacidad.

DISCAPACIDAD. – El tema de la discapacidad no escapa a tu escritura, sino que en esta novela te dedicás a contar una historia completa sobre esa situación. ¿Por qué?

– Hace un tiempo, en Mar del Plata, tuve la oportunidad de acceder a un campo de equinoterapia por una cuestión personal que atravesé. Y lo que descubrí allí me pareció tan maravilloso que sentí la necesidad de contarlo, porque hay muchas personas que no saben que existe una terapia especial que ayuda mucho a las personas que necesitan ese tratamiento. La historia de esa madre, que es dura de por sí, se desarrolla en ese centro -que fue uno de los primeros en Francia-, porque ella necesitaba un trabajo pero estaba sujeta al idioma, así que hice que encuentre un trabajo para cepillar caballos y de esa manera, su relación con el entorno fue un poco más amigable.

– ¿Cómo viviste los años 70?

– La transcurrí medio de costado. La pasé con la inocencia de una nena de ocho años. Lo que recuerdo es la vincha blanca para ir al colegio y el hecho de formar filas tomando distancia. “Tomar distancia”... hoy me parece algo tan ilógico.

–¿Es importante mantener viva la memoria?

–Si no recordamos lo que nos pasó, nos va a volver a pasar lo mismo una y otra vez. Recordar es fundamental. Este libro es como abrir una puerta al pasado. Está en el lector indagar sobre esa pequeña luz que deja la novela y sacar sus conclusiones sobre lo que vivimos.

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