"el cruce"

La tragedia de un hombre libre

La obra “El cruce”, que viene poniendo en escena el Teatro del Bardo en salas del país, resulta ser, además de un sabroso entretenimiento, una grata experiencia estética, política y audiovisual.
Agrandar imagen El trío Kohner-López-Main luce sumamente sólido.
El trío Kohner-López-Main luce sumamente sólido.
Se trata de una instalación múltiple, que integra actuación, canto, coreografía y acrobacia, pero no como una mera suma de recursos sino en proporciones que están a tono con lo que le prescribe una dramaturgia compleja, como la desarrollada por Valeria Folini, y una dirección esmerada, pulcra, atenta a los detalles, como la de Gabriela Trevisani.

Cuando la producción fue parte del ciclo “Territorio de teatro”, en el auditorio Walter Heinze de la Escuela de Música, Danza y Teatro “Profesor Constancio Carminio”, de Paraná, los protagonistas, Juan Kohner, Toño López y Andrés Main, desempeñaron sus papeles con solvente ductilidad y llamativo sentido de la complementación, tanto que si algo podía subrayarse apenas los aplausos del final se apagaron fue la suerte de haber sido testigos de la puesta en funcionamiento de un dispositivo expresivo potente, que no ofreció fisuras; un mecanismo tríadico encantador, enteramente humano, que habilitó distintos niveles de acceso y de degustación de la historia; un ejercicio plástico, un desafío ingenioso, un viaje por la naturaleza humana, una aventura por los paisajes de la política y un culto por el arte de narrar, desde un encadenado episódico bien logrado, en el que Kohner, López y Mainfueron, alternativamente, sólidos actores,hábiles ocupantes del espacio escénico, generadores incesantes de climas humanos distintos, afinados músicos y cantantes, además dehábiles acróbatas.

El guión reconoce la influencia central de un cuento homónimo del escritor contemporáneo Sebastián Borkoski, en cuya trama se filtran relatos del magistral cuentista Horacio Quiroga. “Elcruce” no se propone ser un popurrí literario teatralizado. Hay un trabajo artesanal de reescritura que se intuye, a partir del cual se quitaron algunas hebras de los relatos originales, se subrayaron ciertos tonos y se integraron otras discursividades hasta lograr un texto propio, heredero de la cultura escrita, pero con fuerte presencia del registro oral y, más específicamente, del habla popular o del de las llamadas culturas subalternas.

El núcleo de lo comunicado se apoya en un cuarteto de personajes. Por un hecho determinado, el dueño de un boliche de pueblo, que permanece in absentia, es quien paga las primeras consecuencias de un altercado; pero ahora es el turno del justiciero y, solidariamente, de sus dos hermanos. “El cruce”, en buena medida, da cuenta de los avatares de esa decisión por escapar en racimo del castigo inminente. Y también de sus secuelas.
CONDIMENTOS
No falta la picaresca ni el humor, en esta historia dramática en la que Berger, Francis y Paulo huyen de las consecuencias de ser parte de una sociedad, animados porla expectativa que generauna metáfora impar: alcanzar la otra orilla los puede liberar de una sentencia inexpugnable, de un veredicto fatal.La excusa narrativa se circunscribe a la huida desesperada, al intento por superar una frontera, los límites aquellos que impuso a fuego la cultura;pero el corazónde la trama, su mayor riqueza, radica en el viaje, en la disposición variopinta de sus estaciones. Efectivamente, en los episodios que se suceden a lo largo de la travesía, numerosos microrrelatos ayudan a perfilar los personajes, sus identidades y conflictos, sus sueños modestos, realizados sólo mínimamente.

Una vez que el espectador llega a esa laguna donde es interpelado, los cursos de agua se despliegan en torrentes de mayor y menor caudal. Si por un lado, “El cruce” puede estar contando -como si fuera una roadmovie- la historia de un paisano joven que en un altercado con el dueño de un boliche a donde concurre a comprar balas, en medio de un entorno selvático, lo termina agrediendo físicamente y, seguro de que sus acciones tendrán sanciones precisas que ponen en riesgo la vida, emprende un escape desesperado junto a sus hermanos, por el otro, la obra puede promover un debate en torno a la polisemia que late en la expresión “el destino”.

De hecho, en el primer plano aparece una idea que lo vincula al lugar al que uno se dirige, a la meta, al punto de llegada. En el caso de “El cruce”, el trayecto es agreste, vincula un paraje inhóspito, de sacrificio que sin embargo se asume de buen talante, y una ignota referencia allende lo conocido, por caso el otro lado del río. El viaje no es voluntario, sino forzado. En su mapa aparece una casa familiar, repleta de historias personales, una especie de expediente 3D de los hermanos, que debe ser quemada para que lo adversario no lo tome para sí y lo haga jugar a favor suyo; el boliche del incidente, imagen de todo lo poderoso que se pueda ser en esos espacios, fetiche de lo anómalo que interviene, regula y normaliza, un mal necesario que saca provecho de la existencia simple mientras interviene cada tanto en su auxilio para asegurarle continuidad, atendido con desdén fenicio, con frío desprecio; y eso desconocido que los espera y que, en la obra, funciona como modesta utopía, sueño digno de ser perseguido, aventura por la que vale la pena dejarlo todo, hasta lo que se supo ser.
METÁFORA POLÍTICA
En una segunda noción, lo ocurrido puede ser la clara evidencia de que existeun “destino” también, pero no como llegada, como zona de arribo, como final de un camino, sino como fuerza desconocida, monumental, caprichosa, que cada tanto encadena los hechos de un modo infalible, inapelable, que va tejiendo escenarios e intrigas, recelos y deseos de revancha hasta que, más allá de la voluntad de los involucrados, un día los pone frente a frente -representantes, por ejemplo, de las clases subalternas y de los poderosos- hasta que entran en colisión, producto de una contradicción principal que llegado el caso no puede evitarse de modo alguno, porque de eso se alimenta la historia desde los tiempos de Espartaco.

Es la tesis en la que se apoya el agresor para justificarse, mientras los tres escapan: la provocación del otro, dueño del boliche, patrón de los precios, propietario de la diligencia de una mujer con capacidad de despertar lascivia en cualquier varón de la comarca.

Por último, puede que se haya erigido como telón de fondo una tercera noción de “destino”, menos determinista si se quiere, a partir de la cual se puede asumir que efectivamente existe un nervio cósmico que parece esforzarse para pronunciar situaciones y desencadenar conflictos ancestrales; pero, ante esos designios del universo, el ser humano puede sobreponerse y torcer la historia, si es que lo desea y lo juzga necesario. La posición es representada por la discursividad de Berger, uno de los hermanos del agresor (Francis)que, mientras le reprocha haberse salido de sus cabales,se manifiesta como el portador de una comprensión panorámica del grave problema suscitado, no sólo porque cae en la cuenta de que volverse clandestino es el único camino posible dado que el escarmiento ocurrirá, no importa el daño que se hubiera provocado, sino porque además borra la memoria de todos -o intenta hacerlo-, al incendiar la casa familiar que, por otra parte, es la única posesión de los réprobos.

La propuesta de Berger de que los tres se exilien, absolutamente racional, señal por otro lado del tipo de vínculos que constituyen ciertos sentidos de pertenencia también, entra en colisión con una reacción suya más emocional, instintiva, a partir de la cual le echa en cara a quien transgredió lo normado que no haya podido enfriar a tiempo la sangre de la venganza y haya puesto en riesgo al conjunto. Su filosofía puede estar fundada en la fantasía de que, probablemente, si no se ofende a los señores, si no se los pone de malhumor, si se mantienen ‘invisibles’, confundidos con el entorno como si fueran un adorno más o parte del paisaje, los ‘nadies’ pueden darse maña para vivir a satisfacción, guiados sólo por anhelos elementales tal vez, pero definitivamente gratificantes.

Las lamentaciones de Berger, acaso sin saberlo, reeditan-resignificándolo- el dilema del aguafuerte “La tragedia de un hombre honrado”, de Roberto Arlt, en la que un comerciante debe soportar las miradas ignominiosas de los parroquianos sobre la figura de su mujer, a la que de todos modos se resiste a reemplazar de la tarea de servirlos dado que la estrategia le permite generar un formidable ahorro. El cálculo de la ventaja que el personaje arltiano hace detrás del mostrador, le permite contener su furia, que es de clase, aunque distinta a la de Francis, el justiciero de “El cruce”. Ese estado de tensión del dique a punto de ceder, vincula indirectamente a los relatos de Arlt y Borkoski, aunque en “Tragedia…” el personaje no alcance a resolver la repulsión que producen las miradas lujuriosas de los clientes sobre su consorte, no tenga más alternativa que tragarse el sinsabor y, eventualmente, limitar el deseo de venganza a algún que otro abuso a la hora de la cobranza.
Así las cosas, el desenlace de “El cruce” volverá trunca la primera noción de destino desarrollada y reavivará la discusión en torno a la vitalidad o conveniencia de las dos acepciones restantes.
A LA CARGA
El juego teatral en sí se resuelve de una manera sumamente atractiva, que saca provecho de recursos variados, correctamente aplicados al oficio de narrar. De hecho, a la estructura central de la historia se le agregaron microrrelatos (a veces actuados, de cepas quiroganianas; otras cantados, en lucidas interpretaciones) que, con fuerte presencia del registro oral, con inocente picardía, permiten asomarse al mundo simple de estos seres humanos que disfrutan del impulso de vida que les permite el espacio agreste, inhóspito, real o imaginario, donde la acción se produce. La libertad y la férrea voluntad de las leyes vigentes, son una especie de yin y yan que determina sobrevivir o morir, tanto en la selva natural de vegetación, fauna e insectos temerarios, como en la de cemento -la ciudad-, con sus instituciones sin fines de lucro, sus personajes no exentos de ponzoña, sus relaciones de poder disciplinantes y la distinción entre las áreas comunes y VIP.

En lo puntual, cada escena parece haber sido trabajada con una lógica colaborativa, de búsqueda en base al ensayo y el error, propia del taller. Esa urdimbre de dramaturgias del autor, el director y los actores –a la que eventualmente se sumó Juancho Capurro desde la asistencia coreográfica-derivó en una puesta exquisita, refinada y popular, más allá de que será más fácil de ser seguida por espectadores de determinadas incumbencias. A la consistencia de la galaxia hizo su aporte Jani Toscano, con luthierías y objetos, a partir de cuyos aportes, mágicamente, la música puede florecer de lo menos pensado, un rifle, un tacho, una tabla de lavar, sin ir más lejos.

En ese marco, la selva sucede en la esfera de lo imaginado, gracias a lo que los actores despiertan entre los habitantes de la cuarta pared, lo que es un mérito.

La mirada de una directora atenta se advirtió en que, pese a que el despliegue físico y escénico es sumamente dinámico, la escena luce siempre compacta, ya sea que a trío canten y ejecuten instrumentos hechos a la medida de la obra, se involucren en discusiones ardorosas o entablen una lucha cuerpo a cuerpo, rememoren momentos inolvidables o se alíen en busca de un salvoconducto que tuerza un antojodel destino. También en que, en la reiteración -siempre igual, plástica-de ciertos gestos o expresiones -como si se tratara de tics-, además de generar un efecto risueño, se subraye el rasgo fugaz de la poética puesta en escena, un deja vu mínimo que rompe la lógica lineal del tiempo y permite disfrutar de lo recién vivido, mientras es vivido nuevamente.

La impresión es que, con el tiempo (y las presentaciones), el grupo pasó de resolver los grandes desafíos de un guión complejo, a enfocarse en los detalles, en los trazos finos, en la breve disposición del rasgo, en el gesto menor, incluso imperceptible desde algún rincón de la platea. Es como si no estuvieran trabajando sobre un escenario algo distante, sino para una cámara curiosa. Esa estética de lo minucioso, además de una probable nota de autoexigencia, es un ejercicio anti-rutina espectacular porque, por cierto, la sucesión de funciones suele empobrecer las performances de los elencos hasta terminar devolviendo ante el público aquello justo y necesario que la obra precisa, lo que no es conveniente de ninguna manera.

Finalmente, la puesta es equilibrada y armoniosa en dramaticidad y humor, en los recursos expresivos utilizados y en el desarrollo de la historia central y las secundarias. Sacan provecho de este trabajo artesanal los actores, Kohner, López y Main, miembros de una afiatada formación que suenan bien, disfrutando, como amigos-guitarra solista, de acompañamiento y guitarrón, imaginarios-en una obra exigente en todo sentido, que reúne lo mejor de la tradición teatrera con la búsqueda de nuevas discursividades, propia de esta época.
Ficha Técnica
Actúan: Juan Kohner, Toño López, Andrés Main. Dirige: Gabriela Trevisani. Dramaturgista: Valeria Folini. Luthierías y objetos: Jani Toscano. Asistencia coreográfica: Juancho Capurro. Diseño de luces: Teatro del Bardo. Vestuario: Laly Mainaidi. Fotografía: Felipe Toscano. Diseño Gráfico: Eva cabrera. Agradecimientos: Sastrería Teatral Municipal.

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