Colaboraciones

Un debate sobre el pensamiento de Martí

Fue escritor, dirigente revolucionario, periodista, diplomático, masón, exiliado, entre otros roles que desempeñó.
Agrandar imagen José Martí.
José Martí.
La figura del cubano José Martí (1853 - 1895) puede ser abordada desde diversas perspectivas.

Escritor, dirigente revolucionario, periodista, diplomático, masón, exiliado, entre otras. Todas y cada una de ellas son motivo de largas e importantes investigaciones. Sin embargo, este artículo tiene por objetivo centrarse en la observación de su pensamiento político, donde desarrolla un valioso análisis sobre la situación de los pueblos de América, de finales del siglo XIX. Ahora, la pregunta sería: ¿por qué traer a debate a un sujeto que murió hace 121 años, siendo que en la actualidad esa distancia temporal es una eternidad? Simple, el siglo XX le dio la razón. La vigencia de sus ideas se renueva con la realidad latinoamericana.

No podemos dejar de considerar la importancia que le dedicó al análisis, y exhaustivo conocimiento de América Latina. Su historia, sus culturas, sus pueblos, sus sufrimientos, sus problemas y amenazas, son preocupaciones recurrentes a las que ha dedicado ríos de tinta. En este sentido se enmarca Nuestra América (1891), su obra máxime. Un programa político cultural que busca atender a las necesidades y problemáticas más urgentes de la región, las cuales se originaban principalmente por el desconocimiento que estos países tenían de su historia y su cultura. Se hacía imperioso trabajar por defender y desarrollar bajo las nuevas perspectivas una identidad y unidad continental. La creación de esta identidad, citando al peruano Mariátegui, no debe ser calco, ni copia sino una creación heroica, y esto es uno de los puntos principales que distinguieron a Martí del resto de los intelectuales y políticos de fines de siglo XIX, como fue el caso de Sarmiento, entre otros, quien nos decía “Seamos Estados Unidos”, mientras mostraba un claro rechazo por la cultura local. Martí luchaba por una identidad autóctona que no se imponga de afuera de manera acrítica. Las influencias extranjeras deben ser incorporadas dentro del marco de la cultura originaria, una cultura que no debe renegar de sus raíces, y que ha sido creada con una original mezcla de lo indígena, lo negro, lo mestizo y lo europeo.

De letras. Su vida se ha vinculado con distintas experiencias en los países americanos: trabajó como periodista para La Nación en Argentina, La Opinión Nacional de Venezuela, La Opinión Pública de Uruguay, La República de Honduras, El Partido Liberal en México, entre otros; fue cónsul de Argentina, Uruguay y Paraguay en Nueva York; y realizó innumerables viajes que le permitieron conocer más de cerca las realidades de aquellos pueblos.

Constituirse como un colectivo significa descubrir o construir un pasado, presente y futuro en común, prácticas culturales que lo hagan trascender las fronteras nacionales, entender que sólo en la unidad podrán superar los obstáculos que se le presenten, pero también, y esto es fundamental, erigirse en relación a un “otro”, ya que todo individuo o colectivo construye su personalidad, en un período histórico determinado, en relación a un “otro” del cual se distingue, y construye su propia esencia a la par que identifica la de su “rival”. Ese otro era Estados Unidos.

Ese vecino que amenazaba la independencia de los países del sur del Río Bravo. Los 15 años que Martí vivió en la ciudad de Nueva York y los análisis que realizó sobre el comportamiento de aquella sociedad, reunidas en su obra Escenas Norteamericanas, lo hacen una voz autorizada, y como él mismo dejó plasmado en su última carta, escrita un día antes de morir: “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas: -y mi honda es la de David”. La sociedad estadounidense se estaba modificando, y Martí era testigo de esos movimientos.

Cuba fue uno de los últimos países en liberarse del dominio colonial español, y Martí dedicó su vida a planificar y llevar adelante esa retrasada independencia, la cual, por el período en que se desarrolló, guarda marcadas diferencias con las guerras de independencia de principios del siglo XIX. Esta lucha se va a organizar desde el armado de un partido político, el Partido Revolucionario Cubano, el cual en sus bases se constituía para bregar por la finalización del sometimiento español, pero sus objetivos iban más allá de lo inmediato y local, en su 2° artículo, el partido se posicionaba a favor de fomentar y apoyar también la independencia de Puerto Rico, considerando que las Antillas eran la puerta de entrada para el avance de los Estados Unidos, y si Cuba y Puerto Rico no conseguían ser libres y soberanos, el futuro de Nuestra América estaba en peligro. Algunos antecedentes, como la guerra con México (1846 - 1848), y la invasión en Nicaragua (1855 – 1860), presagiaban estas intenciones.

Debilidades. Quizás producto de su carencia en la formación militar, y su arrojo a la causa revolucionaria, Martí cae en combate (1895), a los pocos meses de iniciados los enfrentamientos. Sus temores se concretaron, Estados Unidos interviene en la guerra, que ahora pasa a ser hispano-norteamericana, la corona es derrotada, y el gobierno de McKinley hace realidad un viejo anhelo, hacerse de la isla que habían intentado comprarle a España 80 años atrás, y de Puerto Rico. Theodore Roosevelt, el presidente que lo sucede en la Casa Blanca, oficializa la intervención a través de la Enmienda Platt, la cual viola el derecho de autodeterminación y soberanía del pueblo cubano. Inclusive, entre otras cosas, autoriza la instalación de bases militares estadounidenses en la isla, entre las que aparece la Base Militar de Guantánamo, enclave que hasta el día de hoy se encuentra usurpado. Con estos sucesos se va a dar inicio a un nuevo período en la política exterior norteamericana, la política del “Gran Garrote” o “Big Stick”, la cual va a representar uno de los períodos de mayor agresión e intervenciones a través de los marines sobre los países latinoamericanos.

Con todo lo antes dicho, no debemos confundirnos, Martí no era antiimperialista, de hecho, nunca realizó una caracterización económica y política sobre el imperialismo. Las teorías que concibieron al imperialismo como una fase específica del desarrollo capitalista van a ser posteriores a su muerte. Sí rechazaba cualquier tipo de expansionismo y sometimiento que limitara la autonomía de los pueblos. Creo que uno de sus principales aportes fue haber comprendido que el enemigo de los pueblos libres no es una nación ni un ente estático, ni mucho menos, eso puede modificarse con el correr de los años. Si ayer fue España, hoy Estados Unidos, mañana puede ser otro. América Latina es marcadamente antiyankee por motivos más que justificados, pero la dominación, no responde exclusivamente a una sola bandera, sería muy necio de nuestra parte, negar las fluctuaciones y movimientos que se dan en el mundo. Como dijo alguna vez Arturo Jauretche: “No se trata de cambiar de collar, sino de dejar de ser perro”.
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