Colaboraciones

Sicilia, la gran isla de la Magna Grecia

La presente nota forma parte de la segunda entrega de otras cuatro notas que publicará el profesor José Carlos Carminio Castagno en EL DIARIO.
Agrandar imagen El imponente Palacio Real de Caserta.
El imponente Palacio Real de Caserta.
En la primera parte –publicada en la edición de ayer lunes 13 de noviembre- el autor explica los dos significados de “Magna Grecia”, menciona las ciudades que los griegos fundaron en la gran isla entre 735 y 685 antes de Cristo, repasa su mención en la mitología y la presencia de Platón en Sicilia, destacando las brillantes cortes que desde allí irradiaron cultura a toda Europa. Refiere detalles del episodio conocido como las “Vísperas Sicilianas” –que concluye con la incorporación de la isla al dominio aragonés-, destaca la relevancia del dialecto siciliano y explica el significado de la expresión “Al di là del Faro”.

LAS DOS SICILIAS. Fue un estado de la Italia meridional que comprendió los territorios de los reinos de Nápoles y de Sicilia, siendo sus reyes miembros de una rama segundona de los borbones españoles que se inició con Carlos VII de Nápoles y V de Sicilia en 1734 (quien, a pesar de lo antedicho, fue luego el monarca Carlos III de España).

Durante su largo reinado de un cuarto de siglo, llevó a cabo reformas fiscales, basadas en la lucha contra los privilegios eclesiásticos –que, en 1741, se redujeron en cuanto al derecho de asilo y otras inmunidades por medio de un concordato- y determinando que los bienes de la iglesia fueran alcanzados por los impuestos estatales, lo que generó un gran incremento en la producción agropecuaria y en el comercio.

Además, en 1755 fue instituida, en la Universidad de Nápoles, la primera cátedra de Economía y de Astronomía del mundo. El rey trasladó la residencia real a Caserta, donde levantó el Palacio Real (actualmente Patrimonio de la Humanidad), construyendo asimismo el palacio de Portici, el museo de Capodimonte, la Capilla San Severo y el Teatro San Carlo, el más antiguo teatro de ópera activo del mundo –también Patrimonio de la Humanidad- y un albergue para indigentes, siendo de destacar que ordenó que se iniciaran las excavaciones en Pompeya y Herculano.

A la muerte de su hermano Fernando VI de España, cedió el trono de Nápoles-Sicilia a su tercer hijo Fernando I de Borbón (IV de Nápoles y III de Sicilia) en 1759 para poder ceñirse la corona española.

EL FUNDADOR DEL REINO.
Fernando I (1751-1825) fusionó el reino de Nápoles con el de Sicilia en 1816, con el nombre de “Reino de las Dos Sicilias”, ordenando la construcción de la Basílica de San Francisco de Paula en la Plaza del Plebiscito, la restauración del Palacio Real de Nápoles, la conclusión de los de Caserta y de Portici, la construcción de dos cementerios populares en Palermo y en Nápoles, ampliándose varias calles napolitanas.

También construyó observatorios en Nápoles y Palermo, fundó la Academia de las Bellas Artes y de las Ciencias en Nápoles en 1778 y una biblioteca en Palermo. En 1779 construyó la fábrica de Granili y el año siguiente la Villa Real.

Durante su reinado también se hicieron los teatros de Fiorentini, del Fondo y de San Fernando. Se crearon, además, escuelas gratuitas en cada comuna y en 1779 se transformó la Casa de los Jesuitas de Nápoles en un orfanato.

Creó las universidades de Catania y de Palermo (en 1778 y 1779), organizando también la construcción del huerto botánico de Palermo, del puerto de Nápoles, del Palacio Real de Cardito y de la famosa Basílica de San Francisco de Paula en Nápoles. Además construyó puentes, canalizó ríos y, en 1790, saneó el Golfo de Nápoles.

Fue así que el Reino se convirtió en uno de los centros culturales más importantes de Italia y de Europa, viviendo un período de prosperidad económica por la reducción de los impuestos, la creación de la Bolsa de cambio y el inicio de nuevos emprendimientos (como la pesca de corales).

Sin embargo, la creación del nuevo reino provocó el malestar de los sicilianos al marcar el fin de la independencia de la isla, lo que –unido al hecho de la pérdida de su Constitución de 1812 y con ella del Parlamento (cuya existencia se remontaba a los reyes normandos, y al que juraban fidelidad los monarcas que gobernaban la isla)- produjo una gran cantidad de revueltas.

Las relaciones entre los reyes borbónicos y los barones sicilianos –cordiales hasta 1780, a pesar de que dos años antes se habían limitado los derechos de transmisión hereditaria de los feudos- se enfriaron cuando el rey de Nápoles, Fernando IV, envió a la isla al marqués Domenico Caracciolo para reducir el poder de Sicilia. A partir de entonces aumentaron las desconfianzas recíprocas entre napolitanos y sicilianos ante normas que lesionaban añejos derechos baronales.

Luego del Congreso de Viena, los sicilianos tampoco estuvieron de acuerdo con la nueva ley de Fernando I, que reservaba para sí casi todas las potestades administrativas de la isla, sentimiento compartido por su clero (que había poseído una representación política de sesenta y cinco miembros en el parlamento, acorde a la Constitución de 1812).

En 1819, la legislación antifeudal y centralista fue incorporada también en Sicilia, pero encontró tanta resistencia de la nobleza, que recién en 1838 llegó el fin del feudalismo.

FRANCISCO I (1777-1830)

Sucedió en 1825 a su padre, Fernando I. Si bien aparentó al comienzo ser más liberal, demostró luego su acentuado autoritarismo, suprimiendo la Constitución y la autonomía de Sicilia. Por temor a atentados y revoluciones, delegó de hecho el mando en sus jefes militares, evitando al máximo en sus últimos años los actos públicos.

FERNANDO II. Sucedió a su padre, Francisco I, en 1830. Convirtió al reino en Estado verdaderamente independiente, gracias a la continuidad del saneamiento financiero y a la baja de impuestos y los numerosos acuerdos comerciales suscriptos con otros países. Fomentó la educación, enviando párrocos adonde no había escuelas capacitadas para difundir una instrucción básica y mandó a la mayoría de los mendigos a institutos donde aprendían un oficio. Además, fortaleció el ejército y la marina –que llegó a ser la tercera del mundo-, afirmando su poderío ante las potencias extranjeras.

Después de las convulsiones de 1848, las Dos Sicilias fue el primer Estado italiano constitucional, ya que el sur estaba a la vanguardia de los pensamientos liberales en Italia –hecho que se demuestra con las Constituciones de 1812 y de 1820, que son las primeras de esa clase-, siendo aplaudido Fernando II por la prensa y, en Turín, por más de dos mil personas que marcharon con banderas felicitando en su residencia al cónsul de las Dos Sicilias. Ante la persistente resistencia de los sicilianos al reino unificado –que llegó a la oposición armada-, Fernando II ofreció a Sicilia un Parlamento, un virrey propio y amnistía a los revolucionarios, lo que no bastó para acallar los gritos de guerra que ya se escuchaban en la Cámara de la isla.

El rey mandó parte de la flota y del ejército para reprimir el alzamiento, muriendo mil quinientos soldados napolitanos y un número indeterminado de sicilianos, provocando la repulsa de los liberales de toda la península y la suspensión –el 19 de mayo de 1849- de la nueva Constitución.

No hay que olvidar que después del Tratado de París –celebrado el 30 de marzo de 1856, poniendo fin a la Guerra de Crimea (en la que Rusia enfrentó la alianza del Imperio Otomano, el Reino Unido, el Reino de Cerdeña y Francia)- se previó la ocupación de Nápoles y la posterior posibilidad de que Inglaterra comprara Sicilia. Además, comenzaron los preparativos para la guerra contra Austria que librarían aliados los reinos de Francia y de Cerdeña, acordándose que éste se anexionaría Lombardía, Véneto, Módena y Parma, compensando a Francia con Saboya y Niza (lo que ocurrió luego de concluido el conflicto).

FRANCISCO II.
El 22 de mayo del 1859, después de 30 años de reinado, murió Fernando II, heredando el trono su hijo Francisco II, de 23 años, de carácter tímido y casi sin experiencia. Muy pronto Francia e Inglaterra enviaron a Nápoles sus diplomáticos para sugerirle un sistema monárquico constitucional e invitarlo a intervenir en sus guerras –aliados a Cerdeña-, lo que no fue aceptado, generando el progresivo aislamiento del reino, carente de alianzas estratégicas.
El monumental Museo de Capodimonte.
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