Colaboraciones

Pobres y malcomidos en un país privilegiado por la naturaleza

Para hacer más visible esta realidad, alcanza un leve recorrido por algunas noticias polémicas sobre el proceso de producción de algunos alimentos en Argentina.
Agrandar imagen
En este artículo, se repasa críticamente el reguero de pólvora que va dejando la producción de alimentos en la Argentina. Análisis de este tenor pueden hallarse en la edición web de El Chasqui del Litoral, publicación académica de factura local.

Argentina es uno de los países más ricos en producción de alimentos por sus condiciones climáticas y suelos. Sin embargo, tiene 4,9 millones de chicos de entre 0 y 17 años viviendo en la pobreza, y 1,1 millones de indigentes, según un estudio realizado por la Universidad Católica Argentina a fines de 2015. Sumado a esto, las crisis que azotan al sector productor provocan la quiebra de muchos de ellos, junto a la pérdida de alimentos.

Según la palabra del doctor Abel Albino (creador y presidente de la Fundación Cooperadora para la Nutrición Infantil CONIN), Argentina es el primer país del mundo en riqueza en relación a sus habitantes. Pese a esto, hoy más del 30% de la población argentina está bajo la línea de pobreza.

Como se puede observar, las disparidades existentes sólo dentro del mercado alimenticio en el país, son amplias y se puede decir que están íntegramente relacionadas a la lógica de producción capitalista. En el presente artículo, partiendo de esta breve introducción del tema, se pretenderá abordar un aspecto de la problemática alimenticia, el cual parte del siguiente interrogante: ¿Nos hemos preguntado alguna vez qué comemos cuando ingerimos algún alimento? ¿Qué recorrido hacen los alimentos antes de que los consumamos?

Para hacer más visible esta realidad, se realizó un leve recorrido por algunas noticias polémicas sobre el proceso de producción de algunos alimentos en el país.

De ellos surge claramente que la lógica del sistema económico que nos rige es clara: producir en el menor tiempo posible y optimizar las ganancias empresarias. La principal consecuencia de ello es que el capitalismo se torna en todos su ámbitos insustentable. Esta velocidad de producción a que obliga el sistema, trae como su principal consecuencia en el ámbito alimenticio, la alteración del circuito normal de crecimiento, producción y desarrollo de los alimentos. Obliga al uso de sustancias químicas en los suelos para optimizar su producción y también al uso de hormonas, antibióticos y otras sustancias nocivas que hagan que las carnes que consumimos se produzcan en mayor cantidad y sean, a nuestra vista, mejores.

Seguramente palabras como transgénico, Monsanto, Glifosato, fumigaciones, agroquímicos, lavado de suelos, hormonas y más, suenan conocidas. Éstas, al igual que muchas otras más forman parte del menú que ingerimos a diario, de lo que este sistema nos deja y nos da de comer.

Al plato. Si continuamos con el debate, es pertinente citar aquí a Soledad Barruti, autora del libro Malcomidos, quien sostiene: “La soja está destruyendo los suelos: a los pampeanos los expertos les dan 30 años de vida fértil y a los del norte, 10. Los bosques están en extinción: queda menos del 30 por ciento de lo que había originalmente y cada hora desaparecen 36 canchas de fútbol de árboles nativos que mayoritariamente terminan ocupados por soja; lo que genera efectos directos sobre el clima, las sequías, las inundaciones, la biodiversidad y la vida de quienes intentan sobrevivir en ese ecosistema. Los casi 300 millones de litros de agroquímicos que se utilizan por año en el país están intoxicando hasta la muerte a las 12 millones de personas que viven en zonas rurales”.

Son casi 300 millones de litros de agroquímicos que sobrevuelan en el ambiente de cada una de las ciudades o pueblos lindantes a los campos y, por ende, son respirados por sus habitantes; pero también son casi 300 millones de litros de agroquímicos que llegan de alguna manera e ingerimos a través de nuestros alimentos.

Podríamos ejemplificar con el caso de la industria avícola. Tanto la producción de pollos como de huevos viene creciendo en los últimos años y las exportaciones de productos avícolas reportaron una sostenida recuperación. Los mercados domésticos de pollo y huevo han crecido a gran velocidad. Se consumen en promedio 29.6 Kg de carne de pollo y 195 huevos por persona al año.

¿Pero nos preguntamos a qué responde semejante crecimiento? Tal vez la respuesta la encontremos si miramos hacia el lado de la alta rentabilidad que tiene la industria avícola, sin focalizar en la calidad de lo que produce. Porque todos nos hemos de percatar cuando cocinamos un pollo, la notoria disminución de su tamaño; o en el caso de los huevos, la escasez de color de sus yemas; pero ni nos enteramos de lo nocivo de esa carne para la salud de nuestro organismo.

Cuántos. Barruti afirma que son aproximadamente 600 millones de pollos y 8.000 millones de huevos los que se producen anualmente en Argentina y sostiene que el incremento se dio en los últimos 30 años. “Los argentinos que en los ochenta comíamos menos de 10 kilos de pollo por años, ahora triplicamos esa cantidad”, concluye. Según explica la autora, el proceso de producción industrial del pollo comienza desde la importación de costosos ejemplares llamados abuelos. A éstos, una vez llegados al país los reproducen por 60 mil aproximadamente. De ésta reproducción surgen los padres, en un total de 5 millones, que terminan por dar los 540 millones de pollos de consumo que serán enviados a galpones de engorde. “Todos esos miles de millones de pollos son incubados en plantas que parecen sucursales de la NASA, donde tienen establecido el día y el horario en que deben romper el cascarón. Los que se pasan de ese momento van a la basura porque se presupone que no van a ser tan saludables como el resto. Los que nacen pasan sus primeros días adentro de cajones a temperatura constante. Luego son distribuidos dentro de sus cajas, en un camión que los llevará por un largo recorrido hasta alguna de las 3.900 granjas que hay en nuestro país, cuya superficie sumada llega a más de 8.000.000 de metros cuadrados, con millones de pollos todos idénticos, con pechugas que crecen como si estuvieran rellenas de levadura”, sostiene Barruti.

Una vez hacinados los pollos en los galpones de engorde la luz solar desaparece y, en su lugar, miles de focos de luz artificial la reemplazan, prendidos casi las 24 horas. ¿El objetivo? Que los pollos crean que no hay noche, obligándolos a comer sin parar. A su vez, ni bien llegan a la planta de incubación, los pollos ocupan sólo un 25% de ésta, porcentaje que va en aumento a medida que los animales crezcan. Aunque, según continúa Barruti, la idea es que los pollos nunca cuenten con tanto espacio, ya que el movimiento es sinónimo de pérdida de calorías y lo que se necesita es que el pollo engorde. Y que engorde rápido. Según afirma la autora, “se calcula que tiene que haber entre diez y quince aves por metro cuadrado, que es lo mismo que decir que cada pollo tendrá una baldosa para acostarse, pararse, estirarse, comer, batir las alas. Una máquina productora de carne, el engranaje de una fábrica que funcionará prácticamente sola.”

Si nos preguntáramos qué comemos cuando ingerimos algún alimento, en el caso de los pollos la respuesta sería la siguiente: comemos pollos gordos, mal alimentados, cuyo alimento también es producido por los mismos dueños de los galpones. La única finalidad es que el pollo engorde, no que crezca sano. Comemos pollos que fueron obligados a reproducirse millones de veces, que crecieron en medio del hacinamiento, a los que les inyectaron hormonas para que obtengan un mejor tamaño y los cuales nunca desde su nacimiento, dejaron de comer.

Preguntas. Si tenemos tanta riqueza de suelos, climas, etc., ¿cómo se justifica que estemos aplicando tanta cantidad de sustancias químicas para producir los alimentos que nos envenenan lentamente y, a su vez, contaminan y destruyen nuestros suelos? Y si además, somos tan beneficiados por la naturaleza y tan pocos habitantes en un mundo superpoblado, ¿cómo se explica que en nuestro país existan tantos pobres y tantos indigentes?

El comienzo del cambio pasa por empezar a desnaturalizar ciertas prácticas o consumos a los que nos han acostumbrado con sus estrategias y con su prédica las grandes corporaciones y los grandes medios de comunicación a su servicio, y que ya forman parte de nuestra cultura. Aceptamos una realidad que es injustificable e inexplicable, aunque sus resultados estén a la vista de todos.

Mirando más a fondo el tema, la pésima calidad de los alimentos que consumimos casi todos los argentinos, y las crecientes dificultades para acceder aun a esa mala comida por parte de sectores importantes de la población, no encuentran una justificación sino en el marco de un sistema social que se organiza sobre la base de relaciones competitivas donde gana el más poderosos, y donde las prioridades se orientan en la búsqueda de la máxima ganancia posible en el menor plazo. En este sistema no hay lugar para pensar en mejorar las relaciones sociales, ni en el bienestar de todos, ni en la preservación de nuestros bienes comunes, todos indispensables para que exista la economía y la sociedad. Reconocer eso es el punto de partida para imaginarnos y trabajar por nuevas formas de producción, de consumo y de vida, es decir, por una nueva sociedad.

*Estudiante en Licenciatura en Comunicación Social UNER.

Etiquetas

Modelos productivos
Tu comentario ha sido enviado, el mismo se encuentra pendiente de aprobación... [X]

¡Escribí tu comentario!

[X]
* 600 caracteres disponibles

Comentarios

El comentario no será publicado ya que no encuadra dentro de las normas de participación de publicación preestablecidas.

¿Deseas reportar este comentario?

No Si
Tu comentario ha sido enviado, el mismo se encuentra pendiente de aprobación... [X]

¡Escribí tu comentario!

[X]
* 600 caracteres disponibles
IMPORTANTE: Los comentarios publicados son exclusiva responsabilidad de sus autores. eldiario.com.ar se reserva el derecho de eliminar aquellos comentarios injuriantes, discriminadores o contrarios a las leyes de la República Argentina.