Colaboraciones

Más de tres décadas de matrimonio bélico

Todo comenzó en 1979. El “Medio Oriente ampliado”: la “Operación Ciclón”.
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Todo comenzó en 1979. La presencia soviética en Afganistán para proteger a un gobierno pro-ruso, debilitado por sus reformas laicas que provocaron un levantamiento de milicianos, fueron la punta de lanza para una nueva estrategia imperial norteamericana en el llamado “Medio Oriente ampliado”: la “Operación Ciclón”.

Comienzos. Esta misión consistía en armar a miles de milicianos de ideologías extremistas y enviarlos a combatir al “Ejército rojo”; convertir al país centro asiático en el Vietnam Soviético, algo que lograron y, en mi humilde opinión, precipitaron el ya inevitable colapso y desintegración de la URRS. Los autonombrados “muyahidines” (guerreros de Dios) cumplieron su misión con creces. Años después, el otrora todopoderoso Asesor de Seguridad Nacional de la Administración Carter, Zbigniew Brzezinski, respondió a una pregunta sobre este tema de la siguiente manera: “¿Qué es más importante para la Historia del mundo? ¿El Talibán o el colapso del Imperio soviético?” (Nazarín Armanian: “Así creó Estados Unidos el terrorismo yihadista”. El Telégrafo, 27 de agosto de 2017).
Política bipartidista. En la década de los años 90’, después de la deriva guerrerista de la era Reagan-Bush de 1980 que llevaron a los bombardeos de Libia (1986) y la guerra del Golfo (1991), con la argumentación de la lucha contra el “azote malévolo del terrorismo”, vendría el presidente demócrata “Bill” Clinton. Bombardeó Somalia con la misma excusa y azuzó el desmembramiento étnico de la antigua Yugoslavia con grupos de salafistas radicalizados, que conllevaron a la aplicación, por primera vez en gran escala, de la doctrina de “Intervención humanitaria”.


Nuevamente, el extremismo religioso sirvió a los intereses de una potencia sin escrúpulos (Sangría en los Balcanes: 25 años del inicio de las guerras yugoslavas”. El Mundo, 31 de marzo de 2016).

GUERRA Y REPRESIÓN. En los 2000, con la llegada de los belicosos neo-conservadores a la Casa Blanca, después de la sospechosa elección del Republicano George. W. Bush Jr., la retórica se elevó y llegó a su punto culmine en el 2001, luego del atentado a las Torres Gemelas y el Pentágono. Es sumamente sospechoso que las dos guerras que se llevaron adelante luego del fatídico 11. S, en Afganistán e Irak, fueron anunciadas años antes por los “Tanques de pensamiento” de los “neocon’s”. Un caso paradigmático es el del ultra-conservador, Paul Wolfowitz, prominente intelectual que fue Embajador y férreo defensor de la dictadura en Indonesia cuando cometía un brutal genocidio contra los timorlestinos, asesor de Bush padre, que estaba tan obsesionado con Irak, como James Forrestall con los comunistas en el gobierno de Truman (Lavarique Paul: “Paul Wolfowitz, el alma del pentágono”. Red Voltaire, 24 de febrero de 2005). De esa manera se declaró el primer partidario a las llamadas “guerras contra el terror”, como lo describe en el primer capítulo de su respetable libro La puerta de los asesinos, el periodista George Parker. Las mentiras que vinieron luego sobre los ADM que tenía Sadam Hussein, son parte de un plan elaborado con años de antelación. Todo esto para engañar a la ciudadanía norteamericana atemorizada por los atentados (¿autoatentados?, y para lanzar una política represiva encargada de servir a los intereses gubernamentales que preparaban un ajuste fiscal regresivo; desde ese aspecto se pensó “El Acta patriota” (Patriot Act.) que viola las libertades individuales y sienta las bases de la transición de un Estado de Derecho a un Estado Policial (Carmona Ernesto: “Estados Unidos se transforma en un Estado Policial”. Alai.net, 16 de octubre de 2012). Ya el terrorismo no fue una excusa de política exterior, ahora empezaba a servir a intereses internos. Similar a la política macartista anti-comunista de1950.
CONTINUACIÓN. El pretendido cambio de paradigma que esperanzaba al mundo con la elección de Barack Obama se diluyo rápidamente. Con mayoría en las dos cámaras del Congreso, no cumplió una de sus promesas más esperadas: cerrar la Prisión de torturas existente en la base de Guantánamo (Cuba), abierta por su antecesor. Terminó a medias la guerra de Irak, no pudo hacerlo con la de Afganistán, aumentó las amenazas contra Irán y lanzó una guerra asesina con drones sobre todo el mundo Árabe, sobre todo en Pakistán y Yemen (Valenzuela, Jorge: “La guerra de los drones”. El País, 3 de junio de 2012). Durante su segunda presidencia, se aprobaron leyes regresivas contra las libertades de sus propios ciudadanos (“Obama promulgó la nueva ley de espionaje interno con críticas a las demoras del Congreso”. Télam, 3 de julio 2015).

En 2010 en adelante volvieron los mercenarios extremistas al teatro de operaciones estadounidense en Medio Oriente, esta vez en el Norte de África, más concretamente en Libia. El objetivo, derrocar al dictador Muhammad al Gadafi. Rápidamente las potencias occidentales reconocieron a un gobierno paralelo y empezarón los bombardeos de la OTAN, más concretamente de Francia y de EE.UU. que nunca perdonaron la nacionalizacon del petróleo por parte de este (“Estados Unidos reconoce el gobierno rebelde y la UE insiste: ‘debe marcharse ya’”. Libertad Digital, 22 de agosto de 2011).

Luego vendría Siria, ¿el objetivo? Derrocar al dictador Al Asad, que no servía a los intereses del Imperio y de sus aliados del golfo e Israel. La aparición del grupo integrista, autoproclamado Estado Islámico, es una nueva fase de la política imperial. ¿Cómo aparece de la nada un ejército de miles de milicianos bien entrenados? ¿Por qué su líder hacia un tiempo había estado preso en Guantánamo y salió sin cargos? ¿Por qué nunca atacan Israel?

Las preguntas sirven de respuesta. Esta vez, las cosas no salieron como esperaban. La guerra se estancó, y tuvo un vuelco con la entrada de Rusia en favor del gobierno en 2015 (Mañueco, Rafael: “Putin consigue apuntalar a Al Asad tras dos años de intervención en Siria”. ABC, 4 de octubre de 2017).

PRESENTE. En la actualidad las cosas no han cambiado. La elección de Trump parecía encaminarse a un acuerdo con Rusia, siguiendo los consejos de Kissinger, pero el complejo militar industrial actuó. Rápidamente Trump bombardeó una base militar Siria, rompiendo la buena fe que buscaba con los rusos, aumentó la presencia militar en Siria e Irak y ahora busca romper el pacto nuclear con Irán (Halimi, Serge: “Donald Trump desbordado por el partido anti-ruso”. Le Monde diplomatique, Septiembre de 2017). Derrotado en Siria, EE.UU apoya el secesionismo kurdo junto a Israel, con la esperanza de quedarse con bases en dicho territorio. Siendo un presidente tan extrovertido, sorprende lo poco que habla de Siria- a diferencia de Corea, Irán o Venezuela-, tratándose de la región más geoestratégica del mundo en la actualidad. Surge el interrogante: ¿Está Trump manejando la política referida a Siria o delegó el poder en el preocupante círculo de militares que le rodean? (Jalife Rahme, Alfredo: “Militares y Goldman Sachs expulsan a Banon”. La Jornada, 20 de agosto de 2017). Con las manos atadas por los escándalos y con el cada vez más debatido juicio político a su persona en las elites, el presidente parece estar a la deriva y cada vez más debilitado: ¿utilizará el complejo militar-industrial esto como puntapié para una nueva guerra que eleve sus ganancias? Irán, el Cáucaso, Asia Central, la estratégica provincia de Xinjiang (China), el rico Cuerno de África o Birmania son buenas fichas para apostar. Tal vez, el “radicalismo islamista” justifique la intervención una vez más.

*Estudiante de Historia.
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